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COLUMNISTAS / Crisis del estado nacion
domingo 4 febrero, 2018

Fin de siglo

El siglo corto acabó con problemas para los cuales nadie tenía, ni pretendía tener, una solución.

Eric Hobsbawm

Portal Perfil.com Foto: Perfil.com

El siglo corto acabó con problemas para los cuales nadie tenía, ni pretendía tener, una solución. Cuando los ciudadanos de fin de siglo emprendieron su camino hacia el tercer milenio a través de la niebla que los rodeaba, solo sabían con certeza que se trataba de una era de la historia que llegaba a su fin. No sabían mucho más.

Así, por primera vez en dos siglos, el mundo de los años 90 carecía de cualquier sistema o estructura internacional. El hecho de que después de 1989 apareciesen decenas de nuevos Estados territoriales, sin ningún mecanismo para determinar sus fronteras, y sin siquiera una tercera parte que pudiese considerarse imparcial para actuar como mediadora, habla por sí mismo. ¿Dónde estaba el consorcio de grandes potencias que anteriormente establecían las fronteras en disputa, o al menos las ratificaban formalmente? ¿Dónde los vencedores de la Primera Guerra Mundial que supervisaron la redistribución del mapa de Europa y del mundo, fijando una frontera aquí o pidiendo un plebiscito allá? (¿Dónde, además, los hombres que trabajaban en las conferencias internacionales tan familiares para los diplomáticos del pasado y tan distintas de las breves “cumbres” de relaciones públicas y foto que las han reemplazado?) ¿Dónde estaban las potencias internacionales, nuevas o viejas, al fin del milenio? El único Estado que se podía calificar de gran potencia, en el sentido en que el término se empleaba en 1914, era Estados Unidos. No está claro lo que esto significaba en la práctica. Rusia había quedado reducida a las dimensiones que tenía a mediados del siglo

Nunca, desde Pedro el Grande, había sido tan insignificante. El Reino Unido y Francia se vieron relegados a un estatus puramente regional, y ni siquiera la posesión de armas nucleares bastaba para disimularlo. Alemania y Japón eran grandes potencias económicas, pero ninguna de ellas vio la necesidad de reforzar sus grandes recursos económicos con potencial militar en el sentido tradicional, ni siquiera cuando tuvieron libertad para hacerlo, aunque nadie sabe qué harán en el futuro. ¿Cuál era el estatus político internacional de la nueva Unión Europea, que aspiraba a tener un programa político común, pero que fue incapaz de conseguirlo –o incluso de pretender que lo tenía– salvo en cuestiones económicas? No estaba claro ni siquiera que muchos de los Estados, grandes o pequeños, nuevos o viejos, pudieran sobrevivir en su forma actual durante el primer cuarto del siglo. (...)

El siglo había sido un siglo de guerras mundiales, calientes o frías, protagonizadas por las grandes potencias y por sus aliados, con unos escenarios cada vez más apocalípticos de destrucción en masa, que culminaron con la perspectiva, que afortunadamente pudo evitarse, de un holocausto nuclear provocado por las superpotencias. Este peligro ya no existía. (...)

Esto no quería decir, evidentemente, que la era de las guerras hubiese llegado a su fin. Los años 80 demostraron, mediante el conflicto angloargentino de 1982 y el que enfrentó a Irán con Irak de 1980 a 1988, que guerras que no tenían nada que ver con la confrontación entre las superpotencias mundiales eran posibles en cualquier momento. Los años que siguieron a 1989 presenciaron un mayor número de operaciones militares en más lugares de Europa, Asia y Africa de lo que nadie podía recordar, aunque no todas fueran oficialmente calificadas como guerras: en Liberia, Angola, Sudán y el Cuerno de Africa; en la antigua Yugoslavia, en Moldavia, en varios países del Cáucaso y de la zona transcaucásica, en el siempre explosivo Oriente Medio, en la antigua Asia central soviética y en Afganistán. Como muchas veces no estaba claro quién combatía contra quién, ni por qué, en las frecuentes situaciones de ruptura y desintegración nacional, estas actividades no se acomodaban a las denominaciones clásicas de “guerra” internacional o civil. Pero los habitantes de la región que las sufrían difícilmente podían considerar que vivían en tiempos de paz, especialmente cuando, como en Bosnia, Tadjikistán o Liberia, habían estado viviendo en una paz incuestionable hacía poco tiempo. Por otra parte, como se demostró en los Balcanes a principios de los 90, no había una línea de demarcación clara entre las luchas internas regionales y una guerra balcánica semejante a las de viejo estilo, en las que aquellas podían transformarse fácilmente. En resumen, el peligro global de guerra no había desaparecido; solo había cambiado.

No cabe duda de que los habitantes de Estados fuertes, estables y privilegiados (la Unión Europea con relación a la zona conflictiva adyacente; Escandinavia con relación a las costas ex soviéticas del mar Báltico) podían creer que eran inmunes a la inseguridad y la violencia que aquejaba a las zonas más desfavorecidas del Tercer Mundo y del antiguo mundo socialista; pero estaban equivocados. La crisis de los Estados-nación tradicionales basta para ponerlo en duda. Dejando a un lado la posibilidad de que algunos de estos Estados pudieran escindirse o disolverse, había una importante, y no siempre advertida, innovación de la segunda mitad del siglo que los debilitaba, aunque solo fuera al privarlos del monopolio de la fuerza, que había sido siempre el signo del poder del Estado en las zonas establecidas permanentemente: la democratización y privatización de los medios de destrucción, que transformó las perspectivas de conflicto y violencia en cualquier parte del mundo.

Ahora resultaba posible que pequeños grupos de disidentes, políticos o de cualquier tipo, pudieran crear problemas y destrucción en cualquier lugar del mundo, como lo demostraron las actividades del IRA en Gran Bretaña y el intento de volar el World Trade Center de Nueva York (1993). Hasta fines del siglo XX, el costo originado por tales actividades era modesto –salvo para las empresas aseguradoras–, ya que el terrorismo no estatal, al contrario de lo que se suele suponer, era mucho menos indiscriminado que los bombardeos de la guerra oficial, aunque solo fuera porque su propósito, cuando lo tenía, era más bien político que militar.


*Fragmento de Historia del siglo XX (Paidós).


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