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Líquida y redonda habitación

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Tengo una libreta anotada que parece una extraña partida de ajedrez o los números de Matrix que caen verticalmente hacia abajo a lo largo de la pantalla. Son los horarios de las contracciones que tuvo Guadalupe en el largo e intenso día previo a que naciera Julián, mi segundo hijo.
Fue hace unos pocos días y todavía siento en el cuerpo la intensidad de ese insomnio.

Algo se está por producir y aunque sabés que la gente nace, te parece casi imposible que lo vayas a lograr. Yo estaba al lado de Guada cuando el obstetra me avisó, y vi emerger la cabeza de Julián del fango del vientre, una cabeza grande y sucia de placenta y excrementos, como la cara de Willard, encarnado en Martin Sheen cuando sale del Mekong para ir a asesinar al Coronel Kurzt.
Con la bestia bebé ya higienizada y vacunada por los neonatólogos, pensé en Antonio Cisneros, el grandísimo poeta peruano que fue un buen amigo y que, para mí, escribió –entre muchos grandes poemas– unos dedicados a su hijo recién nacido que nunca pude olvidar, fuera yo padre o no.
Como muchos de los poemas de Cisneros, éste es de versos largos, prosaicos. Y tiene el tono del hombre de voz de whisky que habla por las noches mientras entra en la vigilia de los vivos. “Oh tu líquida y redonda habitación: la cómoda, la bien dispuesta, la armoniosa.

Y de pronto en el aire de las cuatro estaciones y los dioses: que los dioses te sean propicios”.
Empieza el poema que tiene un largo título: Un soneto donde digo que mi hijo está muy lejos hace ya más de un año”. Siempre me gustó esos adjetivos para la pieza del hijo “tu líquida y redonda habitación”.

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El vientre de la madre, claro, pero el efecto para mí era todavía más poderoso cuando pensaba que el hijo tenía un cuarto, en la casa paterna, con esas propiedades.
Y después describe que el niño estaba exhibido en una incubadora y la forma en que salieron de la clínica y las cosas prosaicas de la vida cotidiana con un crío de allá para acá.

Pero en un momento, promediando el poema, sin importarle mucho, parafrasea unas imágenes de su amado Robert Lowell y logra otro gran momento: “El viento soplaba y resoplaba sobre ti, nuestro recién nacido, cáscara de plátano donde pastan las moscas”.