COLUMNISTAS
Obama y el polemico premio

La guerra necesaria

Al llegar a Oslo, el nuevo Nobel de la Paz leyó una pancarta gigante que decía: “Ya lo ganaste. Ahora merécelo”. Un presidente en guerra que lucha por la paz.

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El 10 de diciembre a las 11 de la mañana en Oslo, Noruega, en pleno día era de noche y los fotógrafos debían usar el flash de las cámaras. No fue el único oxímoron (armonización de dos conceptos opuestos en una sola expresión) que sobrevoló la ceremonia de recepción del Premio Nobel de la Paz concedido a Barack Obama. Los defensores de la paz sin guerras se violentaban por las medidas de seguridad que se desplegaron en la capital; la llegada del presidente se verificó en medio de la operación de mayores dimensiones desarrollada en Noruega, que costó cerca de 92 millones de coronas, unos 16 millones de dólares, e involucró a más de 2.500 agentes de policía, cercos y barreras alzadas a lo largo de las principales avenidas de la ciudad.

Al llegar al Auditorio Municipalidad, entre una multitud que lo vitoreaba, podía leerse una enorme pancarta: “Ya lo ganaste. Ahora merécelo”. En su discurso de aceptación de la distinción, Obama dijo que “ninguna guerra santa puede jamás ser una guerra justa”, pero que sí era necesaria la que Estados Unidos está librando contra el mal que existe en el mundo; hace diez días despachó a treinta mil soldados hacia Afganistán para intentar dulcificarlo.

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El atento presidente norteamericano, en su visita de 26 horas, rechazó un almuerzo con el rey Harald V y canceló la obligada visita al Museo de la Paz, lo que ofendió a muchos noruegos. La espontánea Michelle Obama, quien junto con su marido salió al balcón del Grand Hotel de Oslo a saludar a una concentración de personas que portaban antorchas, mostraba, a la hora de cenar, el tercer vestido del día. Y como algo puede ser verdad sin por ello explicarlo todo, Obama subrayó en su alocución que afronta al mundo tal y como es. Otros Premios Nobel de la Paz fueron distinguidos por enfrentar al mundo debido a que era como era y por tratar de cambiarlo.

Los soldados norteamericanos adicionales, cuyo despliegue se completará antes de que concluya la primera mitad de 2010 y elevará los efectivos a cerca de cien mil, supondrán un costo para el contribuyente norteamericano de 30 mil millones de dólares. Está previsto que su retirada comience en julio de 2011. Los ejes estratégicos principales que sostienen la iniciativa anunciada por Obama (de los que fueron puestos al corriente con anterioridad tanto el presidente afgano, Hamid Karzai, cuanto el presidente paquistaní, Asif Ali Zardari), pasan por aceptar que existe un retroceso en la zona respecto del objetivo de revertir el avance talibán y erradicar a al Quaeda; por reconocer que existe evidencia de que unos y otros están planificando ataques en estos momentos; por trabajar a ambos lados de la frontera montañosa con Pakistán; y por transferir responsabilidades a las autoridades afganas, luego de un proceso de capacitación de tropas locales. “Los días de dar un cheque en blanco se acabaron”, dijo Obama.

Anders Fogh Rasmussen, secretario general de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) prometió que al menos cinco mil soldados más de otros países en dicha alianza y posiblemente unos pocos miles más serían enviados al mismo destino. Amablemente, el portavoz talibán Qari Yusuf Ahmadi musitó que “Obama verá desfilar muchos ataúdes de soldados estadounidenses muertos en Afganistán”. Igual que en el tango de Iván Diez y Edmundo Rivero, con toda educación “le fajó 34 puñaladas”.

Como ya se ha dicho en esta columna, la “estrategia Obama” para enfrentar la amenaza yihadista en términos generales no es más que una nueva fase dentro de una mirada geopolítica semejante a la precedente. Junto con la paulatina retirada de Irak, Irán permanece como un punto de alarma, y lo que se centra en Afganistán–Pakistán es el foco. Estados Unidos permanece en posición de spoiling attack, maniobra destinada a debilitar una ofensiva en contra mientras se está gestando. Las reiteradas amonestaciones sin sanción a Karzai y otros dirigentes de la región (Obama afirmó que apoyaría a los líderes que combatieran la corrupción y defendieran a la gente, al tiempo que insistió en que esperaba que los que no fueran eficientes o fueran corruptos tuvieran que rendir cuentas) demuestran que Washington no está en condiciones de imponer su voluntad sin más en aquellas montañas secas y jaspeadas.

Los yihadistas, por su parte, exhiben a una Al Qaeda fragmentada y a una fuerza organizada de modo no convencional, esto es, sin un comando estructurado, lo que –como perspicazmente señala el analista George Friedman– es tanto una inexorabilidad estratégica como un arma de guerra: los Estados Unidos no puede golpear el centro de gravedad de ninguna fuerza yihadista, lo que también explica la fase “Obama” de la conflagración. En consecuencia, la tarea por delante no se agota con suprimir a Osama bin Laden, y tampoco la del talibán pensar que la pérdida de bin Laden conlleva el final de la misión. Cuando en 1996 pusieron en fuga a los soviéticos, tomaron Kabul y asesinaron al presidente Mohammad Najibullah y a su hermano, el paso inmediato fue imponer la ley islámica y conseguir un estado de paz; volaron los budas gigantes de Bamiyán con dinamita y disparos desde tanques argumentando que las estatuas eran ídolos contrarios al Corán.

Si bien es cierto que hoy la estrategia de largo término de crear un imperio islámico multinacional bajo la interpretación de Al Qaeda de la Sharia (cuerpo del Derecho islámico) es irreal, no lo es menos que tienen medios para seguir atacando gobiernos musulmanes que colaboran con los Estados Unidos (Pakistán) y a las fuerzas norteamericanas. Para decirlo con palabras de Obama al recibir el Nobel de la Paz, “no importa cuán justificada esté, la guerra siempre es una promesa de tragedia humana”. Eso es lo que habrá por delante, aunque la Yihad no pueda proyectar poder y aunque los Estados Unidos no pueda prevalecer por mera imposición. Por oposición a Obama, el francés Jean Anouilh decía que todas las guerras eran santas; “os desafío a que encontréis un beligerante que no crea tener el cielo de su parte”. Por eso, aunque no simpatice con los yihadistas afganos, el Irán chií observa, maniobra, espera.