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COLUMNISTAS /
domingo 19 septiembre, 2010

Preguntas políticas

por Redacción Perfil

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En El espectador emancipado, de Jacques Rancière, recientemente publicado por Manantial, encuentro esta larga frase: “Pertenezco a una generación que se debatió entre dos exigencias opuestas. De acuerdo con una, aquellos que poseían el conocimiento del sistema social debían enseñárselo a aquellos que sufrían ese sistema a fin de armarlos para la lucha; de acuerdo con la otra, los supuestos instruidos eran en realidad ignorantes que no sabían nada de lo que significaba la explotación y la rebelión, y debían ir a instruirse con los trabajadores que trataban de ignorantes. Para responder a esta doble exigencia, primero quise reencontrarme con la verdad del marxismo para armar un nuevo movimiento revolucionario, y luego, aprender de aquellos que trabajaban y luchaban en las fábricas, el sentido de la explotación y de la rebelión. Para mí, como para mi generación, ninguna de estas dos tentativas resultó plenamente convincente”. Instalado en un discurso a medio camino entre lo confesional y la teoría, la frase de Rancière (Argel, 1940) roza, tal que la punta de un iceberg, un conjunto de temas y problemas, como la relación entre teoría y praxis, entre conocimiento y acción, entre epistemología y participación política, y sobre todo, describe ajustadamente buena parte de los problemas de la izquierda posterior al fracaso de los proyectos revolucionarios de los 60 y 70.

¿Qué figura retórica guía esa frase? ¿La paradoja? ¿El doble vínculo? ¿El significante vacío? Defensor del Mayo del ‘68, Rancière no cae sin embargo en una defensa del espontaneísmo (de allí sus críticas de Guy Debord), pero tampoco da un vuelco hacia la cuestión social, como Castel; ni en dirección de una reflexión que vuelve sobre la pregunta weberiana por la racionalidad de la acción, a lo Boltanski. Su respuesta, entonces, aparece bajo el modo de la repolitización del arte, y de un cuestionamiento de los lugares disciplinarios del saber. Rancière plantea correctamente sus preguntas, y deja, como corresponde, muchas veces las respuestas en suspenso. La contradicción entre arte y sociedad parece haberse resuelto por una sola vía: la del mercado. Pero fuera de esa lógica, en otro lado, se juegan otro tipo de tensiones instaladas en la negatividad.

Pensaba en esto, mientras leía Conversaciones en el impasse. Dilemas políticos del presente, presentado por el Colectivo Situaciones en la editorial Tinta Limón. Colectivo Situaciones, desde hace ya años, viene merodeando alrededor de esas cuestiones en la Argentina. El impasse, pensado como un tiempo en suspenso, sin resolución, es una categoría de gran negatividad crítica, cuyos alcances desembocan mucho más allá de la política (es decir: llega hasta la literatura). Es un pensamiento que se opone a la idea de transición, a la lógica de la política avanzando por etapas, con que se pensó el alfonsinismo, por supuesto, pero que continúa aún hoy: “Se apeló a la idea de transición para caracterizar los períodos donde coexistían elementos disímiles o contradictorios. Según esta perspectiva, la convivencia resultaba siempre momentánea y la heterogeneidad tendía a orientarse a partir del sentido histórico que le otorgaba orientación, distinguiendo los rasgos ‘del pasado’ (que no terminaba de morir) con aquellos que preanunciaban un futuro (que sin embargo, no acababa de nacer). En el impasse, en cambio, el tiempo transcurre sin confianza en el progresivismo e insensible a toda totalización (…) Es un tiempo movido por una dialéctica sin finalidad”. Pero antes, en las “palabras previas” (¿previas a qué? O mejor dicho: ¿hay alguna otra más interesante que las palabras previas?), se lee: “Un malestar y una inquietud: las dos materias desde las que aquí pudimos escribir”. Nada de esto me es ajeno.


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