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Postales de Nueva York

Dejo atrás Buenos Aires una vez más, con un sentimiento contradictorio. Veo videos en Internet de la segunda tormenta en menos de una semana y los trenes desatan tsunamis en las vías de Palermo, los autos flotan como troncos, todo se vuelve caos irremediablemente, y me pregunto, como lo habrán hecho muchos, cómo puede ser que una ciudad como ésta deba seguir sufriendo los mismos problemas durante décadas.

Tomas150
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Dejo atrás Buenos Aires una vez más, con un sentimiento contradictorio. Veo videos en Internet de la segunda tormenta en menos de una semana y los trenes desatan tsunamis en las vías de Palermo, los autos flotan como troncos, todo se vuelve caos irremediablemente, y me pregunto, como lo habrán hecho muchos, cómo puede ser que una ciudad como ésta deba seguir sufriendo los mismos problemas durante décadas. Y llego a Nueva York. Y al segundo día acá comienza a nevar (los inviernos, como los veranos en Buenos Aires, son cada vez más largos y pueden durar hasta cinco meses), y al tercer día la ciudad colapsa: los subtes dejan de funcionar, las clases en las universidades se suspenden, la gente que vive fuera de Manhattan debe caminar con la nieve hasta las rodillas para llegar a su trabajo, los aeropuertos cierran. ¡Quizá estemos mucho más cerca del Primer Mundo de lo que siempre pensamos!

¿Qué decir de Nueva York que no se haya dicho ya, cómo escribir algo que no haya sido escrito, cómo escapar a los lugares comunes? Precisamente no intentándolo. No hay nada nuevo que pueda decirse, eso es todo. El Central Park es un prodigio de la naturaleza en el medio de la gran ciudad, hay que comer bagels y hamburguesas, hay que caminar como hormigas en medio de una ciudad que (ésta sí, como Buenos Aires en el pasado) parece no descansar nunca. La gente va y viene y trabaja diez horas por día para sobrevivir y consume, a pesar de la crisis (que es notoria), porque básicamente es un sitio diseñado para eso, para el consumo: de comidas y bebidas, de ropa, de lo que a uno se le pueda ocurrir. Por momentos Manhattan deslumbra, y segundos después puede parecer la ciudad más vacía y estúpida del mundo. ¿Detrás de qué corre la gente que corre y atropella por las calles? Pero todo puede ser peor. Y la nueva campaña publicitaria de Diesel (una de las marcas de jeans más exclusivas del mundo) parece querer contribuir un poco más al hundimiento de la especie humana. Los afiches y carteles están por todos lados, uno no puede dejar de verlos aunque quiera. Dicen cosas como ésta: “La gente inteligente puede tener el cerebro, pero los estúpidos tienen las pelotas”; “Los inteligentes critican. Los estúpidos crean”. Y por todos lados el llamado, la imposición, la guía craneada por los publicitarios de Diesel (¿cuánto habrán cobrado por una idea tan, cómo decirlo, poco inteligente?) que reclama en colores chillones: “Sé estúpido”. Como si hiciera falta.

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Menos mal que están los museos, esos refugios para las nevadas. Cada tanto, hay algo ahí que vale la pena ver. Y desde el 22 de noviembre pasado, y hasta el 26 de abril, el MoMA exhibe la primera gran retrospectiva sobre Tim Burton. Dibujos, bocetos, pinturas, storyboards, papeles personales, muñecos. Ya se escribió, también, suficiente sobre la muestra, que vale la pena, sobre todo, como aliciente para los jóvenes artistas, para los que no creen que haya que ser estúpido para crear: ahí, en sus primeros bocetos, en las cartas que Burton le escribe a los ejecutivos de la Disney casi implorando que se tomen un minuto para ver sus trabajos, queda claro que su camino fue largo y arduo. Y que más que la estupidez, es la voluntad y la perseverancia, la persistencia incluso en el error, lo que hace verdaderamente único a un artista.
*Desde Nueva York.