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CULTURA / BOB DYLAN
viernes 22 septiembre, 2006

Todas las vidas de un poeta

Una biografía, una crónica de la gira "Rolling Thunder Revue" de 1975 (en la que participaron Allen Ginsberg, Joan Baez y Joni Mitchell, entre otros) y el primer volumen de sus memorias resitúan al compositor norteamericano –que acaba de presentar su último disco a los 65 años–como uno de los pocos sobrevivientes de una época que hoy parece mítica.

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por Redacción Perfil


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Escrita por Sounes, sta es la nueva biografa sobre Dylan publicada en castellano este ao. Foto: Cedoc
Pablo E. Chacon
En 1998, Bob Dylan fue uno de los cinco o seis invitados al funeral en honor a Frank Sinatra. Las acusaciones de mafioso que regularmente caían sobre Sinatra tenían a Dylan sin cuidado: está acostumbrado a las acusaciones, y su antídoto –como el de Sinatra– es ignorar a la chusma.

La historia oficial dice que Bob Dylan es un tipo insoportable, un mitómano, un reventado y el compositor más importante de canciones populares de la segunda mitad del siglo XX. Dice también que su fraseo es heredero del gospel, de los sonsonetes de predicadores y evangelistas, del folk de Woodie Guthrie; que detesta los aviones, las entrevistas y el carrusel de la contracultura, a cuya montaña rusa jamás se subió. Y que Robert Allen Zimmermann eligió llamarse Bob Dylan no porque hubo un poeta galés que se llamó Dylan Thomas al que quiso imitar. Dylan, nacido en Minnesota en 1941, es amigo de Ronnie Wood, inició a Los Beatles en el uso de la marihuana, tiene un hijo de nombre Jacob y un desprecio absoluto por las acusaciones de traición: a la guitarra acústica, cuando se pasó a la formación eléctrica, y a los animistas, cuando tocó frente a Karol Wojtyla. De estas y otras cuestiones trata el libro de Howard Sounes, Bob Dylan. La biografía, aparecido apenas después del primer volumen de sus Crónicas, y simultáneamente con Rolling Thunder: con Bob Dylan en la carretera, del escritor y guionista Sam Shepard.

Hotel Seacrest, Falmouth, Massachusetts. Octubre de 1975, temporada baja en un destino de vacaciones de la costa de Nueva Inglaterra. Una legión de mujeres de mediana edad juega en el salón al mah-jong, cuando irrumpe una presencia: “Con ustedes, uno de los más famosos poetas de América, ¡el señor Allen Ginsberg!”, vocea el gerente del Seacrest, no del todo consciente de lo que espera a sus huéspedes. “Las señoras sonríen caritativamente y Allen comienza su poema. Su larga, terrorífica, dolorosa, plegaria a su madre. Las madres pasan de la aquiescencia paciente a las risitas incómodas y la indignación absoluta”, dice Shepard, escritor, actor, contratado para tomar notas sobre la gira Rolling Thunder Revue, con vistas a una futura película que jamás se realizó pero que sobró para ordenar los escritos y darles forma de libro.

Shepard conoció a Dylan a los pocos días de recibir el encargo por medio de uno de sus representantes.

—¿Y para qué me busca? Tengo aquí un papel verde que dice que me llamó.
—Sí, verá, van a hacer una película de la gira, y necesita un escritor.
—¡Ajá! ¡Un escritor! Ese soy yo. El escritor. ¿Y cuál es la primicia? —digo con mi mejor estilo de reportero de Chicago.
—Va a vivir una situación de mucha presión. Está usted acostumbrado a trabajar bajo presión, ¿verdad?
—No me asusto con facilidad, si se refiere a eso.
—Bien. ¿Cuándo puede salir?
—Así funciona esto, ¿verdad? Dylan te llama y tú lo dejas todo, como el canto de las sirenas o algo así. Todo el mundo deja la cosecha a medio levantar y sale hacia un lugar del Nordeste.

En efecto, así funcionaba (y funciona) Dylan. Ginsberg y Shepard son dos de los nombres. Pero no los únicos. Joan Baez y Joni Mitchell también compartían furgoneta, y un par de asientos más adelante, Roger McGuinn (el guitarrista y cantante de The Byrds) y los cantantes Jack Elliott, Kinky Friedman y Bob Neuwirth. Era una troupe anárquica, una caravana que sin embargo tenía jefe: Dylan. El Dylan de 1975, que vestía sombreros de tahúr y chaquetas de pirata, que facturaba discos como Blood on the Tracks y Planet Waves, que cerraba sus conciertos con eso de “Everybody must get stoned”, el estribillo de Rainy Day Woman.

La banda aparecía de improviso, tocaba una noche, dos, y seguía viaje; nadie sabía adónde iban. Dylan aparecía en el escenario, a veces se pintaba la cara de blanco. El carácter teatral de las presentaciones se asemejaba al de las ferias ambulantes de la Edad Media.

“¿Por qué mentías siempre?” “Yo nunca he mentido”, discuten ante las cámaras (y ante Shepard) Dylan y Joan Baez. Ella viste un traje de novia que le ha regalado una vieja camarera gitana y él está “empapado en coñac”. “¿Qué habría pasado si nos hubiéramos casado, Bob?”, continúa Baez. “Me casé con la mujer que amo”, replica Dylan. “Esto se está convirtiendo o bien en el peor melodrama del mundo o en la mejor confesión cara a cara que se haya filmado nunca”, escribe el escritor.

Shepard ha vuelto a ver a Dylan muchas veces después de esos meses furiosos, de esa escena capturada en Lowell, donde el compositor y Ginsberg, sentados frente a la lápida de Jack Kerouac, improvisan un poema y un rasguido. Dylan ya tiene 65, y para los jóvenes suena a uno de los pioneros del Mayflower. Sin embargo, hay que seguir escuchándolo: en sus letras no hay balances generacionales sino pura desesperación, amor y alegría. Es el tipo que sube la guardia cuando conviene, y la sube cuando no sabe. Es de esa estirpe.

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