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Mano amiga

A una le presentan a alguien y una le da la mano y se alegra de haber adquirido otro amigo.

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A una le presentan a alguien y una le da la mano y se alegra de haber adquirido otro amigo. Y tengo además un amigo sumamente culto que es especialista en cosas nimias como le digo yo y él se ofende, o dice que se ofende. Este, el de las cosas nimias, sostiene que estrechar mano es algo sumamente desagradable. Qué hay, le pregunto yo, ¿te dan miedo los microbios? (acordándome de eso de que las partes más sucias o digamos menos limpias para no ofender, del cuerpo, son las manos y la boca). Pero él dice que no, pero que (ya dije que es culto, cultísimo) no puede dejar de pensar, de recordar, que estrechar la mano del otro es, era, algo que se hace, se hacía, para evitar que el otro te clavara rápidamente la espada o la faca o lo que fuera punta y filo, en tu pobre corazón. Gente desconfiada, no me diga usted que no, estimado señor. Pero yo, que no soy culta ni desconfiada me alegro de darle la mano a alguien y considerar que ese alguien se lo merece por amigo o por probable amigo. Y sin embargo, ¡ah, sin embargo!, lo que dice mi amigo es cierto. Fue un acto de defensa: te agarro de la mano para que no saques el puñal y ¡zácate! me lo hundas en el tercer espacio intercostal, tomá, qué te creés. Una lástima, vea, querida señora. Ahora, si quiere usted mi consejo (y si no lo quiere, paciencia: se lo va a tener que aguantar), hay que olvidarse de esas historias nimias o no, y alegrarse de la mano tendida, que además de hacernos pensar en el corazón herido, nos recuerda que hemos adquirido otro, aleluya, venga esa mano.