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COLUMNISTAS / Opinión
domingo 26 noviembre, 2017

Las otras caras de un rescate

Los estrategas del oficialismo juran que no van a caer en el error de transformar este drama en una batalla m√°s de la guerra con el kirchnerismo.

por Gustavo Gonz√°lez

SUBMARINO. Su rastreo es el mayor operativo desde Malvinas (cada país paga sus gastos, luego podrían pedir reintegro). El Gobierno dispuso dos mesas de crisis. Foto: TEMES

En medio de la angustia cotidiana que genera la b√ļsqueda de 44 camaradas, hay un punto en el que a los hombres de la Armada la desaparici√≥n del submarino San Juan los coloca ante un momento √ļnico de sus carreras: pasar de la teor√≠a a una hip√≥tesis de conflicto real, que es para lo que se prepararon siempre y les da su raz√≥n de ser. Los marinos viven as√≠, con dram√°tica excitaci√≥n, el mayor operativo en el Atl√°ntico Sur despu√©s de Malvinas.

Todos desconf√≠an de todos. Tambi√©n en el Gobierno hay sensaciones encontradas. La angustia por el destino de la tripulaci√≥n junto a la certeza de que su pol√≠tica de apertura al mundo encontr√≥ una constataci√≥n de sus m√ļltiples beneficios.

Desde el minuto uno, se tomaron dos decisiones claves: Macri en persona sería el eje de las relaciones internacionales de colaboración y también él aparecería como máximo responsable del seguimiento militar.

Sobre lo primero, fue el Presidente el encargado de hablar con mandatarios extranjeros, como Bachelet y Putin, para aceptar y agradecer ayuda. No s√≥lo es funcional a su mensaje aperturista, es una necesidad concreta. En el Gobierno reconocen que debieron sortear obst√°culos ante la desconfianza ancestral de los militares locales. Esto se dio en particular cuando el ofrecimiento vino del Reino Unido. Desde la Armada se cuestion√≥: ‚Äú¬ŅVamos a aceptar compartir informaci√≥n estrat√©gica con un eventual enemigo que siempre fue parte de nuestras hip√≥tesis de conflicto?‚ÄĚ. La orden fue aceptar la ayuda.

La desconfianza no es sólo con los ingleses. Cuando la Armada estadounidense detectó un sonido en el mar, los argentinos le pidieron los datos para llevarlos a Puerto Belgrano y analizarlos con sus códigos. Hubo instantes de desconcierto, ya que los estadounidenses reclamaban lo contrario: recibir los códigos argentinos para determinar a qué objeto correspondía el sonido. Aun en medio de una operación humanitaria, todos desconfían de todos cuando se trata de revelar secretos militares. Al fin se supo que el sonido, esa vez, provenía de un banco de camarones.

Desde la fuerza contextualizan: ‚ÄúTodos tenemos informaci√≥n sensible. Hay que entender que el objetivo √ļltimo del poder militar es la guerra, son claves que podr√≠an resultar de vida o muerte‚ÄĚ. Una de las tantas hip√≥tesis que se barajaron sobre la desaparici√≥n del San Juan fue el ataque de una superpotencia. No se trata s√≥lo de teor√≠as locas, son protocolos previstos sobre hip√≥tesis a descartar.

Mesas de crisis. En medio de un gobierno que ingres√≥ a una etapa de obsesi√≥n por el d√©ficit de sus cuentas, alguien atin√≥ a preguntar en las √ļltimas horas: ‚Äú¬ŅY qui√©n paga la cuenta?‚ÄĚ. Se refer√≠a a los millonarios gastos en los que incurre cada pa√≠s colaborador. La respuesta es que lo paga la Armada de cada uno, aunque luego podr√≠an enviar sus facturas para que la Argentina se lo reintegre.  

Sobre la decisi√≥n de Macri de exponerse, en el Gobierno explican que se la tom√≥ en funci√≥n de tres destinatarios: los familiares, ‚Äúpara escucharlos y contenerlos‚ÄĚ; la sociedad, ‚Äúpara mostrar impl√≠citamente la diferencia con quienes se borraban en situaciones l√≠mites‚ÄĚ (por los Kirchner); y la Armada, ‚Äúpara decirle que cuenta con todo su respaldo‚ÄĚ. En este √ļltimo caso, el respaldo se revisa hora a hora y nadie supone que sus mandos puedan seguir en sus cargos tras el operativo.

Hoy no existe en el Gobierno otro tema de mayor trascendencia. Hay dos mesas informales de crisis, extensiones naturales de las reuniones habituales.

Una mesa comunicacional, encabezada por Marcos Pe√Īa e integrada por el secretario de Comunicaci√≥n, Jorge Grecco; el secretario de Asuntos Estrat√©gicos, Fulvio Pompeo; y el secretario general Fernando de Andreis. Los contactos comienzan despu√©s de las 7 cuando Pe√Īa llama desde su auto, siguen con una cita en su despacho de una hora y con encuentros y comunicaciones durante todo el d√≠a. Algunas incluyen a Macri.

Y una mesa pol√≠tica, presidida por el Presidente con los habituales participantes de la mesa chica: Pe√Īa, Gabriela Michetti, los l√≠deres parlamentarios y distintos ministros, seg√ļn los temas. Estas semanas, su participante excluyente es el ministro de Defensa, Oscar Aguad.

Comunicar malas noticias. La pregunta de c√≥mo se comunica bien una mala noticia tiene una respuesta no siempre f√°cil de aceptar: no hay forma. Lo que s√≠ se puede es aminorar los da√Īos de la comunicaci√≥n y, en ese sentido, lo m√°s √ļtil suele ser la verdad. Las mentiras son imposibles de mantener en el tiempo y, cuando se descubren, las consecuencias son peores que las de las propias malas noticias.

Es cierto que hay informaciones que son complejas para dar cuando se trata de la vida de las personas, porque hay verdades y razones que nadie quiere escuchar.

El destino de 44 personas no es morir todas juntas siendo j√≥venes y en perfecto estado de salud. Esa es la l√≥gica general, pero cuando se trata de soldados los riesgos son mayores, y si su trabajo consiste en viajar en submarino a decenas de metros de profundidad, los riesgos se incrementan (en √©poca de guerra, a√ļn m√°s). Habr√≠a que agregar que si son submarinistas de un pa√≠s empobrecido que destina menos recursos que las naciones ricas para el mantenimiento, los peligros aumentan. El adiestramiento submarino para estas tripulaciones ronda los 190 d√≠as en el Primer Mundo. Aqu√≠, en 2014, apenas fueron 19 horas debajo de la superficie. Al margen est√°n los riesgos que suelen sumar la corrupci√≥n, los errores o las eventuales incapacidades profesionales.

En las √ļltimas cinco d√©cadas se perdieron, m√°s all√° de cualquier guerra, una decena de submarinos y cientos de vidas en todo el mundo, entre ellos, de los Estados Unidos y otras potencias militares.

Culpables se buscan. En estas horas ya se vislumbra lo que viene: la b√ļsqueda de culpables, algo que es imprescindible desde lo humano, lo jur√≠dico y lo pol√≠tico. Los familiares y la sociedad tienen derecho a saber por qu√© pas√≥ lo que pas√≥. El Gobierno y la Armada tienen la obligaci√≥n de entenderlo, para aplicar responsabilidades y para que no vuelva a ocurrir. Y la Justicia debe hacerlo para determinar si, por acci√≥n u omisi√≥n, se cometi√≥ un delito.

Los estrategas del oficialismo juran que no van a caer en el error de transformar este drama en una batalla m√°s de la guerra con el kirchnerismo: ‚ÄúSer√≠a una estupidez ponernos ahora a buscar culpables pol√≠ticos‚ÄĚ. Despu√©s se ver√°.

Sin embargo, algunos pol√≠ticos y medios comenzaron, a√ļn solapadamente, la caza. Los unos poniendo el eje en la reparaci√≥n del San Juan de 2014 (todav√≠a no se dice que al submarino lo hundi√≥ Cristina, pero ya se lo insin√ļa), y los otros en el desinter√©s del macrismo por la cosa p√ļblica y en su exclusiva responsabilidad por dejar zarpar a una embarcaci√≥n que no estaba en condiciones.

Es el anticipo del debate que se instalar√° en la sociedad.

Unos tendr√°n m√°s motivos para so√Īar con una ex presidenta presa.

Otros para confirmar sus sospechas  sobre lo que producen las pol√≠ticas neoliberales de ajuste.

Cualquier conflicto es bienvenido para ratificar lo bien que a algunos les sienta la grieta.                                                 


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