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Nuevos lectores, los mismos escritores

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Cada año, cuando llega esta época, buena parte de los editores que conozco están un poco más nerviosos que de costumbre. Durante veinte días, la Feria del Libro organiza sus tiempos, los consume, los moviliza y los agota. Es entendible: en estas pocas semanas venderán, probablemente, la misma cantidad de libros que durante todo el año. Dije editores, no libreros ni escritores. Los libreros miran la feria con desconfianza. Es el momento de las ganancias netas para las editoriales, cuando desaparece el intermediario entre el productor y el comprador de libros, que suele quedarse con un porcentaje de la transacción que va del 35 al 50 por ciento. Los libreros deben contentarse con la cláusula que impide que el precio de los libros dentro de la feria sea menor que el de las librerías. Para la mayoría de los escritores, los críticos, los periodistas culturales y los lectores conspicuos, la feria es algo que produce, en general, cierta indiferencia: ¿qué interés puede tener para alguien habituado al trato constante y perdurable con los libros ese espacio agobiante inyectado de luces, metales, alfombras, promotores, folletería, ruidos y familias enteras que atestan los stands, locales y pasillos en busca de su dosis de lectura anual?

Por mi parte, no suelo ir a la feria como no suelo ir a casi ningún lado, salvo para ocasiones muy específicas. Soy parte del jurado del premio que se otorga al libro más sobresaliente del año anterior, que se delibera y elige horas antes de la inauguración, cuando el predio de La Rural es todavía un inmenso espacio fantasmal y palpitante: todo está limpio y lustroso, y la energía contenida de lo inminente es algo palpable. (Dicho sea de paso, este año la premiada fue Hebe Uhart, por la edición de sus Relatos reunidos). Pero este año me tocará también participar, el lunes 2 de mayo, de una mesa titulada “Los narradores y las nuevas tecnologías”, junto a los escritores Luis García Jambrina, Hernán Ronsino y Juan Terranova.

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Me imagino que por nuevas tecnologías la gente que organizó la mesa se refiere a las redes sociales y otras formas de comunicación, información y producción textual, como blogs, Twitter y Facebook. De las tres plataformas mencionadas, desconozco la utilidad (y me producen cierto pavor) de las dos últimas. No veo una clara relación entre escritura literaria y redes sociales, a las que tiendo a pensar meramente como nuevas formas de distracción (con sus virtudes y defectos). Terranova, siempre más permeable a estas cuestiones, escribió hace poco en un artículo: “Cada avance tecnológico genera nuevos soportes y cada soporte produce nuevos géneros y a su vez los géneros transforman o educan lectores (…) Las diferentes formas de la Reacción ven en las nuevas tecnologías, en sus géneros y soportes, una amenaza al statu quo. Los creadores menos conservadores las reciben como una posibilidad de ampliar sus horizontes creativos, de llegar a más lectores, de instalar su producto en el mercado y de hacer oír su voz política”.

No quisiera sonar precisamente conservador, pero siempre estuvo claro que para escribir algo que valga la pena no hace falta más que papel y lápiz. Ni máquinas, ni programas, ni computadoras. Más interesante sería pensar en cómo Internet y las redes sociales modifican la experiencia del lector, su disfrute, su nivel de concentración, su capacidad de establecer múltiples relaciones intelectuales a un tiempo. Los escritores probablemente sigan siendo los mismos, no así los meros lectores de textos. Como siempre: respuestas pocas, preguntas muchas.