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COLUMNISTAS / Apuntes en viaje
sábado 15 septiembre, 2018

Lecturas permanentes

Y aunque cada tanto me encuentro con grandes libros, ese tipo de fascinación parece solo factible en esa otra dimensión donde el inconsciente del que leía era el de un joven.

Oliverio Coelho

Y aunque cada tanto me encuentro con grandes libros, ese tipo de fascinación parece solo factible en esa otra dimensión donde el inconsciente del que leía era el de un joven. Foto: Marta Toledo

De ciertos lugares y de ciertas lecturas uno parece no haberse despegado nunca. A veces me detengo a pensar en un lugar que visité, y noto que algo propio quedó ahí, detenido en la experiencia y a la vez latente en otra dimensión. A veces esa dimensión es un mercado centroamericano, un baño repleto de tullidos que mastican un inglés lunático, una estación de ómnibus destartalada, un cruce de rutas con un dibujo de nubes intenso y una luz dorada en el medio de la pampa, un pueblo repleto de jóvenes mochileros en la frontera con Birmania, un pub que tira mala cerveza pero tiene una corte inolvidable de parroquianos, una calle ascética de Tokio, una chica con la que charlo unos minutos con inusual fervor sobre El quijote en un tren y nunca vuelvo a ver en el sur de España, una habitación oscura y con pulgas en Lisboa. Esa dimensión paralela y nítida que en la memoria no deja de suceder inconscientemente es la juventud, me digo. Mientras siga sucediendo, no hay posibilidad de locura sino de reescrituras poéticas.

La primera vez que pisé Nueva York corría noviembre del año 2000, no conocía a nadie en la ciudad y me autoinventé una rutina para favorecer la socialización, aunque no conocía a nadie: visitar clubes de jazz de noche y museos de día. De alguna manera era la rutina que suponía un intelectual debía llevar adelante en Nueva York. Pasaba la mayor parte del día solo. Fueron dos semanas de monólogo interior. Venía de viajar por algunas ciudades del sur de Estados Unidos y Nueva York era mi destino final. Creo que secretamente extrañaba Buenos Aires y no veía el momento de volver. Mataba el tiempo saliendo temprano a la mañana. Volvía a última hora a un cuarto en el que apenas cabían una cama de una plaza y una mochila. A mitad del día me sentaba en algún parque a leer Mosquitos, de William Faulkner, que pese a ser una novela menor de Faulkner sigue estando entre mis preferidas. Es que, igual que con ciertas escenas de viaje, las lecturas de la juventud quedan indelebles. Desde Mosquitos hasta La mujer en la muralla, de Laiseca, pasando por Ema, la cautiva, de Aira, o El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati, la huella de la fascinación sigue reavivándose, sin que medien relecturas. Y aunque cada tanto ahora me encuentro con grandes libros, ese tipo de fascinación parece solo factible en esa otra dimensión donde el inconsciente del que leía era el de un joven.  

De aquella visita a Nueva York me queda el recuerdo de algunos pocos lugares con los que me topaba en mi huida cotidiana y en los que sigo estando. Una librería de libros antiguos con la que me crucé por fuera de mi coreografía culta, luego la extinguida cadena de disquerías Virgin, en las que al anochecer me detenía a escuchar con auriculares de prueba Stories from the City, Stories from the Sea, de P.J. Harvey –inspirado justamente en Nueva York–, los vagones de subte por la noche, y sobre todo un antiguo hostel cristiano en el que encontré alojamiento a precio de caridad. Había un baño común que frecuentaban veteranos de la Guerra de Vietnam, ancianos tullidos que reunían sus sillas para deliberar a los gritos sobre tal o cual batalla o para darse ánimos patrióticos. Cada tanto, a medianoche, escuchaba gritos y al asomarme veía siempre al mismo hombre palmeándose los muñones de las piernas y hablando solo en un lenguaje de chillidos. Ahora que lo pienso, no son tan pocos los lugares de permanencia que dejó aquel viaje.


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