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COLUMNISTAS / ensayo
domingo 31 enero, 2010

Derecha e izquierda en la prehistoria montonera

El general Carlos Toranzo Montero fue un hombre clave para lo que sobrevendría. El fue ideólogo principal de la transformación del ejército en fuerza de represión anticomunista, él trajo desde 1.957 oficiales franceses para entrenar a militares argentinos en técnicas contrainsurgentes, en métodos de tortura, y fue el gran introductor de la doctrina de seguridad nacional.

por Redacción Perfil

El general Carlos Toranzo Montero fue un hombre clave para lo que sobrevendría. El fue ideólogo principal de la transformación del ejército en fuerza de represión anticomunista, él trajo desde 1.957 oficiales franceses para entrenar a militares argentinos en técnicas contrainsurgentes, en métodos de tortura, y fue el gran introductor de la doctrina de seguridad nacional.
Toranzo Montero colocaba al ejército, definitivamente, a las órdenes de la Junta Interamericana de Defensa, es decir del Departamento de Defensa norteamericano, y así lo informó en una reunión de generales el 14 de marzo de 1960. Bajo su mando, la fuerza recibió una misión de instructores norteamericanos, y oficiales argentinos empezaron a recibir entrenamiento en bases de los Estados Unidos.
En ese contexto comenzó a operar Uturuncos. En la Nochebuena de 1959, los tres policías que quedaban en la comisaría de Frías, en Santiago del Estero, dejaron las botellas de sidra cuando vieron llegar a esos hombres salidos de la noche. Poco habrán entendido al verse encañonados por armas largas y menos habrán sabido que tenían delante de ellos a un comando guerrillero conducido por el comandante Puma, el alias usado entonces por Félix Serravalle.
Los uturuncos, “hombres tigre” en lengua quechua, según la leyenda indígena eran inmunes a las balas y peleaban por sus hermanos de raza. Los nuevos uturuncos, no más de veinte peronistas conducidos ideológicamente por John William Cooke, instalaron campamento en el noroeste tucumano, en El Calao y en el cerro de Cochuna, a unos 80 kilómetros de la capital de la provincia.
Uturuncos operó poco: incendiaron una gomería de una firma extranjera en Concepción, tirotearon un cuartel de bomberos, quemaron un depósito de granos y asaltaron un destacamento policial del Ferrocarril Mitre, además de la toma de la comisaría de Frías. La izquierda los aisló por completo –en verdad, la naturaleza de su actividad hacía inevitable la soledad– y el Partido Justicialista bramó contra ellos. Entretanto, la persecución policial se hizo implacable y Uturuncos decidió disolverse.
De esa experiencia guerrillera hay pocos datos de filiación conocidos.
En verdad, Uturuncos formó parte de las diferencias entre Cooke y el general Miguel Angel Iñíguez, jefe de la Central de Operaciones de la Resistencia Peronista (CORP), del cual dependía el Movimiento Ortodoxo Peronista Independiente, conducido por el coronel Federico Gentiluomo. Una profusa red de organizaciones menores estaba coordinada por esos organismos, mientras un sistema de enlace había dividido al país en zonas o teatros de operaciones. En ese racimo de agrupamientos había de todo, e incluía grupos como la filonazi Alianza Libertadora Nacionalista.
Uturuncos fue un intento de Cooke y del capitán Aparicio Suárez por empezar a trabajar independientemente de Iñíguez, a quien veían involucrado en trenzas y acuerdos para acceder a cargos y beneficios varios. Por lo demás, la CORP era el única encargada de conseguir armamento cada vez que se preparaba una operación. Uturuncos, por tanto, tuvo el propósito de romper esa dependencia respecto de los militares peronistas.
Aquella veintena de guerrilleros procedía básicamente de la militancia urbana, sobre todo universitaria, y su heterogeneidad la indica el hecho de que había tantos miembros de la Alianza Libertadora como del Partido Socialista de la Revolución Nacional, orientado por Jorge Abelardo Ramos. Esperaban incorporar más tarde otros 150 efectivos que jamás llegaron y levantar en armas a todo el norte argentino.
La conducción justicialista utilizó en principio a Uturuncos para presionar al gobierno (el propio Perón lo hizo), pero rápidamente los abandonó y, por último, los declaró representantes de “ideologías extrañas a la tradición cristiana de nuestro movimiento”.
El 10 de enero de 1960 el campamento guerrillero amaneció rodeado por centenares de policías, quienes sólo encontraron y detuvieron a tres militantes. El resto se había dispersado hacia la ciudad de Tucumán o cruzado la frontera boliviana. Así terminó la primera experiencia guerrillera peronista, pero en ella empieza a anunciarse un futuro alucinante.
En ese mismo 1960, en noviembre, militares peronistas al mando del general Iñíguez atacaron el Regimiento 11 de Infantería, en Rosario. El fuego de ametralladoras fue intenso y allí quedaron los primeros muertos y los heridos iniciales del combate: el soldado Osorio, el capitán Mackinlay y el sargento primero Guillermo Valdez murieron en defensa de la guardia antes de que el puesto quedara en poder de los atacantes y el grueso de la tropa se replegara hacia el interior del regimiento, hacia el casino de oficiales donde lograron instalar una base de fuego al mando del jefe de la unidad, coronel Navas. Aproximadamente a la 1,20 empezó el ataque al casino, pero la embestida fue rechazada y en esa acción cayó el segundo jefe del comando rebelde, coronel Barredo. A las dos, la defensa había logrado reorganizarse, y a las 2,10 la guardia quedó nuevamente en manos de los mandos del cuartel. Los atacantes se reagruparon como pudieron en distintos puntos de la unidad y, pocos minutos después, Iñíguez huyó con otros oficiales en un par de coches aunque el combate continuaría hasta pasadas las siete de la mañana.
El domingo 13 de noviembre, un allanamiento en la calle Itaquí 6676, en Villa Lugano, dio por resultado el secuestro de una cantidad de explosivos, armas y municiones. El procedimiento estuvo a cargo de la temida división de Coordinación Federal de la PFA, por orden del Consejo Especial de Guerra Nº 1. En esa dirección de Lugano funcionaba una fiambrería, en un local alquilado desde hacía años por José Malianuk.
En la fiambrería de Malianuk había gelignita, envuelta en papel engrasado para preservarla de la humedad, además de cajas con municiones y cargas de las llamadas “cucaracha” –unas bolsitas de polietileno duro relleno con explosivos–, que se usaban para atentar contra vías ferroviarias y podían dispararse con morteros. Se encontraron granadas caseras, hechas con un caparazón metálico relleno con gelignita, a la que se añadían tuercas de contención, espoletas y alambres preparados especialmente para cumplir la función de detonadores.
Coordinación Federal secuestró también, según el propio parte policial, caños de hierro de ¾, de 25, 45 y 80 centímetros de largo, en los cuales se introducía gelignita cristalizada: he ahí, literalmente, los denominados “caños”. En el mismo procedimiento se incautaron cables, resortes, rollos de mecha, gelignita cristalizada y en bruto, fulminato de mercurio y ampollas con ácido, además de cachiporras fabricadas con resortes gruesos a los que se soldaba una munición de acero en uno de sus extremos. El listado resulta interesante porque ésas eran, más o menos, las armas empleadas por la resistencia.
Poco antes se había allanado una fábrica clandestina de explosivos en Las Heras 1282, en Ramos Mejía, un galpón perteneciente a dos hermanos de apellido Maidana.
Entre los detenidos durante y después de esos procedimientos figuraba Diego Claudio Francia, a quien apodaban El Francés; éste, según el diario La Nación “respondía a directivas del general Iñíguez”.
Sin embargo, Francia estaba vinculado con operaciones provistas por el arsenal secuestrado en la fiambrería de Malianuk y, de acuerdo con ese mismo diario, entre tales operaciones figuraban robos para adquirir armas y medicamentos destinados a Tucumán, a Uturuncos. Por ejemplo, en el local de Malianuk había paquetes de algodón de un kilo cada uno, antibióticos y pomadas contra infecciones. Esto es: todo indica que ni Malianuk, ni Francia ni Eduardo Fernández Rojo –asociado con los anteriores y buscado intensamente por la policía– respondían al mando de Iñíguez sino, por el contrario, al de John William Cooke y el capitán Aparicio Suárez.
El Regimiento11 era una guarnición de 900 efectivo, con cuatro tanques Sherman y otros tres blindados livianos. Poco antes de comenzado el ataque, a las 0.10 de la madrugada, estalló una bomba en Murguiondo 678, Villa Alsina, donde vivía Daniel Caián, un dentista militar. A las 0.24 volaron las vías del Ferrocarril Roca a la altura del kilómetro 10, entre Lanús y Remedios de Escalada, y enseguida otro tramo a cinco cuadras de la estación Lanús. El servicio de trenes quedó interrumpido. A las 0.40 se produjo un nuevo ataque con bombas, ahora en Alsina 274, Avellaneda, donde funcionaba el comando de la II Región Militar. A la 1.10, otro atentado dejó inútil la cámara subterránea de conexiones de Teléfonos del Estado en Pavón y Urquiza, Lanús. Todas esas acciones, claro está, apuntaban a respaldar a los atacantes del Regimiento 11.
Simultáneamente, un grupo de militares y civiles peronistas, a la una de la mañana, atacaba cuarteles, puestos policiales e instalaciones petroleras en Tartagal, Vespucio y General Mosconi, en Salta. Allí, los combates se estirarían hasta cerca del mediodía.
En Tartagal, a las cinco de la mañana, el teniente coronel Eduardo Escudé logró ocupar el batallón Monte Escuela, y desde esa unidad proclamó su lealtad al mando del general Iñíguez. A las 6.20 estaban ocupados por rebeldes todos los edificios públicos de esa ciudad y a las 10.30 continuaba tomado el campamento Vespucio por un comando dirigido por el ex diputado peronista Tomás Ryan. Esa posición fue recuperada por el gobierno pasadas las 11.
A las 17.30, en Buenos Aires, pedían asilo en la embajada uruguaya el coronel Rubén Berazay, el mayor César Quiroga y el capitán Oscar Quiroga. Al mismo tiempo, había 30 civiles detenidos y se encontraban prófugos Iñíguez y el teniente coronel Aníbal César López, junto con el capitán Campos. Otros tres oficiales estaban presos. Entretanto, en Salta quedaban apresados Escudé, Ryan, Lidoro Avila, el suboficial Luis Clavel y una decena de civiles. Entre los militares detenidos en Rosario se encontraba el capitán en actividad Roberto Sánchez, alumno de la Escuela Superior de Guerra. En cuanto al coronel Barredo, muerto en combate dentro del R11, durante el gobierno peronista había sido agregado militar en la embajada argentina en Francia y, luego, ayudante de campo del secretario general del Ejército, general Humberto Sosa Molina.
De todos estos hechos, queda para el análisis un dato clave: no hubo en lugar alguno del país un solo paro, una sola movilización, una sola manifestación de respaldo obrero a la acción de los militares peronistas.
Fue por entonces que comenzó la verdadera prehistoria de Montoneros.

*Periodista y escritor.


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