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CULTURA / mark fisher (1968-2017)
sábado 24 marzo, 2018

El desencanto de los fantasmas

La publicación de “Los fantasmas de mi vida”, de Mark Fisher (Caja Negra), es notable no solo por su contenido inflamable, sino porque dice mucho de nuestra época y de su autor, uno de los críticos más certeros de la cultura popular en años recientes, quien se quitó la vida el año pasado. La pasión articulada por la inteligencia al desnudo.

Rafael Toriz

Fisher. Elaboró una filosofía del fantasma para comprender la materialidad de lo incorpóreo. Foto: cedoc

Instalados hace tiempo en un presente permanente –cimentado en la cancelación de los futuros probables–, es un hecho que vivimos en un mundo poblado por fantasmas; cementerio marino de silicio, fibra óptica y barrocas melancolías que nos recuerdan que si algo somos es una sociedad de individuos desdichados.

La publicación del libro Los fantasmas de mi vida, de Mark Fisher, es notable no solo por su contenido inflamable, sino porque dice mucho de nuestra época y de su autor, uno de los críticos más certeros de la cultura popular en años recientes, quien se quitó la vida el año pasado. Lo que recuerda las lúcidas palabras de Cesare Pavese: todo suicida es un asesino tímido.

Los fantasmas de mi vida es un libro pertinente porque, además de ser un estupendo ejercicio de crítica que atiende algunos de los fenómenos de masas señeros de una época y una sensibilidad muy especiales –toda la trágica sexiness desencantada de Joy Division; el complejo panorama del post-punk diseccionado con maestría; el cine de Nolan, Cronenberg y la descrpción de paisajes sonoros y culturales a partir de la inducción sofisticada– se instala desde dos flancos concretos en el presente con armas de alto calibre: la filosofía y la política.

Omnívoro de la teoría crítica pero con la sabiduría de las inteligencias lectoras que saben entrar y (y sobre todo salir) de la universidad, este libro entabla un diálogo permanente con Derrida y sus Espectros de Marx, de donde saca el término “hauntología” –de acuerdo con el criterio del traductor Fernando Bruno para Caja Negra–, pero que ha sido previamente definido como espectrología o, en una traducción que prefiero, fantología, es decir, la exploración de la ontología de los fantasmas y su condición espectral que nos asedia desde la invención de la escritura y que no ha hecho sino ensancharse en tiempos de la comunicación virtual: vivimos rodeados de imágenes, sonidos y presencias fuera del tiempo, que nos recuerdan el leitmotiv de nuestra época: the time is out of joint. Y esa es la razón por la que vivimos, además de jodidas, en sociedades melancólicas (el fantasma de Hamlet también atormenta a los hijos del subdesarrollo. Y es probable que ese trickster se exprese en la sólida vocación colonial de toda América Latina).

Fisher está deprimido porque su época es deprimente, y lo expresa con talento. Por ello su lucidez es implacable: “El voluntarismo mágico es tanto un efecto como una causa del histórico bajo nivel de conciencia de clase actual. Es la contracara de la depresión, cuya convicción subyacente es que somos los únicos responsables de nuestra propia miseria y que, por lo tanto, la merecemos… La depresión colectiva es el resultado del proyecto de resubordinación de la clase dirigente”. Tiene razón. Lo más sórdido de este ecocida mundo neoliberal tejido sin esperanza es que nos induce a creer que no hay opciones, cuando la pregunta por el nosotros funciona por fuerza como reactivo para tornar los padecimientos individuales en ira politizada. Ser punk en el presente es aprender a ser solidario (justamente porque la sociedad es un veneno es preciso incinerarla, a la manera de agricultura de quema y roza, que fecunda la tierra nueva con las cenizas de la vegetación en llamas.)

En su Theatrum Philosophicum, Michel Foucault esbozaba los cimientos para lo que él llamaba fantasmofísica, es decir, una filosofía capaz de rescatar al fantasma de la consigna signada por Hamlet, “es preciso, pues, liberarlos del dilema verdadero-falso, (del) ser-no ser y dejarlos que realicen sus danzas, que hagan sus mimos, como extra-seres... Es inútil ir a buscar detrás del fantasma una verdad más cierta que él mismo y que sería el signo confuso... Los fantasmas no prolongan los organismos en lo imaginario; topologizan la materialidad del cuerpo”. Una filosofía del fantasma que ayude a comprender la materialidad de lo incorpóreo, en la ausencia como topos y la voz como lugar de aparición y representación de los espectros. Algo que nos permita darle una morada al espíritu que permanece de las cosas que nos han ido quitando: discos, libros, seguridad social y vida digna.

Luego de leer el libro en su conjunto, queda claro que solo una inteligencia generosa, documentada y rigurosa como la de Fisher podía hacer con la reflexión sobre su depresión crónica un ensayo que linda con la teoría política, auténtico ejercicio que da cátedra a todos los oportunistas que pretenden hacer crítica musical a la manera de los sociólogos de pasillo o los “melómanos” impresionistas. En Fisher la pasión articula su inteligencia.

Termino señalando la acertada y sensible decisión de los editores de Caja Negra, que transformaron la versión del libro respecto a la edición inglesa adjuntando ensayos tomados de su mítico blog k-punk en una sección titulada “Depresión y resentimiento de clase”, que abre el debate político poniendo el dedo en la llaga: “La forma de poder social que más me afectó fue el poder de clase”. Gracias a este gesto aventurero, que puede ser leído como posdata a una nota suicida, han pergeñado un libro único, auténtico material de colección. Con seguridad, a Fisher le habría encantado.


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