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Remedio antidistopías

Ana Laura Diedrichs, Jorge Dotto, Micaela Mantegna, Alejandro Biondi, Bárbara Tomadoni, Diego Fernández Slezack, Jennifer Dahlgren, David Trejo Pizzo,Luciana Larocca y Joan Cwaik: la Asamblea del Futuro de Editorial Perfil.
Ana Laura Diedrichs, Jorge Dotto, Micaela Mantegna, Alejandro Biondi, Bárbara Tomadoni, Diego Fernández Slezack, Jennifer Dahlgren, David Trejo Pizzo,Luciana Larocca y Joan Cwaik: la Asamblea del Futuro de Editorial Perfil. | Cedoc Perfil

Dos distopías igualmente aterradoras se adueñan de los pensamientos de no pocos argentinos. Cuando se regrese plenamente a la nueva normalidad y la lucha contra el coronavirus no sea el principal problema, la crisis económica será de tal magnitud que se producirán hechos de violencia y saqueos iguales o peores a los de finales de 2001. Los incendios y actos de vandalismo y destrucción que hoy se producen en algunos estados con mayor población de negros en los Estados Unidos no solo es un problema racial. Al igual que con Kosteki y Santillán en 2002, que la policía haya asesinado a un manifestante negro es apenas la mecha que activó una bomba gestada por causas que tienen mucho más que ver con la economía y la pobreza: los negros, y también los latinos e inmigrantes, son quienes más están sufriendo las muertes por coronavirus y quienes más sufren el deterioro económico que genera la recesión del parate.

Es la directora del diario Financial Times en Estados Unidos, Gillian Tett, una de las voces más escuchadas en Wall Street, y no un líder de izquierda quien en el reportaje largo de esta edición (ver página 38) dice: “Hay una demanda en Estados Unidos para que los trabajadores ocasionales obtengan mejores beneficios después del coronavirus. El Banco Mundial y el FMI reconsideran sus operaciones. En general, habrá discusiones sobre equidad, responsabilidad social, inclusión laboral y reforma de la asistencia sanitaria. Si eso lleva a un intento de abordar las reformas de política de manera coordinada, podríamos pensar en un mundo mejor. Pero también hay que considerar que lo que sucede es que la ira y el dolor que se han desatado después del shock económico pueden alimentar una mayor polarización. Será un período peligroso y las cosas pueden volverse más negativas. Estamos viendo un creciente proteccionismo, una creciente xenofobia, una creciente sensación de desigualdad entre ricos y pobres. El Covid-19 no afectó de igual manera a las personas: golpeó mucho a los pobres y creó resentimiento. Y si ese conjunto de ira aumenta, podría ser mucho peor. Cuando salgamos de la crisis nos enfrentaremos a una economía mala, pero también a una enorme carga de deuda, particularmente en Occidente. La deuda obligará a los gobiernos a elegir quién va a pagar esa deuda y cómo. Espero lo mejor pero también soy consciente de los riesgos de lo peor”.

La otra distopía es que, como los países desarrollados podrían calmar a sus poblaciones con nuevas formas de New Deal y la recreación de otras maneras de Estados de bienestar, en la empobrecida Argentina no hay resto y la única forma de no producir ese incendio será consumirnos el stock de capital y ahorro para asistir cada vez más a la creciente cantidad de pobres. Consumirnos el futuro castigando toda forma de generación o stock de riqueza para sobrevivir en el presente nos irá empobreciendo estructuralmente, como le pasó a Venezuela, que alguna vez fue un país rico. La vulgata de esta distopía es por un lado Susana Giménez, quien se fue a residir a Uruguay y tiene “terror de que nos quieran convertir en Venezuela” y por otro Dady Brieva, que dijo: “Si tarde o temprano vamos a ser Venezuela, seamos Venezuela ahora”.

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Frente a ambas distopías aterradoras, el primer remedio es del orden de la voluntad: rebelarse frente a la idea de la inevitabilidad de la decadencia. El segundo remedio es del orden de la razón: lo contrario a la decadencia es el progreso, que tiene como dínamo el conocimiento. Solo el saber –expresado luego en sus múltiples consecuencias, desde el poder hasta la legitimidad pasando por toda forma de producción de valor– crea soberanía, como ya titulé una columna anterior donde se anunció la creación de la Asamblea del Futuro, prometiendo esta semana dar a conocer el nombre y las credenciales de quienes la integrarían. Esto se hizo ayer en PERFIL (https://bit.ly/asambleadelfuturo), lista que vuelve a acompañar esta columna.

Rebelarse a la inevitabilidad de toda forma de miseria, asociando mayoritariamente el error a la ignorancia más que a la maldad, exige incorporar saberes de los otros: “El conocimiento es siempre un proceso dialéctico que precisa del disenso mutuo para producir síntesis y progresar”, escribí ayer ante la censura de la conferencia de Sérgio Moro en la Facultad de Derecho (https://bit.ly/moroenargentina).

La posición antigrieta y positivista que PERFIL siempre defiende puede resultar ingenua. El fundador de la psicología humanista y creador de la famosa pirámide de las necesidades que lleva su nombre y se enseña tanto en Economía como en Sociología, Abraham Maslow, definía esa ingenuidad como una “regresión al servicio del ego” (volver a ser niño). Es decir, hacer como si el mundo fuera bello para para poder embellecerlo.

Asamblea del Futuro, el nuevo espacio de ideas de Editorial Perfil.

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Micaela Mantegna y David Trejo Pizzo, de la Asamblea del Futuro de Editorial Perfil.

Jorge Dotto y Jennifer Dahlgren, de Asamblea del Futuro.

Asamblea del Futuro, el nuevo espacio de ideas de Editorial Perfil.