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COLUMNISTAS / La LENGUA ARGENTINA
domingo 8 julio, 2018

“¡Eso no se dice!”

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por Silvia Ramírez Gelbes

Lo incorrecto. Hoy, “pobreza” o “desocupación” son tabú. Foto: cedoc perfil

Alguien ha escrito que el decoro (el decus latino) se asocia, por un lado, a la decencia y, por el otro, a la moderación. De hecho, el decoro es una concordancia armónica –esto resuena en la palabra decorado– de propiedades dispuestas adecuadamente en relación con un determinado fin. Y, en términos sociales, se vincula con la prudencia en las relaciones entre los distintos participantes de una comunidad. El decoro discursivo, por ello, sugiere la utilización de ciertos términos y rechaza la utilización de otros.
Por otra parte, sostienen los que saben que, dentro de la religión primitiva polinesia –donde tiene origen–, el tabú es tanto lo más sagrado e intocable como lo prohibido e impuro. Su sentido compete al carácter maligno de lo sagrado, que castiga a los transgresores que tocan o pronuncian lo que está prohibido (“No tomarás el santo nombre de Dios en vano”).
Cuando los pueblos primitivos se ponen en contacto con sociedades más avanzadas, explica James Frazer en La rama dorada, esos tabúes comienzan a perderse socialmente, pero quedan de ellos vestigios en el rechazo a la utilización de determinados términos ligados –de algún modo– con esos objetos tabú. De allí que muchas de las palabras que no pueden pronunciarse en una comunidad o en una tribu denoten objetos que inspiran temor, rechazo o respeto, como los órganos sexuales y todo lo referido a ellos (actividades y consecuencias de esas actividades),
algunas enfermedades graves o lo que se relaciona con la divinidad. O, también, que –en algunas sociedades– ciertos animales malignos a los que se les atribuyen poderes mágicos no puedan siquiera ser mencionados (hay quienes, entre nosotros, llaman “bicha” a la “víbora”, como si solo pronunciar su nombre atrajera algún mal).
Así, cada sociedad rechaza ciertos términos que considera vulgares, agresivos, indignos o inmorales y es por ello que esos términos tienden a ser usados como insultos. Es más: distintas comunidades sele-ccionan distintas áreas de significado en lo relativo a sus palabras tabú. En sueco, afirman, los insultos más usados son los que se relacionan con el nombre del demonio; y, en España, las que designan los instrumentos empleados en la misa son –muchas de ellas– palabras tabú.
Los argentinos, desde luego, tenemos nuestro reservorio, ese conjunto de “malas palabras” estigmatizadas en situaciones formales y en general rechazadas en los ámbitos públicos. Pero que parecen prohibidas, exclusivamente, para los niños chicos.
Porque, a esta altura, nos hemos acostumbrado a escucharlas en los medios electrónicos y a verlas en letras de molde o en los portales digitales de los medios masivos.
La pregunta obligada es, entonces, cuáles son nuestras palabras tabú. Si usted me apura, yo le diría que nuestro tabú es, hoy, lo políticamente incorrecto. Vocablos que pueden considerarse ofensivos en términos de discriminación por cualquier motivo. Vocablos que se evitan por razones de decoro.
Incorrectos como somos los argentinos en cualquier cuestión relativa a las normas, nuestra idiosincrasia paradójica nos impulsa a extremar esas razones de corrección. Y optamos –incluso– por emplear eufemismos para muchos términos que de ningún modo tienen un carácter agresivo. Los porteros ya no son porteros sino encargados. Las peluqueras ahora son peinadoras. La nafta común es súper y la coima es un retorno.
Por temor a dar una mala imagen, por el decoro de no ofender a los demás, las malas palabras argentinas no son ni “pobreza” ni “de-socupación” ni “malas prácticas”. Son, más vale, las palabras que no se dicen. O, mejor todavía, las que nadie quiere decir.

*Directora de la Maestría en Periodismo de la Universidad de San Andrés.


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