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COLUMNISTAS / aplicaciones HUMANizadas
sábado 11 agosto, 2018

¿Quimera imposible o duelo de titanes?

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por Alejandra Litterio

default Foto: CEDOC

En tiempos de la evolución de las máquinas y de la monetización “virtual” de la especie surge un nuevo interrogante: ¿es la tecnología la extensión de lo que somos y lo que hacemos o estamos iniciando el camino a la metamorfosis donde los seres humanos se mimetizan con los algoritmos inteligentes? En definitiva: ¿somos un algoritmo humano?
No hay una única respuesta. Desde el enfoque filosófico implica un cambio de paradigma que nos llevaría a pensarlo como el fruto de un ejercicio mimético. En un sentido biológico nos recordaría la teorización sobre la morfogénesis planteada por Turing. En la mitología, la Quimera, una forma híbrida derrotada por Belerefonte o en la Divina Comedia, magistralmente revelada por Dante, la meta última del ser más allá de lo humano.
Lo cierto es que los “gigantes tecnológicos” se enfrentan en un duelo de titanes por la virtualización de la condición humana: materia prima fuente creadora y consumidora de la experiencia interfaz-hombre-máquina. Ahora bien, ¿estamos, en definitiva, siendo “programados” o transformados en “robots” controlados por nuestros propios algoritmos? Todo indicaría que sí.
Existen indicios en publicaciones recientes que reflexionan sobre el hecho de que  la evolución de la inteligencia artificial ha dado origen a una nueva clase de “entes creadores”, quienes conciben al humano como una interfaz a la cual conectarse: una API (del inglés Application Programming Interface) humana. Somos así el producto mismo de lo que consumimos, una interfaz, un meme en el sentido acuñado por Richard Dawkins en la teoría de la difusión cultural.
Según los expertos las diversas API’s humanas están en estrecha interrelación. Hay una intencionalidad primigenia: captar la atención del humano a través de la creación de contenido “motivado” de acuerdo a los intereses del receptor, una fuente inagotable de recursos para quienes monetizan nuestra sensibilidad, nuestros deseos, nuestra identidad. Todo esto es solo el inicio de nuestra metamorfosis como entidades algorítmicas.  Captar la atención del humano no es suficiente en el camino de la conversión. Una vez que el humano es “capturado” por su propio ser algorítmico es necesario ejercer algún tipo de control, de ahí la necesidad de establecer un vínculo emocional que sea difícil de romper.  De esta manera el humano se convierte en esclavo de su propia creación. Ya se ha generado una dependencia hacia una entidad que adquiere una forma humanizada y que tiene una finalidad propia: activar una cadena de reacciones neuronales, un motor inagotable de algoritmos “humanos”.
Además en toda esta composición hay otra variante de API humana que se nutre de nuestras preferencias e incluso nuestro ADN, una fuente invaluable para quienes emplean diferentes estrategias que nos “invitan a compartir” las experiencias de vida a través de incentivos reales o virtuales ‒sea el dinero, la fama o la aceptación social. El hecho de ser “recompensado” o la sensación de “pertenencia” se constituyen en facilitadores de estas formas inteligentes que imitan  o simulan la realidad, codificándola.  
Y mientras que en la visión de algunos la API Humana, se parece a una Quimera, un monstruo que solo trae temor, para otros es “una promesa del hombre permaneciendo hombre, pero trascendiéndose a sí mismo, a través de la realización de las nuevas posibilidades de y para su naturaleza humana” (Huxley, 1957) y por qué no, finalmente, un duelo de titanes.

*Máster en Análisis del Discurso.


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