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Esta vez sí

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Tal vez no sea exactamente la imagen atroz de un pequeño niño muerto lo que en estos días nos ha conmovido. Porque fotos de chicos muertos hemos visto, por desgracia, en cantidad, y buena parte de ellas surgidas de la violencia cruel que impera en Oriente Medio. Los hemos visto quemados por bombas inconcebibles, los hemos visto enarbolados entre lágrimas y gritos de venganza, los hemos visto quedar entre escombros, vueltos ellos mismos escombros.

Tal vez lo que nos ha conmovido en Aylan (y más precisamente, en la foto que Nilüfer Demir tomó de Aylan) es que no parece muerto: parece dormido. Alguien, de hecho, lo dibujó con idéntico aspecto y en idéntica postura, pero cobijado en una cuna. Porque parece dormido, más o menos de la misma manera en que pueden quedarse dormidos los chicos que conocemos (nuestros hijos, los hijos de nuestros amigos, los amigos de nuestros hijos). Y no murió en un paisaje extraño, distinto y por eso mismo difuso, casuchas desmembradas en aldeas de las que casi nunca sabemos nada. Lo vimos echado ahí, como dormido, en la orilla de algún mar que es igual a todas las otras orillas de todos los otros mares; esa parte de la playa en la que comúnmente juegan los chicos que conocemos (nuestros hijos, los hijos de nuestros amigos, los amigos de nuestros hijos). Por eso alguien, de hecho, le dibujó un baldecito y una pala al alcance de la mano. Las zapatillas, la remera roja, el pantaloncito azul: todo eso nos resulta ciertamente familiar.

Sería sin dudas mejor que el espanto y la solidaridad surgieran como una reacción ante la desgracia ajena, como respuesta genuina ante el horror que viven los otros. Pero hizo falta, una vez más, que el otro se nos pareciera, que depusiera su carácter de ajeno para que fuésemos capaces de sentir algo.

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