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Un baile para consumo personal

Ni el Gobierno ni las centrales sindicales amigadas ven el problema principal: la música y los bailes que ponen en peligro a la democracia.

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default Foto:Cedoc

Entro en la productora. Me espera Carla, mi asesora de imagen, furiosa, con cara de querer matarme.

—¡Dos horas tarde! –me recibe a las gritos–. ¿Cómo puede ser? ¿Qué te pensás? ¿Que estoy al pedo?
—Disculpame, la ciudad es un caos –me excuso–. Hay un embotellamiento terrible en el tránsito. ¿Tenés idea de qué pasa?

—¡¿Vos me estás cargando?! –grita Carla y supongo que el grito se debe escuchar a diez cuadras a la redonda–. ¿Cómo que no sabés qué pasa? Encima no leíste un solo diario, ¿no?
—Estuve muy ocupado, tuve que ir a una producción de fotos para una campaña de Greenpeace y…

—¿Greenpeace? –ahora sí, creo que Carla me va a matar–. ¿Vos me estás diciendo que en medio de la mayor protesta sindical contra Macri, en medio de la unidad de todas las centrales obreras, mientras amaga con surgir la bestia negra del Gobierno Nacional, que es la unidad del peronismo, vos estás haciendo una campaña para salvar a las focas bebés?
—No, es que me llamaron de Greenpeace por una campaña… no sé muy bien sobre qué era, pero nada que ver con las focas bebés. Es más, creo que más que focas había gente involucrada.

—¡Claro, salame! –Carla sigue enfurecida, aunque ahora es por mi ignorancia, creo que hasta se olvidó de que llegué tarde–. Lo que pasa es que el Gobierno metió presos a unos militantes de Greenpeace que protestaban en la plaza.
—¿Qué Gobierno? ¿El de Rusia? ¿El de China? ¿El de Corea del Norte? ¿Y en qué plaza? ¿Plaza Roja? ¿Plaza Tiananmen?

—¡No, acá, en Plaza de Mayo! La Policía Federal detuvo a 35 activistas de Greenpeace que protestaban contra la contaminación de una mina en San Juan.
—Bueno, supongo que entonces habré colaborado con una buena causa, ¿no? –me consuelo–. Lo que pasa es que me mostraron las fotos de gente con máquinas perforando la montaña y me confundí.

—¿Con qué te confundiste?
—Pensé que eran las perforaciones en Santa Cruz, de la gente que está buscando las bóvedas de Lázaro Báez.

—Ah, el Patagonian Western… Al menos hay que reconocer que es mucho más divertido eso que ver a Fariña desfilando por tribunales.
—Bueno, depende –digo.

—¿Depende de qué? –pregunta Carla.
—De si te gustan más las de cowboys o las de abogados.

—Igual no creo que a Lázaro lo condenen por mucho tiempo –agrega Carla–. No cometió un delito tan importante.
—¿Cómo que no? –ahora soy yo el que se enoja–. ¿Te parece poco haberse enriquecido de manera alevosa con plata del Estado?

—No, poco no –admite Carla, por primera vez un poco más tranquila–. Pero sigue siendo un delito menor al lado de otros mucho más jodidos.
—¿Como cuáles?

—Un aborto espontáneo –dice–. Por eso le dieron ocho años de cárcel a Belén, una chica de 25 años en Tucumán.
—Sí, claro, y ése sí que es un delito mayor –reconozco–. Al lado de eso, tener bóvedas con billetes o sociedades offshore no declaradas, es una pavada.

—¿Ya tenés material para tu columna? –pregunta Carla.
—No, todavía no –respondo.

—Podés poner que el Gobierno está asediado por la unidad del peronismo y justo cuando lo están por derrotar, llega alguien para salvarlo y permitirle seguir adelante con un gran consenso social.
—¿Y ese alguien quién sería?

—Cristina, obvio –responde Carla–. O más bien “SuperCristina”.
—No está mal. Pero hay mucha gente en la calle y quiero esperar a ver qué pasa con esta protesta sindical.

—Nada, ¿qué va a pasar?
—¿Cómo “qué va a pasar”? –me enojo–. Me decís que se juntan todas las centrales sindicales y…

—… todas no –interrumpe Carla.
—Pero si me dijiste que sí y…

—… pero a último momento se bajó Luis Barrionuevo. No sólo eso: dijo que el domingo va a ir a comer un locro con Macri.
—Hay que dejar de comer locro por dos años –digo.

—Es raro, porque Barrionuevo se bajó de la protesta pero su mujer, Graciela Camaño, sí participó y votó a favor de la ley antidespidos.
—Me pregunto cómo harán para convivir con posiciones políticas tan distintas. ¿Cómo harán?
Carla me mira a los ojos en silencio unos segundos con cara de incredulidad.

—¿Vos me estás cargando? –pregunta, finalmente–. ¿Y por casa cómo andamos?
—No, es cierto –digo–. Me imagino cómo hacen.

—Bueno, dale, terminemos con el material para tu columna que me quiero ir a casa. No me siento bien, me parece que me estoy por engripar.
—Deberías tomar un ibuprofeno o algo así. ¿No probaste con la vacuna?

—No, es imposible –responde Carla–. No se puede luchar contra la gripe.
—¿Por qué? –pregunto.

—Porque el virus es muy chiquito. Imaginate, si Michetti dijo que no se puede luchar contra la droga porque la pastilla es muy chiquita, imaginate lo que será con la gripe. A la pastilla por lo menos la ves, pero el virus de la gripe es microscópico.
—Bueno, dale, terminemos esto y te vas. ¿Qué te parece si relajamos un poco y laburamos tranquilos? Te hago un té, pongo algo de música…

—¿Estás loco?
—¿Por qué? Un té te va a hacer bien y…

—… sí, pero la música está prohibida –dice Carla–. ¿O no te enteraste del fallo del juez Gallardo?
—No, ¿qué dice?

—Que se prohíbe en Buenos Aires “toda actividad comercial de baile con música en vivo o música grabada, cualquiera resulte la forma jurídica o categoría habilitatoria bajo la cual la misma se estuviere ejecutando”.
—Pero eso es para locales bailables, ¿no?

—Sí, pero, ¿qué es lo que hace que un local sea bailable? Ponele, esta productora está en un local, ¿no?
—Sí.

—Y ponele que vos ponés música ahora y te da por ponerte a bailar.
—Sí.

—Bueno, estarías violando la ley.
—¿O sea que me tengo que quedar quieto? –pregunto.

—Sí.
—¿Ni siquiera puedo mover la patita o seguir el ritmo con las manos?

—No, porque eso sería violar la ley –dice Carla–. Aunque me gustaría ver cómo define “baile” el Código Civil.
—¿Y todo esto es para combatir la droga?

—¡Por supuesto! Porque la droga y el delito están en los bailes.
—¿Y dónde puede ir uno a divertirse? –pregunto.

—A lugares de sano esparcimiento –responde Carla–. Como el fútbol, por ejemplo. Ahí no tenés ni droga, ni violencia ni delitos. Por eso no lo prohíben.
—Ah, ya entiendo. Me parece que el domingo voy a ir a la cancha, entonces.

—Me parece muy bien –dice Carla–. Si querés divertirse sanamente es lo mejor. Eso sí, tené algo en cuenta.
—¿Qué?
—En la tribuna ni se te ocurra ponerte a bailar.


pmarchetti


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