COLUMNISTAS

Estatus de indeseables

Japón tuvo un sistema de castas que se abolió hace más de cien años, pero su prejuicio hacia la más baja de todas ellas –los burakumin– todavía perdura. Quedan hoy en Japón tres millones de personas descendientes de burakumin, los que a pesar de ser la minoría más numerosa continúan siendo discriminados porque sus ancestros tenían oficios que el budismo condenaba, pero alguien tenía que hacerlos para que el sistema funcionase.

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Chau, ALBISTUR. El ex secretario de Medios encabezó una política comunicacional retrógrada.

Japón tuvo un sistema de castas que se abolió hace más de cien años, pero su prejuicio hacia la más baja de todas ellas –los burakumin– todavía perdura. Quedan hoy en Japón tres millones de personas descendientes de burakumin, los que a pesar de ser la minoría más numerosa continúan siendo discriminados porque sus ancestros tenían oficios que el budismo condenaba, pero alguien tenía que hacerlos para que el sistema funcionase.
Ante la prohibición de matar, todos los trabajos relacionados con la sangre, los cadáveres y la muerte eran mal vistos; esto incluía a los sepultureros, los verdugos y hasta los curtidores de pieles; mientras el sistema de castas rigió, estaba prohibido comer carne de vaca, pero cuando se abolió muchos burakumin pasaron a ser carniceros.
Por dedicarse a trabajos impuros y contaminantes, los burakumin eran segregados: debían vivir aislados del resto y descubrirse ante los de otras castas. Como ejemplo de esa desvalorización social, los magistrados valuaban la vida de un burakumin “en un séptimo de la de una persona normal”. Pero tenían sus ventajas: estaban exentos de pagar impuestos y su propio estatus de indeseables creó un monopolio natural que hizo a varios de ellos triunfar económicamente.

No sé por qué, pero vino a mi cabeza esta historia de los burakumin al enterarme de la reorganización del equipo de comunicación de Cristina y Néstor Kirchner, con la renuncia del secretario de Medios, Pepe Albistur, y el ascenso, aunque sea informal, del subsecretario de Medios y ex vocero de Néstor Kirchner, “el Corcho” Alfredo Scoccimarro, sumado a la designación del ex “vocero mudo” de la Presidencia, Miguel Núñez, como “no vocero” de Kirchner en el Congreso.
Al igual que sucedía con los burakumin en la sociedad japonesa feudal, también en el kirchnerismo alguien tiene que hacer el trabajo sucio para que el sistema funcione. El tratamiento de la prensa, que tuvo en el manejo discrecional con la publicidad oficial apenas su expresión más ostensible, fue una de esas tareas impuras que alguien tenía que hacer aunque se ganara el descrédito de todo el periodismo argentino.

Si la Justicia lo prueba, Albistur podría ser responsable de haberse beneficiado materialmente con la publicidad oficial, pero no es él el autor intelectual de la política de medios más retrógrada que haya implementado un gobierno democrático casi desde el origen de la Argentina como república. No tiene mucho que celebrar el periodismo con su salida, tampoco sirve caer sobre su cadáver como aves de carroña. Lo ideal hubiera sido denunciarlo en 2005, como hizo en soledad la revista Noticias, o en 2006, cuando PERFIL inició su amparo judicial ante la discriminación con la publicidad oficial y construyó el fideicomiso homónimo.
La política de medios, de la que Albistur fue apenas un instrumentador porque había sido previamente experimentada en la provincia de Santa Cruz, no podría haber sido aplicada sin el colaboracionismo de algunos medios de comunicación. Algunos son totalmente disculpables porque las consecuencias de la crisis económica de 2002 los dejó exhaustos y sin fuerzas de resistencia ante un Gobierno que se aprovechó de esa debilidad para convertirlos en rehenes financieros. Pero otros lo hicieron movidos por la codicia y no por la desesperación, y no son ellos menos responsables que Albistur y tampoco menos beneficiarios que él, aun en el caso de que la Justicia probara que el ex secretario de Medios direccionó pauta oficial a empresas que le serían propias.

De estos medios viene a mi memoria otro ejemplo de la historia: el de los parásitos. Los parasitus (en latín significa comensal) ejercían un oficio en la antigua Roma. La tradición provenía de Grecia, donde, al celebrarse banquetes en honor a Hércules, a los primeros que invitaban era a los parásitos. Este halo sagrado derivó en un protocolo que todo buen anfitrión tenía que cumplir: invitar a uno o más parásitos si deseaba garantizar que su festín fuera acompañado por el beneplácito de los dioses.
Había tres tipos de parásitos: los aduladores, los sufretormentos y los burlones (de los adversarios del anfitrión). Lo que comenzó como un rito sacro en su degradación derivó en un oficio.
Hubo en la Argentina de Albistur medios “aduladores” y “burlones de los adversarios” de quien paga la cuenta. Nada nuevo bajo el sol.