COLUMNISTAS
RUMBO A 2015

Transición e incertidumbre

<p>La inflación, el regreso de Cristina y la interna peronista serán gravitantes. El escenario que ilusiona al kirchnerismo.</p>

EMPLEADO  DEL MES Martín Sabbatella
| PABLO TEMES

La política argentina siempre es incierta y lo es aún más en estos días en que se multiplican tanto los factores intervinientes como los actores que toman decisiones, e imprevistamente cambian de un día para el otro el escenario. Con todo, es factible evaluar la situación y las perspectivas si identificamos los procesos más gravitantes, y sus posibles variaciones.
Primero, hay que ver si la economía sigue languideciendo o se estanca del todo. Eso depende en gran medida de que tenga éxito la gestión iniciada disimuladamente por el Ejecutivo tiempo atrás para acordar con los holdouts, el Ciadi y el Club de París, y acceder a algo de crédito con el que emparchar las declinantes reservas del BCRA. Pero también depende de cuánto caigan precios y cantidades de la próxima cosecha (se habla de 8500 millones de dólares menos que este año, mucho más de lo que a los apurones se conseguirá prestado), y si se va a poder cerrar la canilla de la fuga de divisas sin generar más recesión. Un escenario optimista sería, igualmente, bastante mediocre: que el PBI en 2014 crezca 2 o 3% y la inflación no supere el 30%. En el pesimista, el crecimiento sería cero y la inflación bastante más alta. Y se llegaría al 2015 con un humor social de perros.
Segundo, hay que ver cómo evoluciona la salud de Cristina. Se habla de un lapso de recuperación mucho más largo que el antes previsto. Si todo sigue manejándose como hasta aquí en el Ejecutivo, es de esperar que la ausencia y debilidad de la presidente encrespen el internismo y la desorientación de los funcionarios. Ya lo vimos con Randazzo decidiendo “de motu propio” la expropiación del Sarmiento, ninguneando a Boudou y lo peor, a Zannini. Puede interpretarse el caso Sabbatella irrumpiendo en Clarín como otra muestra de esto: cada funcionario defiende su puesto y espacio usando al máximo la licencia de corso recibida, o que puede hacer creer a los demás que ha recibido, desentendiéndose de los conflictos y daños que cause en el resto del gobierno. Un recambio más o menos amplio del gabinete podría resolver en parte este problema, pero también empiojarlo aún más: el fondo de la cuestión es, finalmente, que sin sucesor y sin ministros con poder real, delegar y organizar un equipo va a ser muy difícil, sobre todo si muchos en el propio oficialismo asumen que la gestión está ya de salida.
Tercero, y en directa relación con lo anterior, la creciente autonomía de los protagonistas de la interna peronista. Si las elecciones sirvieron para algo fue para dispersar el poder en el seno del partido oficial. Mostrando que el “pluralismo peronista” va a funcionar en esta transición de forma tan o más plena que en 2003. Y que buena parte de la sociedad está dispuesta a participar de él aun a disgusto, con la expectativa de asegurar una alternancia, cualquiera sea. Cristina enfrentará a este respecto un complejo dilema: puede demorar lo más posible la decisión sobre quién será su candidato y así asegurar por más tiempo que los aspirantes (los todavía atentos a su dedazo) colaboren con ella, aunque así estimule el internismo y cuando finalmente decida tal vez no logre buen resultado. O puede adelantarla y fortalecer el núcleo de fieles en torno a un candidato ya firme, pero corriendo el riesgo de polarizar anticipada y desventajosamente con Massa, alentando a los excluidos y disconformes a alinearse con él. Algo que de momento el grueso del peronismo territorial no tiene pensado hacer: para ese peronismo, la opción más ventajosa es esperar, no cortar puentes con nadie, ofrecer colaboración a cambio de pagos contantes a todas las partes y esperar a que se aclare lo más posible el panorama.
Los resultados de las legislativas han hecho bastante por reforzar esta postura. Y así lo hicieron saber los gobernadores reunidos la semana pasada en San Juan: no plantearon una sola objeción a Massa, ni tampoco permitieron que Capitanich se largara a hacer leña del árbol caído de Scioli, y reiteraron el ritual apoyo a Cristina, con reclamos de cambios incorporado.
Es que al intendente de Tigre le fue bastante mejor de lo esperado (los 12 puntos de diferencia serán difíciles de olvidar). Mientras que en otros cuantos distritos mejoraron las listas oficialistas respecto de las PASO (lo que explica que el FpV a nivel país sumara más de un millón de votos), gracias en gran medida a las campañas más localistas, encaradas con la excusa de la ausencia de Cristina.
Los dos datos parecen contradictorios pero tal vez no lo sean tanto: los votantes premiaron liderazgos locales y autonomía, distancia del poder central. Si a eso sumamos los golpes de provincias y bancas perdidas a manos de radicales, socialistas y demás aliados, y del PRO, se entiende que el balance que haga el peronismo territorial difiera del “aquí no pasó nada” cristinista, tanto porque le conviene destacar su fortaleza, como porque quiere conservarla.
Pesa también en esta búsqueda de autonomía la convicción de que el Gobierno seguirá la línea dura preferida por sus talibanes, por más que busque crédito y prometa competencia en las PASO del 2015.
El cristinismo no está en lo más mínimo en retirada. Menos todavía después del fallo de la Corte a favor de la ley de medios. Con la épica intacta, y una imagen pública de la presidente rondando el 40%, que no hay que esperar los resultados electorales afecten, la tesis de llevar un candidato oficialista duro en las presidenciales, aunque sea para perder, se fortaleció.
En el Ejecutivo imaginan que, con Capitanich o Urribarri rodeado de la crème de la militancia y la bendición de la presidente, se podría sumar un 30% de los votos en primera vuelta y forzar una segunda. Si además se lograra dispersar el voto opositor en mayor medida que en la provincia de Buenos Aires el domingo pasado, tal vez entre a esa segunda vuelta Macri, o mejor aún Cobos, o Carrió. Y entonces el proyecto continuaría.
Y si eso no sucediera, y en la segunda vuelta se perdiera, con cualquiera de ellos o con Massa, igual se conservaría una cuota importante de poder para condicionarlo, mantener dividido al peronismo y, tras cuatro años de pagar los costos de la fiesta, la señora podría volver. Es más que nada una ilusión, claro.
Pero una mínimamente creíble. Y sobre todo la única que puede mantener unida al oficialismo en los próximos dos años.