COLUMNISTAS

Identificaciones imaginarias

El acontecimiento, nos enseña la filosofía, es del orden de lo imprevisto. Hay acontecimiento político cuando irrumpe lo real, lo indeducible, lo que rasga las máscaras y desacomoda los semblantes.

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El acontecimiento, nos enseña la filosofía, es del orden de lo imprevisto. Hay acontecimiento político cuando irrumpe lo real, lo indeducible, lo que rasga las máscaras y desacomoda los semblantes. Lo real, se nos dice, es esa irrupción de lo innombrable, y por eso mismo nos arrastra.
Ante una irrupción semejante hay proliferación de identificaciones imaginarias (¿cómo nombrar eso que no tiene nombre y que, por eso mismo, nos resulta siniestro?). Como sabemos que somos insignificantes en lo económico y en lo geopolítico, los argentinos nos imaginamos significantes en lo discursivo. Pronunciamos figuras de discurso, intercambiamos figuritas de lo imaginario: “oligarquía”, “fascista”, “republicano”, “pulpos”, “guerra civil”, “golpista”, “popular”, “redistribución” y, sobre todo, “peronista” y “gorila”, hemos oído en estos días. Para algunos, hay irresponsabilidad en esas palabras. Para mí, hay pasión, y eso las justifica (aunque no las legitime). En el imaginario que habitamos están esas figuras y la irrupción de lo impensado, lo imposible, lo imprevisto, lo siniestro, las agita y las mezcla en una danza dionisíaca.
En el orden de las identificaciones (narcisistas) imaginarias todo responde a la lógica del “me gusta..., no me gusta...”.
No me gustan las polarizaciones, siempre trascendentales, entre el Uno y el Dos (la guerra). Me gusta lo real entendido como multiplicidad y como juego de intercambios y conexiones repentinas. Me gustan las adhesiones críticas, no me gustan las adhesiones incondicionales. No me gustan las nociones heroicas de victoria y derrota, me gusta que en los debates todos pierdan algo.
Me gusta el campo, con todas sus implicaciones (incluso las más románticas, las más anacrónicas, las más “poéticas”). No me gusta la explotación agropecuaria y no me gusta la soja transgénica (que no como), y me repugnan los criaderos de pollo (que no como). No me gustan las personas capaces de tolerar aberraciones semejantes ni las corporaciones que dañan irremediablemente la tierra en nombre de una rentabilidad suicida a largo plazo.
Me gustan las manifestaciones espontáneas apoyando reclamos que tal vez no me gusten. No me gusta que se acuse de golpista a cualquiera que manifieste contra un gobierno determinado, ni me gustan los golpistas que aprovechan cualquier coyuntura para hacer oír sus voces miserables. Me gusta la dimensión trágica del imaginario de D’Elía, no me gusta el uso de ese imaginario como fuerza de choque por parte de un gobierno cualquiera.
Me gustan la crítica y el ejercicio de la imaginación, no me gustan las demostraciones de fuerza vacías de otro sentido que el triunfo de la voluntad. Me gustan las pasiones sostenidas apáticamente.
Me gustan algunas cosas del peronismo, y otras no (procuro prescindir del imaginario peronista para pensar la política). Me gustaría no equivocarme nunca, pero más me gusta poder reconocer mis errores. Me gusta la lógica formal de la redistribución, pero más me gustan los proyectos concretos de redistribución, que le darían sustancia. Me gusta la intervención estatal en las cosas de este mundo, pero más me gusta un Estado capaz de desarrollar políticas concretas para el campo, la educación, el transporte, la salud pública, las comunicaciones, la producción energética. Me gustan los planes quinquenales, no me gustan la intimidación, el chantaje y la corrupción como herramientas políticas.
Me gusta el arte experimental. A la política, le exijo dinamismo, imaginación, generosidad y sensatez.