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COLUMNISTAS / Opinión
miércoles 18 octubre, 2017

#YoTambién

En la lucha por #NiUnaMenos, #YoTambién. Palabras que dicen que no estás sola y que te escuchamos. Todos juntos contra el acoso sexual.

Stephan Mothe

"Yo también". El "Ni Una Menos" no tiene fronteras. Foto: AFP.

¿Qué será lo que tiene ese cromosoma Y que nos predispone a actuar como actuamos una y otra vez? ¿O será por algo en las sociedades en las cuales crecemos? ¿O los padrones y los ejemplos que nos dan para imitar? ¿Los ideales que nos disponen alcanzar? ¿O es simplemente por lo que, como seres conscientes y responsables, elegimos hacer una y otra vez? ¿Será la impunidad? ¿O una incapacidad para sentir empatía? ¿Nos convencemos de que lo que hacemos no está equivocado, o por lo menos no es tan malo, o que las cosas son simplemente así, que es nuestro derecho, que nuestras víctimas lo superarán, porque nosotros ciertamente lo superaremos?

Tiendo a considerarme feminista, y quizás hoy lo sea, a pesar de mis faltas. Pero no lo fui siempre. Ciertamente, ya tuve más faltas que las que tengo ahora. Puedo recordar fácilmente varios momentos de los cuales hoy me avergüenzo, palabras y acciones que nunca repetiría, pero que en aquel entonces – desde la escuela primaria a mis días universitarios – consideré inofensivas. Y eso me deja incrédulo. ¿Cómo pude decir y hacer esas cosas? ¿No me di cuenta de sus consecuencias, sus efectos sobre otro ser humano?

Ninguna fue el tipo de cosa, que yo sepa, por la que podría terminar en la cárcel, no en este sistema legal. No creo haber causado ningún daño físico; algunas de mis ofensas probablemente fueron involuntarias. Pero sí traté a algunas personas – más específicamente a mujeres – de formas en las que no me gustaría que me traten a mí; de formas en las que jamás trataría a un hombre, y si lo hiciese, no sería lo mismo. Porque un hombre no hubiese sentido miedo o presión o un millón de significados escondidos en mis palabras, miradas o acciones. Un hombre no hubiese tenido miedo de responder o reaccionar a ellas, e incluso podría haber reído con sinceridad y dejarlas pasar. Como hombre, es lo que yo probablemente hubiese hecho. No habrían pesado sobre mí memorias desagradables, la conciencia de mi propia vulnerabilidad, el temor de un reflejo involuntario. No me hubiese importado demasiado como se percibiría mi respuesta, si reírme me haría “copada”, si protestar me haría “mala onda”, si una respuesta agresiva me haría “loca”. Con menos de un metro setenta, sigo encima de una torre de privilegio.

Me pregunto si no será demasiado tarde. Si tiene algún sentido disculparme ahora, tantos años después, cuando algunas de las entonces chicas, hoy mujeres con las que fui insensible seguramente ya olvidaron mi existencia y nuestras interacciones, tal vez ya habiendo internalizado sus lecciones. No sé de qué serviría, mucho menos así, en forma de texto. Igual, siento que lo debería hacer. Me gustaría disculparme, no para absolverme, pero simplemente para expresar arrepentimiento. Me arrepiento de que, por cualquier razón, elegí actuar de ese modo en aquel entonces, elegí no tratarte con la dignidad que merecías, te hice sentir miedo o dudas, te juzgué, te lastimé, abusé de tu confianza, hice que el mundo se sienta inseguro para vos. Merecías más. Lo siento.

También me gustaría prometer que, aunque no pueda deshacer nada de lo que ya hice, haré lo posible para aprender de esos errores y no repetirlos, para empatizar más, para intentar romper la cadena, para no hacer la vista gorda, para ser un mejor ejemplo si algún día tengo hijos – para, en general, tomar mejores decisiones. Porque a final de cuentas, siempre se trata de eso. Sólo podemos culpar a un cromosoma o a la sociedad hasta cierto punto; eventualmente, debemos hacernos cargo.


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