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Me pregunto por qué razón, al ver las imágenes televisivas de la interpelación parlamentaria a Mark Zuckerberg, me he puesto tan fuertemente de su lado.

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Me pregunto por qué razón, al ver las imágenes televisivas de la interpelación parlamentaria a Mark Zuckerberg, me he puesto tan fuertemente de su lado. No ha de ser porque su nombre me hace pensar en Marcos Zuker (excepto para los nominalistas, esto no es más que un detalle menor), ni ha de ser por admiración personal (vi la película que hicieron sobre él, es cierto, pero a poco de salir del cine, y tal como suele pasarme, me la olvidé).

Es porque me cuesta mucho cultivar amistades y es porque me cuesta mucho hablar de mis cosas que no tengo Facebook; pero no estoy en contra ni mucho menos (no es como suponen algunos fanáticos de las redes sociales, que el que no está en ellas es porque se opone). Al que alguna vez anunció en Facebook que me iba a pegar en las costillas porque no adhiero al proyecto de país de Daniel Scioli no le guardo ningún rencor; y en definitiva, Mark Zuckerberg no es responsable de lo que pueda tipear un violento en su plataforma (como no lo sería Graham Bell, de haberlo expresado por teléfono; ni lo sería tampoco Morse, de haberlo expresado con puros puntos y rayas).

Creo que me puse de parte de Mark Zuckerberg ante el tonito de aleccionamiento moral con que le hablaron algunos legisladores estadounidenses. Sé bien que violó una regla sagrada: la del respeto a la privacidad. El efecto es el de lo obsceno: aspectos de las vidas privadas que se vuelven asuntos públicos. Ahora bien, ¿no se supone que es en eso, precisamente en eso, donde radica la profunda transformación que las nuevas tecnologías están produciendo? ¿No se supone que es precisamente esa partición, la que escinde lo privado y lo público, la que se está reformulando, la que está asumiendo nuevos parámetros?

De las vidas privadas, por otra parte, se habla todo el tiempo en los medios públicos tradicionales: las radios, los diarios, la televisión. Aquí se trató de otra cosa: lo que Mark Zuckerberg dejó saber, o dio a saber, fueron datos que revelaban las preferencias de consumo (para interés de ciertas empresas) y las inclinaciones ideológicas (para interés de ciertas fuerzas políticas) de unas cuantas toneladas de personas. ¿Eso está mal? Eso está mal, sí. Esa información, siendo personal, y debiendo quedar protegida, no pertenece, de todas formas, al orden de la intimidad stricto sensu, sino a la esfera de lo que la gente compra y a la esfera de lo que la gente vota. Siendo prácticas personales, y debiendo quedar protegidas, no remiten, empero, a la alcoba, a los lechos, a las sábanas, como tantas veces pasa; sino al mercado y a la polis.

¿Y si fuera eso lo que Mark Zuckerberg afectó, y por eso perturba tanto? Lo obsceno que puede haber en la pasión consumista como tal; lo obscenos que pueden llegar a ser una elección, un candidato, un presidente.



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