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Las raras bienvenidas

Soy Huésped Ilustre de la ciudad de Quito. Tengo un certificado enorme, azul, que no entra en la valija. Estoy en mi hotel, mareado de puna, y me tiran bajo la puerta una notita estándar.

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Soy Huésped Ilustre de la ciudad de Quito. Tengo un certificado enorme, azul, que no entra en la valija. Estoy en mi hotel, mareado de puna, y me tiran bajo la puerta una notita estándar. Parece que el Concejo Deliberante de la ciudad de Quito ha decidido nombrar huéspedes ilustres a todos los oradores extranjeros de la Feria del Libro. No pregunto el porqué y voy a cumplir obediente con el acto de entrega. Me acompañan algunos colegas, tan incrédulos como yo: Luisa Valenzuela, Naief Yehya, Ibsen Martínez, somos unos treinta escritores de diversas latitudes. El Concejo discute una cuestión legal de informes y presupuestos. Escuchamos cívicamente las últimas disertaciones. Dan la palabra al ministro de Cultura y a uno por uno nos condecoran. Algunos no llegaron, es temprano y duermen en el hotel a 2.800 metros de altura. Se los aplaude igual: Juan Forn, Pedro Mairal (que llegó tras dos días de viaje, reseñados en el PERFIL de la semana pasada), Niall Binns, Denise Despeyroux, Isol.

Vuelvo anonadado por la exageración. Fui a dar dos charlas, a improvisar elucubraciones deshilachadas, y volví nombrado Huésped Ilustre, aprovechando una suerte de comunión masiva donde por la fe devota de algunos pocos, recibimos la hostia otros tantos. No me quejo. Es bueno ser bienvenido. Y no maltratado por ciudades hostiles o por funcionarios que ni saben tu nombre. El honor será simbólico y todo lo que quieran, pero un poco funciona. Abre la esperanza de que la próxima vez –si la hay–, yo afinaré mucho más mis lápices para hacer la tarea con esmero. Porque una vez que uno tiene el premio, que se ha ganado ilegítimamente una confianza equis, es natural tratar de ganarla luego por las buenas.

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