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COLUMNISTAS / PROMESAS VS. REALIDADES
domingo 13 mayo, 2018

Y, sobre todo, déficit de confianza

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por Sergio Sinay

Siga el baile. “El Presidente al asumir prometió hablar siempre con la verdad”. Foto: Cedoc Perfil

En El 8º hábito, el último de los libros que publicó antes de su fallecimiento, Stephen Covey (1932-2012), ensayista y conferencista que impulsó transformaciones en la vida de personas y organizaciones, cuenta que fue convocado por un banco para investigar el motivo por el cual el personal, a pesar de los esfuerzos para revertirlo, se veía desmotivado y desmoralizado. Durante un par de meses buscó las causas, organizó talleres y no obtuvo frutos. Continuaba el clima de descreimiento, sospecha y desconfianza. Tras una serie de conversaciones informales dio en la tecla. El presidente del banco, un hombre casado, mantenía relaciones con una empleada y todo el personal lo sabía. ¿Cómo creerle a alguien que les hablaba de principios y valores mientras su conducta lo desmentía? Covey encaró al hombre y le planteó la situación. El tipo se desarmó. El consultor le preguntó si el amantazgo continuaba y el presidente juró que no. Covey le aconsejó: “Entonces dígaselo a su esposa y luego al personal, ellos ya lo saben”. El presidente siguió esa línea. “El problema soy yo”, admitió en una reunión con el personal jerárquico. Y pidió una nueva oportunidad.
“La confianza es el pegamento de la vida. Es el ingrediente fundamental de toda comunicación efectiva. Es el principio fundamental que mantiene unidas todas las relaciones”, concluía Covey. Y agregaba: “Si uno quiere despertar confianza, debe ser digno de confianza”. ¿Y cómo nace la confianza? No se trata de confiar en alguien solo porque esa persona diga: “Confiá en mí”. No es una cuestión de fe. Como el amor y como el compromiso, la confianza es un punto de llegada, no de partida. Esto vale en los vínculos personales y en los organizacionales e institucionales. Hay que transitar un camino a lo largo del cual se la va construyendo.
Y como ocurre con el amor y con el compromiso, esa construcción no es un juego de palabras, no se efectiviza con declaraciones o juramentos, sino con acciones, actitudes y conductas. Son éstas las que hacen a alguien digno de confianza. Los tarifazos seriales e indiscriminados, la inflación ingobernable, la ausencia de reales inversiones productivas (no financieras, volátiles y oportunistas), las operaciones judiciales en la penumbra, la olímpica corrida del dólar con sus consecuencias en el ánimo y la vida cotidiana de parte importante de la ciudadanía y la omisión y/o confusa transmisión de información tuvieron como resultado, en las últimas semanas, una caída pronunciada en los índices de imagen y de confianza del Presidente y del Gobierno. La maníaca repetición del mantra “no pasa nada” (casi un tic del jefe de gabinete y de los funcionarios económicos) no ayuda a paliarlo.
Sí, pasa algo. El Presidente prometió, mientras asumía bailando en el balcón de la Casa Rosada, hablar siempre con la verdad. Y omitió plantear entonces la devastación que encontraba. Suplió verdad por ilusión: en el segundo semestre de 2016 el país sería el reino de la felicidad, anunció, y en poco tiempo más habría pobreza cero (como si la pobreza estructural fuera un detalle). Se prometió combatir la corrupción y siguen en sus cargos ministros y funcionarios cuyos papeles éticos no están al día (“la mujer del César, etc…”). Se insistió en que no había plan B para la economía porque ésta, y el país, estaban en manos “del mejor equipo de los últimos cincuenta años”, y ahora se cayó de urgencia e improvisadamente en el plan C más sospechoso para cualquier argentino memorioso. El FMI.
Si las encuestas, a las cuales los funcionarios y sus gurúes sofistas consultan como al oráculo de Delfos, señalan serias caídas en los índices de imagen y confianza, y si el humor social oscila entre la bronca y el miedo, es porque la confianza se construye con acciones, con actitudes coherentes, no con manipulaciones discursivas ni con un optimismo pueril, anclado al voluntarismo y divorciado de la realidad. Al final del día, también la soberbia tiene patas cortas. Y quien confió y fue defraudado suele pasar factura.

*Escritor y periodista.


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