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COLUMNISTAS / complicidades
viernes 14 septiembre, 2018

Escrito en un cuerpo

Una línea nada delgada une dos escrituras separadas en el tiempo por apenas unos días. La frase (cuya ortografía me permito corregir) comienza con “Dejen de hacer política, den clases” y termina con “Ollas no”.

por Rafael Spregelburd

default Foto: CEDOC

Una línea nada delgada une dos escrituras separadas en el tiempo por apenas unos días. La frase (cuya ortografía me permito corregir) comienza con “Dejen de hacer política, den clases” y termina con “Ollas no”. El instrumento que escribe es diferente, la superficie donde se escribe por cierto también lo es. Los lectores somos los mismos.

¿A quién corresponde esta regresión a los métodos de la dictadura? La amenaza y el terror seguidos de tortura, ¿cómo se gestaron? Porque también es gruesa y evidente la línea que une la explosión que mató a dos trabajadores escolares en Moreno, las ollas populares docentes para dar de comer a los niños sin escuela, la comunidad de esa ciudad unida para demandar los abusos en los precios de la electricidad, la huelga docente, el ninguneo gubernamental, el saqueo organizado a todo el sector público. Le corresponde al Estado investigar este delito parapolicial y hacer justicia. Pero, ¿cómo creerle al mismo Estado que comenzó a dibujar esa línea con pulso firme al rematar la educación, la salud, la cultura, el trabajo? ¿El Estado que mandó la policía a reprimir a los pacientes del Posadas que pedían por sus médicos? ¿Y serán los mismos jueces que criminalizan la protesta y el saqueo los que tengan que desmantelar esta mafia romántica de neonazis, servicios y descerebrados?

Toda la publicidad organizada para fabricar y reproducir el odio hacia el docente, el médico, el estudiante, el trabajador, concluye por fraguarse en carne viva en este nuevo texto, en este nuevo eslogan que definitivamente se pasa de concheto para arraigar en el crimen liso y llano: “Ollas no”.

Nos queda revertir su efecto como un búmeran usando su propia calidad argumentativa: si en algo estamos de acuerdo ellos y nosotros es en que definitivamente “ollas no” y en cambio sí a las escuelas dignas, sí a una infancia feliz, sí a los hospitales públicos, sí a la universidad para todos, sí al acceso a la cultura.

Mientras tanto, en otra galaxia, la vicepresidenta del país investiga en serio quién se robó dos tacitas del Senado con sus respectivos platos para venderlos en Mercado Libre. Folios enteros se escriben en estos momentos para esclarecer esta situación tan acuciante, personas, tiempo, tinta, papeles se ocupan de este asunto.

Yo creo que antes el robo era una cosa que se ocultaba por vergüenza. Ahora se exhibe con orgullo: el robo de la educación, de la cultura, del futuro. No es raro que lo que siga sea la complicidad con la tortura.


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