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CULTURA / los 200 años de un clasico
sábado 6 enero, 2018

El aniversario del moderno Prometeo

Frankenstein se publicó por primera vez en 1818. En el segundo centenario de su publicación, el sueño enfermizo y atroz de Mary Shelley no ha perdido su vigencia.

Mercedes Alvarez

‘Frankenstein’. La primera edición del libro se publicó anónimamente y se atribuyó a Percy Shelley. Foto: cedoc

El 1º de enero de 1818 la editorial londinense Lackington, Hughes, Harding, Mavor & Jones publicaba la primera edición de Frankenstein o El moderno Prometeo, la novela iluminada de una de las pocas mujeres que protagonizaron el romanticismo inglés: Mary Shelley, quien por entonces tenía 19 años.

La historia es por todos conocida: un científico –Víctor Frankenstein–, enajenado en su búsqueda del secreto  de la vida, anima con una chispa un cuerpo hecho de retazos de otros cuerpos y lo lanza al mundo dejándolo en total orfandad. A partir de allí, la criatura –deliberadamente sin nombre– vagará por el mundo en soledad reclamando amor. La falta de respuesta, el horror de toda la humanidad ante su fealdad imposible de describir, lo volverá un monstruo. “El hombre nace bueno pero la sociedad lo corrompe”, leemos entre líneas. Pero el nombre de Rousseau –la referencia central de la novela, la más importante, la más omnipresente– jamás se dice.

Frankenstein encierra tantos temas que una vida entera no alcanza para explotarlos todos, pero el más importante sin dudas es el de la educación.

“¿Quién soy?”, se preguntará el monstruo. Leerá a Volney, a Goethe, a Plutarco, intentando comprender a la humanidad de la que desea desesperadamente formar parte. Leerá a Milton y concluirá: “Adán, a diferencia de mí, era amado por su creador”. Munido, a fuerza de lecturas y una inteligencia prodigiosa (rasgo central de la novela que muchas de las versiones cinematográficas se han encargado de borrar) de una increíble capacidad retórica, la criatura intentará convencer a Víctor de que le diseñe una mujer tan monstruosa como él. La negativa final del científico signará los destinos de ambos, irremediablemente unidos.

Frankenstein no es tanto una novela sobre los peligros de la experimentación científica como una sobre los peligros de la mala educación. Porque, cuando el padre de Víctor –quien educa a su hijo según los preceptos rousseaunianos del Emilio o De la educación– lo alienta sin querer a leer a Agripa y sus teorías científicas pasadas de moda, desoyendo el consejo del propio Rousseau (“Es mejor satisfacer la curiosidad del niño que incitarla”), signará sin querer su destino. Víctor perderá un tiempo precioso. Tendrá que recuperarlo en la Universidad de Ingolstadt. Consecuentemente, pronto se verá enajenado y emprenderá, como él mismo dice, una “investigación ilícita”. Ilícita no por el contenido de la misma, sino porque a causa de ella todo pequeño placer, toda conexión con la sensualidad del mundo, le quedarán vedados.

¿Cómo una mujer tan joven pudo imaginar una historia tan horrenda? La propia Mary Shelley intentó despejar la incógnita en el prólogo a la segunda edición de la novela (la primera se publicó anónimamente y se atribuyó a Percy Shelley, su cónyuge). La desmentida está salpicada de no pocas disculpas (oía a Shelley y Byron hablar de Erasmus Darwin, como silenciosa oyente. Pensaba, creía, nunca afirmaba).

A raíz de cumplirse 200 años de la primera edición del libro, el Reino Unido lanzó una moneda conmemorativa esta semana. Es de dos libras, y el dorso sólo dice Frankenstein, en tenebrosas letras, como un recordatorio que nos dijera: “Volvamos a leerla”.


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