COLUMNISTAS
LEAlTAD Y TRAICION

Valores negociables

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La lealtad y la traición son conceptos contrapuestos. Usualmente, el primer término es interpretado como una virtud. El segundo, en tanto, remite a una acusación funesta ante un comportamiento éticamente reprochable. En el peronismo, sin embargo, estas palabras tienen una dimensión política equivalente, una vigencia que define desde hace más de setenta años su génesis y praxis.
En este dispositivo binario persiste una cosmovisión: la derrota tiene culpables (o traidores) antes que causas derivadas de los errores de conducción.
 Desde la ciencia política, sin embargo, Denis Jeambar e Yves Roucaute, en Elogio de la traición, plantean la naturalidad de la defección política. En tal sentido, la fractura parlamentaria del Frente para la Victoria constituye un eslabón lógico en el intento de preservación del movimiento.
Pero también está la clave histórica: un sector del justicialismo pretende expulsar al otro de la Plaza, sólo que esta vez ninguna de las partes gobierna. Mientras tanto, por encima de los cruces intramuros, el kirchnerismo corre, inexorablemente, la misma suerte que marcó las experiencias personalistas: dejar el poder garantiza el certificado de defunción.
Así las cosas, más allá de las intensiones de Sergio Massa, la proyección de Juan Manuel Urtubey y la supuesta habilidad del gobierno nacional para entrar a jugar en una interna que no le pertenece, el Partido Justicialista vive un momento singular: por primera vez desde 1983 el aparato partidario no tiene un líder definido.
Como se sabe, antes del retorno de la democracia, desde los resabios del isabelismo, Italo Lúder fue la figura central. A su turno, lo mismo pasó con Carlos Menem, Eduardo Duhalde y el matrimonio Kirchner.
Por estas horas, en cambio, no aparece un referente capaz de aglutinar voluntades. De alguna manera, frente a la dimensión de la derrota, se cristalizan las nocivas consecuencias de la verticalidad: ausencia de autocrítica y abulia dirigencial.
Recostado sobre la territorialidad que aseguran los gobernadores, la próxima versión del PJ enfrentará un desafío metodológico y cultural. Por un lado, dejar de lado las prácticas que hermanan el accionar político de los dirigentes con la desestabilización y la teoría del caos.
Por otra parte, saber campear el temporal que supone no dominar la escena ni contar con la aceptación ciudadana mayoritaria.
En otras palabras: deberá aprender a ser oposición frente a un gobierno que, con visibles errores y algunos aciertos, toma decisiones sin titubear.
En esta realidad innegable hay, además, una necesidad bifronte: elaborar un discurso razonablemente antagonista frente al Gobierno y, al mismo tiempo, apaciguar los ánimos, desterrando la virulenta impronta que en su momento impuso Cristina Fernández. La sobrevivencia del PJ supone dejar de lado la estrategia de la confrontación, apostando a la moderación. Mientras ese proceso sigue su marcha, a fuerza de hechos, el justicialismo tomó nota: Mauricio Macri no es Fernando de la Rúa; Cambiemos no repite la experiencia endeble y dubitativa de la Alianza.
Para el peronismo, la lealtad y la traición son patentes de ocasión, valores negociables en función de la cohesión que asegura el poder o la fragmentación que deviene de la derrota. En este mecanismo nadie da la vida por el perdedor. Es previsible.
Como en la guerra, en política para vencer hay que prescindir de los caídos y seguir adelante. “No hay peronismo sin traición”, escribió alguna vez Jorge Fernández Díaz en La Nación.
Siguiendo este razonamiento, entonces, surge lo evidente: la lealtad es el distintivo de los ganadores, un honor que se conserva a fuerza de victorias electorales. Así fue siempre. Y el kirchnerismo no es la excepción a la regla.

*Licenciado en Comunicación Social (UNLP) Miembro del Club Político Argentino.

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