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COLUMNISTAS / debate
domingo 4 marzo, 2018

Una mujer es una vida

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por Sergio Sinay

Drama. El aborto no es un capricho y es tan doloroso que requiere comprensión. Foto: shutterstock
Cuántos hombres mueren cada año por causa de abortos clandestinos? ¿Y cuántos hombres son internados en hospitales públicos por la misma razón? La pregunta parece absurda y la respuesta es obvia. Ninguno. Las que mueren o resultan internadas son mujeres. Porque los abortos se producen en los cuerpos de ellas. No es una experiencia deseada ni elegida, sino traumática (física, psíquica y emocionalmente) y dolorosa. Deja huellas, a veces más visibles y sensibles, otras más sutiles o soterradas. Y siempre intransferibles. Por lo tanto, hay una cuestión elemental de empatía que exige cuidado y respeto antes de disparar condenas, diatribas morales y usos políticos sobre este tema.

Sostener que se “defiende la vida” permite ponerse trajes de probidad e inflar el pecho, pero se trata de una consigna con un lado muy oscuro, que tiene algo de falacia. Porque las mujeres que mueren por estos abortos, que la ley prohíbe realizar en condiciones seguras y humanas, vivían. Tenían sueños, proyectos, amores, dolores, esperanzas, frustraciones. Todo lo que hay en una vida. ¿Consideran esto quienes “defienden la vida”? ¿O existe acaso un protocolo que permite decidir qué es una vida y qué no lo es? Y que convierte a quienes deciden en jueces de situaciones por las que no pasaron, angustias que no vivieron, sufrimientos que no experimentaron y frente a los cuales, por esas mismas razones, sería bueno callar y respetar.

El aborto es un drama humano. No es un capricho, y su decisión no es una cuestión de gustos. Tampoco es (y lo dijo con una claridad que se agradece el ministro de Ciencia y Tecnología, Lino Barañao) un método anticonceptivo. Se trata de una cuestión moral. Y moral y moralismo no son la misma cosa. Como decía Albert Camus, el moralista es el que dice lo que deben hacer o dejar de hacer los otros. Y el moralismo viene infectando gravemente este tema.

En una cultura machista, que hipócritamente suele disfrazarse de biempensante, resulta casi lógico que las casi 300 mujeres que mueren en el país por abortos clandestinos (según estadísticas, a eso sumemos las que no llegan a ellas) no sean consideradas como seres humanos, como vidas. Como si ser mujer fuera ser una cosa. Criatura de una especie menor. Algo así funciona también en la cabeza de femicidas, violadores y abusadores. Y como el machismo es una cuestión de género, pero no de sexo, muchas mujeres (varias de ellas en lugares de influencia y de poder) se suman a esta mirada impiadosa, a esta indiferencia asombrosa ante la dolorosa peripecia de las “otras”. Ni hablar de los hombres (poderosos o no, influyentes o no) que juzgan y condenan sobre algo que, tienen garantía biológica, a ellos jamás les ocurrirá. No en sus cuerpos.

Si bien el aborto ocurre en el cuerpo de la mujer, para la concepción se necesita también de un varón. Por lo tanto, este tema compete a ambos sexos. No es cosa de mujeres ni, mucho menos, de mujeres “asesinas”. Cuando hay piedad, compasión, comprensión y empatía, no solo se abre el corazón, sino también la mirada y la mente. Entonces es posible comprender que, en muchísimos casos (muchos más de los que se cree, se sabe y se acepta), la que aborta es la pareja. Siempre el cuerpo lo pone la mujer. Aunque algunos hombres pondrían el propio, si fuera posible, pero la biología lo impide. Sin embargo, el dolor y la memoria del sufrimiento es, en esos casos, de ambos. Una realidad inadmisible para la intolerancia y el machismo campantes y reinantes.
El tema del aborto es tan doloroso, requiere tanta comprensión e inteligencia emocional, que resulta deplorable su uso de manera oportunista con fines políticos. O para cambiar la agenda cuando los vientos vienen desfavorables porque la economía no arranca, las hinchadas putean, hay conflictos de intereses o empieza a hacer olas el mar social. En el juego político vale todo y si pasa, pasa. No es solo cuestión de este gobierno (autoproclamado gestor de una nueva cultura que, como la economía, no despega). Pero tiene que haber un límite. Para todos.

*Periodista y escritor.

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