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COLUMNISTAS / Problema de vieja data
domingo 16 septiembre, 2018

¿Kirchnerismo: tipo ideal de la política?

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por Omar Argüello

default Foto: CEDOC

La sociedad argentina está convulsionada por la corrupción que va conociendo. Es bueno que esto ocurra y es de esperar que el rechazo que produce sea duradero. Pero de lo que no se habla lo suficiente es de la inadecuada estrategia económica llevada adelante por los Kirchner, que produjo distorsiones y déficits de todo tipo, impactando en lo social con un tercio de argentinos pobres pese al mayor “viento de cola”
internacional  del que tengamos memoria. Además, mientras la corrupción se arregla con leyes de extinción de dominio y una Justicia diligente; los problemas económicos requerirán esfuerzos y sacrificios durante años.
Dada la complejidad que supone encaminar nuestro proceso económico, es necesario tomar conciencia que de esta crisis no se sale insistiendo con las políticas económicas que se han aplicado durante décadas; dado que ese tipo de políticas es la que nos condena al fracaso. Recordar que en el 2001 el país explotó social y económicamente a causa de esas políticas, cuando los Kirchner aún no habían aparecido en la escena nacional.
Por eso es oportuno preguntarnos si el kirchnerismo no es más que el “tipo ideal” que denuncia la manera errónea en que hemos enfrentado los desafíos económicos. Max Weber creó el “tipo ideal” como una construcción  “que es obtenida a partir de la exageración mental de determinados elementos de la realidad”. Solo que nuestra creatividad enfermiza hizo realidad lo que en Weber no era más que una exageración de la mente.
Nuestra situación socioeconómica empezó su deterioro más sistemático a partir de la década de los 60; lo que contribuiría también al de-sencadenamiento de la sangrienta dictadura del 76. Retomada la democracia en el 83 con el aporte inestimable de ese gran líder republicano que fue Alfonsín; más el aporte de Menem al desguazar el poder militar, nuestro desafío vuelve a ser encontrar la estrategia económica que produzca riquezas y la distribuya equitativamente para que haya armonía y paz social.
En este aspecto debe admitirse que Alfonsín se equivoca al pensar que con la democracia se come, se cura y se educa. Para satisfacer esas demandas resulta imprescindible una estrategia económica en la que el Estado garantice las condiciones para que la empresa privada cree riquezas y empleo genuino, en lugar de dedicarse a sancionar derechos nominales y distribuir bienes y servicios sin el respaldo de los recursos para solventarlos; gastando más de lo que recauda. Al equivocar el camino Alfonsín promueve un Estado grande, pesado, e ineficiente, que ni siquiera fue capaz de prestar adecuadamente los servicios básicos; lo que influyó para que la opinión pública pasara a apoyar las privatizaciones que Menem implementaría pocos años después. Todo esto acompañado de una hiperinflación que lo llevó a dejar el poder antes de cumplir su mandato.
Menem, por su parte, pareció plantear una política económica adecuada a partir de su “revolución productiva”; pero al dar luz verde para los mayores actos de corrupción vistos hasta entonces, inhabilitó el rol del Estado en la conducción de esa política económica, terminando su mandato en medio de una crisis profunda. La que De la Rúa no pudo superar dado la ausencia de ideas (salvo insistir en la convertibilidad) y el poco tiempo que tuvo antes de dejar el poder. Y así llegamos a la explosión del 2001.
Esa explosión pudo haber sido la oportunidad para abandonar nuestra inadecuada estrategia económica y el mal uso que se venía haciendo del Estado. Pero los Kirchner tenían otros proyectos; los que se vieron facilitados por una cultura dominante en nuestra sociedad que solo se enamora de un estatismo bobo y de un distribucionismo sin bases de sustentación (recordar que en el 2011 Cristina todavía saca el 54% de los votos). Con ese respaldo el kirchnerismo llega a las “exageraciones” que todavía  estamos padeciendo, disfrazadas siempre de ideología progresista.

*Sociólogo.


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