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COLUMNISTAS / reflexiones
viernes 7 septiembre, 2018

Las tazas sobre el mantel

María Eugenia Vidal, ya lo sabemos, porta en sí un repertorio frondoso de signos de la bondad. Los colecciona y los exhibe.

por Martín Kohan

default Foto: CEDOC

María Eugenia Vidal, ya lo sabemos, porta en sí un repertorio frondoso de signos de la bondad. Los colecciona y los exhibe: la mirada suave, las palabras tersas, los gestos etéreos, la sonrisa dulce; un cierto marco de santidad para el rostro, un aire de madurez juvenil en la postura; al hablar, la cabeza inclinada; al escuchar, la cabeza asintiendo; las manos llevadas al pecho, en momentos de emoción, y una lenta y delicada caída de párpados para indicar que sufre y comprende.

Queda dicho: Mariu es buena. Como es costumbre, sin embargo, entre nosotros, asociar bondad con tontería, María Eugenia, que no es nada tonta, atinó a poner su tanta bondad a salvo: supo mostrarse también enojada, y en verdad, moralmente indignada, para indicar que no es floja ni pusilánime, que no por buena se deja pasar. Ajustó así la consabida comparación con Heidi: es una Heidi que, sin dejar de ser buena, acertaría a pararles el carro a Peter o al abuelito, en caso de ser necesario.

Alguien dirá: no es precisamente de buena el conceder, por ejemplo, un 15% de aumento salarial a los docentes, con una inflación de más del doble en el país; ni es de buena tomar de rehenes a los alumnos en las escuelas para plantarse en esa oferta indigna y no aflojar por nada; no es de buena remitirse a los casos de docentes que incumplen tareas para castigar en la remuneración al conjunto; ni es de buena avasallar derechos con el castigo extorsivo del descuento en los sueldos.

Pero precisamente: si en algo puede calibrarse la eficacia impar de la semiosis de la bondad es en que la imagen de Vidal buena prevalezca por sobre estos y sobre otros tantos factores, o la preserve en un limbo de inocencia respecto de las cruentas políticas que va tomando el gobierno que ella integra. Por eso tengo la impresión de que la revelación fundamental de esta semana en la política argentina fue el episodio de las tazas de María Eugenia Vidal.

¿Esa anécdota? Sí: esa anécdota. ¿Más que las derivaciones judiciales de los cuadernos de Oscar Centeno? Creo que sí. Porque lo de los dichosos cuadernos no es, a mi entender, del orden de la revelación, sino del orden de la verificación; no dicen nada que desconocieran ni los que adoran a Cristina Kirchner ni los que la detestan: que había “diegos”, mordidas, retornos, que había diezmos empresariales.

¿Más revelación en las tazas que en el discurso del presidente Macri, que en los anuncios del ministro Dujovne? Para mí sí. Porque el discurso no aportó más que una nueva tanda de metáforas acuáticas (tormentas, ríos que se cruzan, navegaciones) y los anuncios del ministro son una reedición de las archiconocidas recetas de ajuste del Fondo Monetario (es lo que tienen de frustrante, de angustiante: que se trata de un déjà vu).

En el episodio de las tazas de María Eugenia Vidal, en cambio, surgió otra cosa. Se trataba, en principio, de una puesta en práctica más de su bondad tan infinita. María Eugenia auténtica, María Eugenia transparente, María Eugenia franca, directa, cercana, espontánea, se preocupa por un caso de inseguridad que oyó mencionar en la radio y llama de inmediato, ella misma, a la damnificada, para ahondar en lo sucedido. El llamado se filma, se graba, se difunde.

Pero el continuista comete un error fatal, o se produce un error fatal por falta de continuista: en una parte de la conversación, la taza de Vidal es blanca; y de pronto resulta que tiene un borde azul. ¿Transmutación? ¿Milagro? Nada de eso: puro montaje. Y es que la escena estaba montada, estaba fraguada. Bien actuada por María Eugenia, mal montada por el equipo, reveló su falsedad. Era falso, todo falso. Bien actuado, pero actuado. Actuada y falsa la cercanía, actuada y falsa la preocupación, actuada y falsa la bondad. Una farsa como tantas, pero a cargo de una figura política fuertemente sustentada en un aura de sinceridad de imposible adulteración.

Y sin embargo, no: las tazas develaron el truco. ¿Traerá este hecho alguna consecuencia política? Yo estoy convencido de que no. Habrá que reflexionar, entonces, no solo sobre el hecho mismo, sino sobre su inconsecuencia también.


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