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COLUMNISTAS / humores
domingo 24 diciembre, 2017

La Navidad y las estaciones

Las celebraciones y los estados de ánimo son distintos en cada hemisferio del planeta.

por Jaime Duran Barba

Tokio. Es una de las fiestas más importantes de Japón. Aquí, prima la agresividad. Foto: Cedoc Perfil

Los humores de los seres vivos dependen de las estaciones. Mientras la primavera desata nuestros entusiasmos, la oscuridad del invierno nos llama al recogimiento. En el hemisferio norte el solsticio de invierno llega el 23 de diciembre, fecha en la que el día languidece hasta el punto de que algunas culturas temían que pudiera traer la muerte. Después, el proceso se invierte: el 25 los romanos celebraban la fiesta del Sol Invictus, el triunfo de la luz sobre la oscuridad. El clima del invierno invitaba al abrazo, a la reunión en torno al fuego, a ingerir alimentos con muchas calorías. Cuando el emperador Constantino fusionó la religión solar con la cristiana dispuso que el nacimiento de Jesús se celebre el día del Sol Invictus. Así surgió la Navidad. El Nazareno nació realmente por el mes de marzo, unos cinco años antes de la era cristiana.

Esta es una época de celebraciones en todo el hemisferio norte. Los pueblos mesoamericanos, temerosos de que muera Huitzilopochtli, el dios Sol, hacían sacrificios humanos para ayudar a su resurrección, que celebraban el 21 de diciembre. El apasionante sincretismo cultural mexicano amalgamó las tradiciones indígenas con las españolas. Desde hace 700 años muchos indígenas veneraban a la diosa Tonanzin del Tepeyac, que con la publicación del Nican Mopohua se fundió con la Virgen de Guadalupe. Su fiesta se celebra el 12 de diciembre con una procesión conmovedora. Las Posadas nacieron también de ese sincretismo: durante nueve días las familias se reúnen a comer y cantar en torno a los pesebres y rompen piñatas procedentes de Nezahualcóyotl para alejar a los malos espíritus. En la sierra ecuatoriana la Novena del Niño es semejante: muchos se reúnen en torno al nacimiento, comen golosinas y cantan villancicos los nueve días anteriores a la Navidad.

El 13 de diciembre se celebra en Suecia la fiesta de Santa Lucía, menos imponente que la procesión guadalupana pero hermosa. Por todos lados desfilan jóvenes vestidas con una túnica blanca, portando un candelero y una corona con velas encendidas. Son las “Lucías” elegidas por su escuela, su oficina o cualquier asociación. Les siguen grupos de chicas con túnicas blancas y jóvenes con bonetes cubiertos de estrellas doradas. Algunos niños vestidos de duendecillos surgen y se alejan de la luz entonando canciones. Sencilla y tierna, la fiesta de Santa Lucía congrega a cientos de suecos que cantan en italiano.

El 5 de diciembre llega a Holanda, en un barco de vapor, San Nicolás con su criado Zwarte Piet (Pedro Negro). Trae regalos para los niños, que creen que Zwarte Piet apunta en un libro todo lo que hacen durante el año, para distribuir los premios que merecen. San Nicolás es obispo, viste de rojo y dorado, y tiene en muchos pueblos de Holanda ayudantes que lo asisten para repartir los regalos. La fiesta paraliza a Holanda, los canales de televisión la transmiten en vivo.

Probablemente sea esta el antecedente del Santa Claus que domina las Navidades contemporáneas, desde que apareció en 1931 como una creación de la agencia de publicidad de Coca-Cola, que inventó un ícono de la alegría y el espíritu navideño identificado con su marca. El éxito fue enorme, y actualmente el viejito bonachón, su trineo y sus leyendas se convirtieron en el símbolo de la fiesta en gran parte del mundo. En estos días es imposible transitar por Nueva York y casi todas ciudades del norte sin que nos invadan muñecos de nieve, árboles, luces y trineos.

Parece común en Occidente pero, hace años, me sorprendí al constatar que la Navidad es una de las fiestas más importantes de Japón. Las calles se engalanan y en los espacios públicos se producen espectáculos de luces y sonido llamados Christmas Illuminations, que son tan impresionantes que vale la pena viajar a Tokio solo por verlos. La fiesta se parece a la de Santa Claus, mucha gente se viste como él, pero no tiene nada que ver con el obispo de Bari. La preside un dios shinto, Hoteiosho, jovencito agradable y regordete que carga un bulto con regalos. Tiene en la parte de atrás de su cabeza ojos para vigilar a los niños y premiar su buen comportamiento. El shinto es una religión profunda, difícil de entender para los occidentales, que integra a los seres humanos con una naturaleza que tiene componentes místicos. Venera a millones de dioses y en esa visión plural de la vida ha integrado a las costumbres japonesas esta Navidad, tan semejante a la occidental en la forma y tan distinta en el contenido.

En el hemisferio sur en esta fecha, estamos en el otro extremo. El cuerpo nos pide acción, los Santa Claus se derriten del calor en las calles de Buenos Aires. No es tiempo de recogimiento, sino de agresividad y hasta de violencia. En junio, las culturas andinas festejan con comidas y bailes su propio solsticio de invierno, el Inti Raymi (la Fiesta del Sol), más acorde con lo que nos dictan las estaciones que la Navidad romana.

*Profesor de la GWU. Miembro del Club Político Argentino.


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