COLUMNISTAS ENTRE MAL Y RESPONSABILIDAD

La banalidad del perdón

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Borron y cuenta nueva. Es costumbre ofender y después, pedir disculpas.
Borron y cuenta nueva. Es costumbre ofender y después, pedir disculpas. Foto:captura de tv

Basta con que se haga una vez y no tenga consecuencias para que se convierta en tendencia. Es lo que sucede en estos tiempos con la costumbre de lastimar, mentir u ofender para de inmediato pedir disculpas y luego seguir adelante como si nada hubiera ocurrido. Pasa con el productor de un programa de “mesazas”, que “asume” su responsabilidad (?), pasa con el ministro que se dedica a mandar emojis en lugar de aclarar una situación patrimonial bastante oscura, pasa con futbolistas o técnicos que primero denigran a un árbitro y luego lo dejan en que fue “cosa del momento” o con funcionarios y gobernantes abonados a la muletilla “nos equivocamos, pero lo corregimos”, para luego seguir equivocándose porque, en definitiva, si pasa, pasa. Luego están los mediáticos de todo pelaje, que descubrieron la fórmula “si ofendí a alguien pido disculpas” y la usan a rajatabla antes de proferir la nueva ofensa.

Todo esto en el plano público. Sin embargo, estos personajes no son extraterrestres ni provienen de otra sociedad. Lo que hacen en pantallas y primeras planas es lo mismo que se verifica con enorme habitualidad entre los habitantes rasos de la sociedad. Pareciera que se instaló la banalidad del perdón. Cuando la gran Hannah Arendt inauguró la idea de la banalidad del mal (en Eichmann en Jerusalén), señaló que cualquiera puede hacer el mal (sobre todo el mal radical) sin necesidad de abandonar la condición humana, o precisamente por pertenecer a ella. Basta con pasteurizar al mal, con ponerlo como medio para un fin. En el caso de Eichmann, como en tantos, eso lo convierte en un simple trámite burocrático.

Guardando las distancias, algo así ocurre hoy con el perdón. Aparece como un trámite para sacarse un fastidio de encima (el fastidio son los otros, los lastimados, los ofendidos) y seguir adelante. Pero entre perdón y responsabilidad existe la misma correlación que entre mal y responsabilidad. Cuando la segunda está ausente los primeros son banales. Pedir perdón o decir “me hago cargo” es fácil. Reparar no lo es. La responsabilidad solo aparece con la reparación. Una acción reparadora va mucho más allá de pedir perdón y es un acto complejo, porque no se trata de lo que el ofensor considera reparador. Se trata de la necesidad del ofendido. Por lo tanto, el arrepentimiento (si existe de verdad) irá acompañado de humildad. Y no es lo que se ve en estos días.

Como señalan el sacerdote y psicólogo francés Jean Monbourquette y la ensayista Isabelle D'Aspremont en su ensayo Pedir perdón sin humillación, hay quienes creen que pedir perdón los rebaja, y terminan por sentirse ofendidos si se les pide reparación real, enmienda, además del simple formulismo verbal. “Nada envalentona tanto al pecador como el perdón”, decía Shakespeare, y sobran las oportunidades de comprobarlo, en lo público y en lo privado.

También están los ofensores que, al disculparse, hacen un exhibicionismo de sufrimiento que termina por convertirlos en el centro de la escena, y pareciera que son los verdaderos lastimados (cualquier semejanza con la reciente realidad televisiva se debe justamente a la realidad). Ejecutan así algo que los citados ensayistas franceses llaman “falso pedido de perdón”. Un acto mecánico, sin conciencia del daño inferido. Ni pedir perdón ni concederlo significa dar vuelta la página. Las heridas dejan cicatrices. Al lastimado le duelen. El ofensor preferiría borrarlas. Pero están. Y algunas son imperdonables. Porque la palabra perdón no es una goma de borrar. Y a veces unos y otros deben vivir con lo imperdonable. Cuando desaparece la banalidad del perdón y se instala en su verdadera dimensión lo que significa lastimar a otro, el pedido de disculpas deja de ser una gimnasia liviana y a repetición y se abre un espacio que invita a reflexionar sobre el alcance de los propios actos antes de ejecutarlos y de las propias palabras antes de emitirlas. Es decir, recuperar el respeto como una herramienta esencial en la convivencia humana, más allá de diferencias e intereses. O eso, o la banalidad.

*Periodista y escritor.



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