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COLUMNISTAS / falsificaciones
viernes 8 junio, 2018

Originales y copias

Revisando papeles viejos encuentro un texto que me envió Claudio Barragán. En su momento creí que la discreción lo obligaba a inventar un filósofo coreano y un título para justificar una afirmación.

por Daniel Guebel

Portal Perfil.com Foto: Perfil.com

Revisando papeles viejos encuentro un texto que me envió Claudio Barragán. En su momento creí que la discreción lo obligaba a inventar un filósofo coreano y un título para justificar una afirmación. Tiempo después me enteré de que Byung-Chul Han y su Shanzhai existían. La cita es esta:

“Cuando un falsificador toma prestado un cuadro de una colección y al devolverlo no entrega el original sino una copia, no estamos ante un engaño: cada uno tiene el cuadro que se merece. No es la capacidad adquisitiva sino el conocimiento lo que legitima la posesión del cuadro. Si alguien es tan crédulo para comprar y disfrutar de falsificaciones, ¿por qué arruinar las ilusiones de ese pobre hombre?”.

¿Por qué me había parecido un apócrifo? Primero, por lo inverosímil de la operación referida. ¿Quién, dueño de una colección privada, prestaría un cuadro? Claro que podría pensarse que la expresión “tomar prestado” era pasible de ser interpretada como una traducción eufemística de robo. Eso ya resultaba más creíble. De todos modos, el texto decía “al devolverlo”, lo que suponía no la sustitución fraudulenta sino la restitución legítima, solo que dilatada en el tiempo.

Luego, el texto se complicaba al hablar de quien se presume adquirió el cuadro que luego habría de prestar. Byung-Chun Han propone que si el defraudado prestador se contenta con la sustitución, en la satisfecha delectación que no distingue original de copia está su premio y no habría que desasnarlo al respecto. Pero la formulación es confusa, porque el párrafo habla de “comprar y disfrutar de falsificaciones”, cuando previamente nos informa que compró un original y luego de su generoso préstamo le fue entregada una copia. ¿Entonces?

Desde mi punto de vista, el burlado resulta en realidad un burlador, porque la falsificación que ahora obra en su poder ha sido producida por un artista lo suficientemente hábil para renunciar a los poderes del original y cargar en cambio de nuevos sentidos a su copia. En cambio, la obra original no es más que una mera pintura como cualquier otra.


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