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COLUMNISTAS / DESIGUALDAD
viernes 8 junio, 2018

La gobernadora y el Estado ausente

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por Héctor Zajac

Conurbano. El fracaso o deserción escolar marca un techo de capital simbólico. Foto: afp

La gobernadora no se equivoca cuando dice que los pobres no llegan a las universidades del Gran Buenos Aires, pero dada su responsabilidad política, aceptar el hecho como inmutable ¿es declaración de incompetencia a futuro o profecía de autocumplimiento? Una tasa alarmante de fracaso y deserción de la escuela en un conurbano en crisis material y cultural marca un techo de capital simbólico en la geografía del tercer cordón para zanjar la brecha entre lo que la universidad ofrece y su apropiación. Aunque para sectores de clase media baja con alguna herramienta, la propuesta, como los números demuestran, es inspiradora. Puesta en contexto, Vidal sostiene que con 19 mil millones de pesos anuales que le cuesta al Estado el ausentismo docente (cifra exagerada) puede financiarse el cambio que se necesita en los niveles más bajos para lograr dicha apropiación. Un postulado mendaz que oculta, aun asumiendo el abuso al sistema, la parte de tal cifra de licencias legítimas que se debe costear: un maestro se enferma, tiene familia, etc. Y porque el desafío de la apropiación exige mucho más que el ahorro del costo de suplencias a docentes deshonestos; como ideas, carentes en el discurso de Vidal, quien se pregunta si es justo bancar universidades. Pero no decir qué es justo bancar, mientras se toma deuda solo para financiar deuda, es decir mucho.
La idea del Estado como maximizador de recursos escasos para fines alternativos llegó para quedarse. La procura del equilibrio fiscal y de la cuenta externa no es relato de las derechas, sino deber en la globalización. La discusión es de dónde salen tales recursos escasos. El macrismo lo plantea como un tema de ahorro sectorial de suma cero, como en el bleff de Vidal. O, como con las jubilaciones y tarifas, pagan siempre los débiles. El mito: lo contracíclico, compromete las inversiones y el crecimiento que beneficia a los pobres con el “desborde”. La realidad: la remoción de retenciones a la soja no evitó la “iliquidez especulativa” del sector, clave en la crisis cambiaria que un segmento de Cambiemos atribuyó al gravamen a la renta financiera que precipitó la huida de las Lebac de un jugador de peso, o al punto de la tasa de interés en EE.UU. Jamás la interpelación, a tres años de gestión, por la incapacidad de revertir la vulnerabilidad de una economía “dopada” por el matrimonio de tasas astronómicas y emisión de deuda durante demasiado tiempo, o por la naturaleza del capital atraído. En los países desarrollados se discute la brecha entre ayuda social y salario mínimo, elevando el último para evitar estimular la dependencia crónica de la primera, que nadie objeta en la UE, donde los subsidios al desempleo quintuplican en promedio el de Argentina, cuya clase media los objeta.
El macrismo, azuzándola con el cliché de la “teta del Estado” y los “errores de inclusión, sueña su eliminación, vía programa con el sector privado para trocarla por empleo. La distinción entre ayuda social y salario es negada en la representación de Estado macrista que invisibiliza bajo el disfraz meritocrático la raison d’être del Estado moderno: corregir las desigualdades desde el nacimiento creadas por “la mano invisible”, es decir, apropiación. El que algunos nazcan con la estrella y otros estrellados no puede cambiarse en la gran mayoría de los casos con tesón y ahínco.
Tampoco es una ley inmutable de la naturaleza. Es el desafío de las sociedades modernas que amerita intervención estatal para poner al alcance de los que carecen no solo a la universidad. Las naciones no cambian con una gestión eficiente de un ahorro sectorial anabolizado por un relato, sino con la audacia creativa de las miradas trascendentales. Una síntesis superadora del legado de los padres fundadores. La Ilustración encarnada en la educación pública de calidad, y la justicia social como puente a su aprovechamiento. La obsesión numérica de Cambiemos como norte de la política manifiesta una visión del Estado preburguesa. Su fobia al gasto es una camisa de fuerza de la imaginación imprescindible para liderar la nación.                                                                      

*Geógrafo UBA. MA, UA, UNY.


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