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Terioesclerosis

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No sé si lo escribí, o pensé en escribirlo y no lo hice, o si escribí y borré. La memoria ya es el recuerdo de que hay algo que fue olvidado. Se trata de una experiencia que es una definición de algo que no termina de saberse. Una vez, hace ya mucho tiempo, yo era chico y tenía la certeza de cierta unidad de la existencia y la perspectiva de un camino asegurado. No puedo recordar tampoco cuál era ese camino, sólo me queda, como un resto, la frase de mi tía Noemí, que auguraba el más luminoso de los futuros: “¡Ay, Dani, tenés un piquito de oro! ¡Cuando seas grande vas a ir al programa de Mirtha Legrand!”. Conclusión: yo sería importante y famoso –si no, ¿cómo iba a sentarme a almorzar en la mesa televisada más importante de la Argentina?–, sin dudas como abogado.
Desde luego, un lector con un mínimo de información puede advertir ahora la dimensión de mi fracaso y, de manera concomitante, el de nuestro país: no soy abogado, prácticamente no hay causa alguna que pueda defender, ya casi no hablo, nunca fui al programa de Mirtha, la Legrand ya no almuerza en cámara, su programa recorrió un arco histórico que fue de las personalidades glamorosas de la cultura (digamos Alcón, Renán, Manucho Mujica Láinez, Silvina Bullrich) y los políticos variados a las estrellas de medio pelo de las telenovelas y los gatos célebres de mucha monta. Pero hablar de fracaso es también una exageración, ya que el incumplimiento de ese destino anticipado se determinó menos por la decadencia cultural-televisiva de la patria que por una experiencia de orden íntimo que me envió por otros caminos del lenguaje y me apartó del rumbo del pico de oro.

Cierta vez, yo tendría entre 4 y 8 años (advertí de ciertos fallos en la memoria y ahora agrego los de la temporalidad), estaba sentado en la tienda de mi abuela Rosa (negocio al frente, casa depósito atrás); era la hora de la cena, o tal vez de la merienda. Sobre el mantel de hule estampado que atraía insectos voladores que luego terminaban adheridos al papel matamoscas había o habría, según el momento: a) café con leche con pan y manteca espolvoreada de azúcar (un manjar insuperable), b) sopa de pollo y arroz, con los cuajarones de grasa del bípedo flotando como islas del Adriático entre las poblaciones de verdura y los tentáculos blancos del huevo hervido, que tiemblan y se sacuden con el calor que viene desde abajo.

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Fuera lo que hubiese, lo que importa es lo que ocurrió.

En determinado momento, no sé por qué, la realidad se astilló. Sin que yo supiera los motivos, advertí, y fue una comprensión fulminante, que cada cosa depositada en la mesa –el salero, la panera, el mantel, la taza del café con leche o el plato sopero–, y no sólo éstas, sino cada cosa que me rodeaba o envolvía (la ropa, las sillas, la mercadería acumulada, las mesas de calle de la confitería San Martín, el edificio municipal, la catedral, las palmeras y los canteros de la plaza, los nombres de las personas, cada pétalo de cada flor y cada estrella del cielo que en las noches oscurecidas precipitaba sus gargajos incendiados sobre los confines del cosmos), es decir, todas y cada una de las cosas que componían lo existente, llevaban un nombre que las definía y las distinguía de las cosas restantes, pero ese nombre era una etiqueta, convencional y contingente, absolutamente modificable, y que el vaso lleno de Refrescola con soda, esa suma en apariencia nada compleja de elementos, escondía una verdad que se hacía evidente, con la catastrófica contundencia de los milagros, y era que el concepto o la función “vaso”, o sea, el objeto que sirve para contener líquidos, podía recibir ese nombre pero cualquier otro en otro idioma o recibir una nueva denominación dentro de la serie de combinaciones incontables que habilitan las 28 letras del alfabeto. (En mis pesadillas del presente, la escena se habilita de la siguiente manera. Mi hermana me señala el vaso y la Refrescola, en señal de que quiere que se lo acerque o le sirva tal vez en su propio vaso, y entonces yo le pregunto: “¿Qwert Yuiop? Ñlkkjfhgueidkm?”)

Un par de décadas más tarde, mientras perdía mi tiempo en la Facultad de Letras (cinco años, cuatro materias aprobadas), volví a aprender lo que había olvidado: que la relación entre significante y significado es arbitraria (Saussure). Quizá sea eso lo que define a un escritor: si los nombres giran en el vacío de la lengua, es la espesura del lenguaje en la que nos extraviamos lo que de nuevo reconstruye, de manera tal vez imaginaria, la unidad de lo real.