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caso nisman

Liebres y tortugas

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Para hacer lugar a la crítica, primero la autocrítica. Así que pedimos disculpas a los lectores que en la edición impresa de ayer de PERFIL no hallaron la cobertura de los llamados a indagatoria de la madre y de la hermana de Alberto Nisman. Un lamentable error de edición nos llevó a eso.
La omisión dolió más porque este diario reveló el domingo pasado, con la autoría de Emilia Delfino, la confirmación de EE.UU. de que el fallecido fiscal tenía allí una cuenta irregular por más de 600 mil dólares con depositantes más que sospechosos.
Basado en esos datos oficiales norteamericanos, el juez Canicoba Corral resolvió con celeridad indagar por lavado de dinero a Sara Garfunkel y Sandra Nisman, a su ex colaborador Diego Lagomarsino (la cuenta sin declarar estaba a nombre de todos ellos) y al sinuoso empresario Alejandro Picón (uno de los aportantes a esa cuenta, junto al controvertido financista Damián Stefanini, que hace casi un año desapareció misteriosamente).
Si Canicoba aplicara la misma velocidad que le dio a esta causa a otros expedientes que duermen el sueño de los justos en su despacho, otra sería la historia y no habría que hablar de otra cosa que no fuera la eficiencia de un magistrado. No es el caso, claro. Más allá de que en Comodoro Py se lo nombra con un apodo tan creativo como descalificador, a Canicoba se lo acusa de acatar todos los deseos del Gobierno. Casualmente, el Ejecutivo motorizó la reciente designación de un hijo suyo como juez.
La aceleración de Canicoba Corral contrasta con la pasmosa lentitud de la investigación sobre la muerte de Nisman, que lleva a cabo la fiscal Viviana Fein. A más de 220 días de que fue hallado sin vida en su baño de Le Parc, no se avanza en el esclarecimiento.
Claro, parece más fácil –desde muchos puntos de vista– avanzar sobre el tendal de desaguisados que dejó el ex fiscal del atentado a la Amia. Otro caso, como el del propio Nisman, en el que también abundaron liebres y tortugas. Y gana la impunidad.