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COLUMNISTAS / UN PAIS EN SERIO
domingo 21 febrero, 2016

Kirchnerismo con balas de goma

La nueva administración deja atrás el sistema de menemismo con derechos humanos. Perros, delfines, panchos y ñoquis reales.

por Redacción Perfil

Foto: Cedoc

Entro a la productora feliz. Pero no entro solo: en la mano llevo una correa que sostiene a mi nuevo amigo.

—¿Y eso? –pregunta Carla, mi asesora de imagen, incrédula.
—Me compré un perro. Se llama Protocolo. ¿No es hermoso?
—Y, sí, ponele, pero… ¡¿por qué?!    
—¿Por qué le puse “Protocolo”? Y, me pareció que era un tema de actualidad y…
—No, salame –me interrumpe Carla con su habitual dulzura–. Te pregunto por qué te compraste un perro.
—Para mejorar mi imagen.
—Ah, mirá vos… ¡Como Balcarce, el perro de la Casa Rosada! No está mal. Te sirve para atajarte de cualquier cagada que te mandes. ¿Publicás una nota malísima? ¡Foto del perro! ¿Decís una estupidez en la tele? ¡Foto del perro! ¿Mandás un tuit que produce el repudio de toda la opinión pública? ¡Foto del perro! Claro que a vos te estaría faltando un sillón de Rivadavia para que el asunto sea más contundente…
—También pensé en sacarme una selfie con él y subirla a Facebook. Eso agita mucho. Facebook se hizo para poner fotos de perros y de gatos.
—Tené cuidado –me advierte Carla.
—¿Por qué? Es un perro…
—Sí, pero mirá si se te muere el perro durante la selfie. Te van a acusar de maltrato animal, Greenpeace va a pedir tu linchamiento y los Rolling Stones van a amenazar con no volver más al país si vos seguís en libertad.
—¿Y por qué se va a morir el perro con la selfie?
—No sé, pero si se murió un delfín en una selfie… ¿por qué no un perro?
—¡Es absurdo! El delfín se murió porque un imbécil lo sacó del agua. Es como si al perro le pusieras una bolsa de plástico en la cabeza y no lo dejaras respirar… Además, el perro está acostumbrado a que la gente lo mime. A un perro vos le tirás un palito y él te lo trae. En cambio, un delfín…
—Yo sólo te digo que te cuides: tené en cuenta que en la sensibilidad popular primero está un delfín, después un perro y mucho más atrás viene un qom y mucho más atrás, un piquetero.
—¿Y el gato? –pregunto.
—El gato es distinto porque tiene significados muy diferentes –me explica Carla.
—Ah, por eso Luis D’Elía acusó a Ottavis de “comegato” por su romance con Vicky Xipolitakis…
—¡Exacto! Ya acusar a alguien de “comedelfines” es un poco más violento. Aunque D’Elía es tan inimputable que puede decir “comefetos” que nadie se va a espantar.
—Creo que debería haber un protocolo para comer delfines, igual al protocolo de la protesta social. Si un delfín se queda más de diez minutos tirado en la playa, está listo para tirarlo en la parrilla y hacer un asadito.
—Eso me parece un poco violento.
—¿Lo de hacer un asado de delfín?
—No, el protocolo de la protesta social –dice Carla—. Lo del asado de delfín, qué sé yo… ¡con lo caro que está el asado!
—Mirá que voy a la playa y encuentro uno que se quede por más de diez minutos –me entusiasmo–. Además, ahora va a ser más fácil encontrar un delfín, porque tengo a mi sabueso Protocolo. ¿Hacemos el asadito de delfín sí o no?
—¡Dejá, yo paso! –se ataja Carla–. Antes de comer un asado de delfín prefiero comer un pancho en Tía Tola, la panchería de Guillermo Moreno y César Milani.
—¡Che, no seas prejuiciosa! Mirá si resulta que Tía Tola tiene los mejores panchos de la ciudad. ¿Vos qué dirías?
—¡Que Tía Tola miente!
—Sos muy prejuiciosa –insisto–. El hecho de que se asocien el tipo que hizo desaparecer a un conscripto durante la dictadura con el tipo que hizo desaparecer las estadísticas del Indec no significa que juntos van a hacer desaparecer también el sabor de un buen pancho.
—“Tía Tola: porque el sabor de un buen pancho nunca desaparece”. Podría ser un buen eslogan.
—Eso si el Gobierno no le aplica un protocolo a la ingesta de panchos: si no te lo comés en diez minutos, gases y balas de goma.
—Hablando de panchos, me parece que el que no la está pasando bien es el papa Francisco –opina Carla–. Me parece que en el Gobierno le están haciendo el vacío.
—Lógico: el Papa le mandó un rosario a Milagro Sala. ¿Qué sigue después de eso? ¿Una virgen de Luján a Robledo Puch? ¿Una estampita de San Cayetano al odontólogo Barreda?
—No, me refiero a otra cosa: ¿viste que el Gobierno nombró como ñoqui a la hermana de Máxima Zorreguieta?
—Sí.
—Bueno, ¿por qué no nombran también como funcionario a algún familiar de Bergoglio? Si vamos a quedar bien con las monarquías europeas lideradas por argentinos, deberíamos ser ecuánimes y darles ñoquis a todos.
—¡Tenés razón! –me indigno–. Lo que están haciendo es una injusticia: premian a los Zorreguieta, que son unos chetos gorilas de San Isidro, y dejan afuera a los Bergoglio, que son unos laburantes peronistas de Flores. ¡La grieta!
—¡Exacto!
—Mm… sí, pero no sé si con eso es suficiente para escribir mi columna política de PERFIL…
—¿Cómo que no? –dice Carla–. Mirá, de un lado tenés al Gobierno eliminando las retenciones a las mineras, criminalizando la protesta social, despidiendo indiscriminadamente en el Estado, acordando con los buitres… perdón, con los holdouts, porque ahora se dice así.
—¿Y del otro?
—Del otro están los muchachos de Resistiendo con Recursos… o Resistiendo con Panchería, o Resistiendo con Xipolitakis, o Resistiendo con Procesamientos, como Boudou y Moreno…
Mientras Carla dice todo esto, mi perro Protocolo se acerca a una silla, olfatea, levanta una patita y mea allí. Después va hacia el centro del salón de reuniones de la productora y caga sobre una alfombra.
—¡Puta madre! –maldigo–. Tener un perro es mucho más difícil de lo que creía.
—Y sí, es la vida detrás de la selfie –me dice Carla–. Si hasta a Antonia había que ponerle pañales. ¿O te creés que no cagaba, que se salvó del talquito y el óleo calcáreo?
—Es verdad, el papel higiénico y el bidet nos llegan a todos.
Lo miro a Protocolo, mi perro, que ahora me mira y mueve la cola.
—Tranquilo, sólo es cuestión de entender que hubo un cambio, que vivimos en el cambio, que estamos ante una sociedad que cambió –explica Carla.
—¿Y en qué cambió?
—Muy sencillo –concluye Carla–: terminó la era del menemismo con derechos humanos y arrancó la era del kirchnerismo con balas de goma.

Veo a mi perro Protocolo, que está olfateando la pata de otra silla: se ve que se quedó con ganas de mear.


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