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sábado 28 abril, 2018

El terror nuestro de cada día

Género desplazado y polémico, novelas, cuentos, recopilaciones y estudios especializados lo rescatan ahora desde los márgenes más oscuros del pasado para situarlo en el centro de la nueva narrativa argentina.

Osvaldo Aguirre

Género desplazado y polémico, novelas, cuentos, recopilaciones y estudios especializados lo rescatan ahora desde los márgenes más oscuros del pasado para situarlo en el centro de la nueva narrativa argentina. Foto: GET

A diferencia del relato policial, la narrativa fantástica o la ciencia ficción, el terror no contó con colecciones específicas en la literatura argentina. Tampoco hubo revistas que se dedicaran específicamente al género, y las primeras antologías recién se publicaron a principios de este siglo. Con pocas excepciones, ningún escritor importante lo consideró entre sus preocupaciones. Sin embargo, estuvo allí. Novelas, cuentos, recopilaciones y estudios especializados lo rescatan ahora desde los márgenes más oscuros del pasado para situarlo en el centro de la nueva narrativa.

“La elección del terror como zona central nunca echó raíces en la literatura argentina canónica”, decían Elvio E. Gandolfo y Eduardo Hojman, en el prólogo de la antología El terror argentino (2002). De Mariana Enríquez a Samantha Schweblin, de Diego Muzzio a Luciano Lamberti y de Ricardo Romero a Celso Lunghi, la producción reciente obliga a revisar esa afirmación.

Escribir relatos de terror supone al mismo tiempo preguntarse por el carácter de un género elusivo, de límites borrosos. En Los mejores cuentos de terror (1997), una antología de clásicos anglosajones, C.E. Feiling lo definió como “una pesadilla lúcida”, en la que el autor “busca producir miedo mediante la intervención en la trama de elementos sobrenaturales presentados como hostiles o dañinos para los seres humanos”.

El lector se convirtió en una especie de detective con el relato policial de enigma, dijo Borges. La ciencia ficción lo hizo interrogarse, entre otras cuestiones, por la responsabilidad moral ante el desarrollo tecnológico y científico. El terror, en cambio, parece llevarlo a un terreno más equívoco: el voyeurismo, el regodeo en lo morboso, el síndrome “aminoremos la marcha y contemplemos el accidente”, que según Stephen King define a los grandes textos del género.

Autor del Mal menor (1996), novela que inaugura el desarrollo actual del género, Feiling planteó además una comparación entre la pornografía y el terror: “Así como no todo el mundo se excita con lo mismo, no a todo el mundo le producen miedo, o el mismo miedo, las mismas historias”. La analogía puede encontrarse en el prólogo de King a El umbral de la noche, donde el autor de Carrie afirma que el horror atrae y a la vez repugna, provoca una especie de culpa “quizá no muy distinta de la que acompañaba habitualmente al despertar sexual”. Y también en el estudio de Gandolfo y Hojman: el miedo es “una emoción tan básica como el sexo”, aunque el relato de terror, “a diferencia de la literatura erótica, en vez de fijar los ojos en la mirada del trance o la fascinación, tiende a hacerla parpadeante”.

La forma más devaluada

“El terror es más difícil de definir, está menos codificado, por eso su presencia resulta menos clara –dice Mariana Enríquez, autora de textos representativos como la nouvelle Chicos que vuelven o los cuentos de Los peligros de fumar en la cama–. Hay escritores, como Bernardo Kordon y Horacio Quiroga, que escribieron algunos de los mejores relatos de terror en español pero yo no los definiría como escritores de género porque al estar menos estandarizado, con marcas más difusas –al menos en parte: hay un terror bien de mercado, con sus reglas, o incluso universos como el terror de impronta lovecraftiana que tiene su propia lógica– es un lugar del que se puede entrar y salir”.

El terror argentino comenzaba su recorrido con El matadero, de Esteban Echeverría. Los orígenes mismos de la literatura argentina. En su ensayo La puerta sombría del desierto, Diego Muzzio retrocede por su parte hasta el Viaje al Río de la Plata (1567) de Ulrico Schmidl y encuentra las primeras apariciones del género como un registro encriptado en relatos de viajes, crónicas de campañas militares y testimonios sobre episodios históricos (la fiebre amarilla de 1871) hasta alcanzar los textos precursores de Juana Manuela Gorriti y Eduardo L. Holmberg.

“La época no sé si es tan determinante: terror se escribió siempre –agrega Enríquez–. Que no haya sucedido tanto en español obedece creo a otras cuestiones, por ejemplo que la falta de tradición puso al género en un lugar bastante despreciado o menor, cosa que no ocurre en la literatura anglosajona u ocurre menos porque sí tiene, también, esa marca poco respetable que es propia de lo muy popular o masivo”.

Borges siempre está a mano y su consideración de que el género no depende de los textos sino de sus formas de recepción resulta pertinente. “Si consideramos al terror no como género cerrado sino como un efecto de lectura, ahí hay una tradición larga –señala Luciano Lamberti, que dedicó al género los cuentos de La casa de los eucaliptus–. El matadero es un cuento de terror. El niño proletario, también. Los trenes de la noche, de Fogwill, puede ser leído como un cuento de terror. La literatura política tiene zonas terroríficas. Ni hablar de Quiroga. Yo creo que sí hay una tradición, dispersa pero muy fuerte”.

El nombre de Feiling (1961-1997) insiste en la tradición a partir de sus artículos críticos y de El mal menor, donde un grupo de iniciados, los arcontes, enfrenta a criaturas monstruosas que aparecen cuando se abre el Cerco, una frontera virtual “que garantiza que el mundo tal como lo conocemos siga existiendo”. Ricardo Piglia reeditó la novela en la Serie del Recienvenido. “El relato de terror –escribió en la introducción– es quizá la forma más devaluada y más activa de la cultura actual. La dificultad de fijar con claridad sus límites es una prueba de que no ha sido aún legitimada por la crítica académica”.

Esa opinión parece relativa a la luz de estudios de producción reciente y en particular del dossier “El terror en la literatura argentina”, que acaba de publicar la revista digital Estudios de Teoría Literaria, del departamento de Letras de la Universidad Nacional de Mar del Plata. “El terror ingresa a nuestra literatura de la mano de la política”, apunta Pablo Ansolabehere, editor del dossier. Una línea que se extiende desde la persecución de opositores y el terror importado por el rosismo de la Revolución Francesa hasta el terrorismo de Estado durante la última dictadura.

Para Diego Muzzio, el horror de la represión ilegal pudo ser un obstáculo para los autores del género, así como planteó una dificultad para la ficción policial. Algunos escritores, sin embargo, encontraron inspiración en las atrocidades de la dictadura, como Lázaro Covadlo, que aludió a los vuelos de la muerte en su cuento “Llovían cuerpos desnudos”. El dossier de Estudios de Teoría Literaria incluye el libro Aparecida, de Marta Dillon, Hospital Posadas, de Jorge Consiglio, y narraciones de detenidos-desaparecidos y sobrevivientes de centros clandestinos de detención.

El vínculo entre el terror y la historia argentina alcanza una inflexión novedosa en El conserje y la eternidad, de Ricardo Romero. La novela transcurre en tres momentos que refieren a circunstancias del pasado (el bombardeo de Plaza de Mayo en 1955, la guerra de Malvinas y la crisis de diciembre de 2001) a partir del diario escrito por un monstruo de apariencia humana, cuya naturaleza no se termina de revelar.

Juan Drodman, el conserje, se alimenta de carne humana, de personas a las que mantiene en cautiverio. Como los buenos ejemplos del género, la novela provoca miedo (a que una adolescente, por ejemplo, caiga en las garras del monstruo, lo que finalmente ocurre) y horror (ante detalles puntuales de la carnicería), y agrega la incertidumbre, a través de preguntas sin respuesta (como la relación con los episodios históricos, que apenas ingresan al texto, apagados por la percepción extraña del protagonista). También guionista de la película Necronomicón, Romero esquiva los estereotipos e inquieta con nuevos recursos al lector.

De otro mundo

Los proyectos Muerde Muertos y PelosdePunta, que dio lugar a La otra gemela, dan cuenta de otra novedad: series editoriales donde el terror tiene un lugar predominante. “Que hoy el terror esté más presente, creo, tiene que ver con que los escritores de mi edad o más jóvenes se formaron como lectores leyendo el género, o el fantástico más cercano a la ficción weird –dice Mariana Enríquez–. Leyeron de chicos a King y a Ray Bradbury y muchos a Clive Barker; recuerdo que en las colecciones de literatura juvenil que yo compraba estaba Otra vuelta de tuerca de Henry James, por ejemplo”.

No solo se trata de literatura. “Además un escritor tiene múltiples influencias y mi generación está marcado por el cine de terror, también, desde Alien hasta Pesadilla o El resplandor. Creo que el género entró en nuestras lecturas y sensibilidad y eso termina apareciendo en la producción”, agrega Enríquez.

Mientras el relato policial reconoce formas determinadas en torno a la narración de un crimen, y concepciones ya estereotipadas sobre su aspecto social, el terror parece ofrecer mayores posibilidades de escritura.

 “El terror nos hace dudar de lo que nos rodea, de lo real –dice al respecto Luciano Lamberti–. En ese sentido se vuelve una forma de conocimiento, o de cuestionar el conocimiento adquirido, muy fuerte. Podemos ser escépticos, superados y ateos, pero hay en nosotros un resquicio de creencia en otro mundo, en la posibilidad de que ese otro mundo se confunda con lo real, que es muy fuerte”.

Las confusiones de lo real con otras dimensiones son constantes en los cuentos de La casa de los eucaliptus, como los gemelos dementes que despedazan a su madre, en “Muñeca”, las apariciones de la Virgen en “Santa” o el ente llamado La Visita que ordena los crímenes que comete un médico en el relato que le da título al libro. También hay variaciones paródicas en torno a tópicos como el regreso de los muertos, en “El tío Gabriel”, o el vampirismo, en “Vida de E”.

“Mi perspectiva, por ahora, es la del terror muy pegado al realismo, o en ambientes realistas, y que rescata la religiosidad popular, las leyendas urbanas –desde las clásicas hasta las del mundo virtual: entran cuentos de fantasmas hasta creepypastas– o supersticiones –dice Mariana Enríquez–. Pero por supuesto no es el único camino posible. A veces jugueteo con cierta cercanía al policial, también, pero creo que no lo hago muy bien. No creo en líneas o modelos que puedan ser generalizados, por suerte”.

¿A cuántas cosas tememos?, se preguntaba Stephen King en El umbral de la noche.

La respuesta de la ficción podría incluir a los hijos (en los cuentos “Como una buena madre”, de Ana María Shua, y “Rincón”, de Vera Giaconi), los desconocidos (El verdadero negocio del señor Trapani, un relato para niños de Pablo De Santis), los jóvenes y lo sobrenatural (en Chicos que vuelven), el desierto, “la tierra misteriosa del otro” (en “El intercesor”, de Diego Muzzio), las desviaciones religiosas (en Me verás volver, de Celso Lunghi), y la lista sigue. La literatura argentina reciente es una usina del miedo.

 

Una bestia informe

Mariana Enriquez

Mi primer contacto como lectora ocurrió muy temprano, con algunos cuentos de Cortázar leídos en la infancia, “La puerta condenada”, por ejemplo, más tarde con clásicos –Drácula, los cuentos del primer Bradbury, los cuentos de Poe– y finalmente Stephen King. Empecé a escribir a los 17 o 18 años, publiqué mi primera novela a los 21 y aunque en esos años no pensaba sinceramente en términos de temas literarios, era demasiado chica para tomar esa distancia y mi escritura era impulsiva, ya en mi primer novela hay acercamientos al género, un trío espectral al estilo de The Hellbound Heart de Clive Barker –es la novela que después se llevó al cine como Hellraiser– y algunas características de Bajar es lo peor que referencian el romanticismo gótico de Emily Brönte o Anne Rice. Esa novela, que es una historia de amor gay con marco urbano, tiene muchos elementos que rozan el género pero no fue leída así en su momento. Es un tema, entonces, que me interesó desde el principio aunque nunca fue lo único que escribí y ni será lo único que escribiré.

Lo considero una bestia informe porque es difícil de definir, o mejor dicho, de amplísima definición. Puede ser sobrenatural o no. Puede rozar el policial. ¿El silencio de los inocentes es terror? Así lo cree su autor Thomas Harris y mucha crítica, pero la mitad de los críticos lo considera policial y hay que ver qué piensan los lectores. Beloved de Toni Morrison es una novela de terror y es una novela sobre la esclavitud: tiene uno de los fantasmas más terribles que yo haya leído, pero pocos la pondrían en ese estante. Puede ser tradicional, con sus rasgos góticos de encierros y castillos en colinas o ser completamente urbanos y contemporáneos. Pueden ser sutiles hasta la exageración de la elipsis o de un gore escatológico. Pueden ser políticos y sociales o simplemente entretenimientos de género. Pueden enmarcarse en tradiciones como las de Lovecraft y Chambers o elegir caminos opuestos a los metaliterarios. Mi definición es esa: es un género vasto y, en mi opinión personal, debe jugar con los miedos sociales y con las monstruosidades cercanas, los malestares de cuerpo y mente, las violencias, los traumas colectivos y eso ingresarlo en el campo de lo siniestro y la superstición para que irrumpa la fuerza del género. Pero es una opción.

En la literatura actual argentina me gusta mucho Las esferas invisibles de Diego Muzzio (quizá lo mejor que leí) y varios cuentos de Luciano Lamberti como “La canción que cantábamos todos los días”, un fragmento de “El cazador, los galgos, la liebre” que me parece fabuloso, y de los cuentos de La casa de los eucaliptus mi favorito es “Acapulco”. De Samanta Schweblin me encanta el cuento “Bajo tierra” y creo que ella hizo algo diferente y poderoso con Distancia de rescate. Hace mucho que no leo algo nuevo de Juan José Burzi pero tiene grandes cuentos como “Intruso” o muy extremos como “Crónica negra”. El cordobés Iván Wielokosielek tiene cuentos notables en su libro La profecía del Pozanjón. Me gustó mucho “Reunión” de Vera Giaconi, aunque no sé si lo llamaría de terror pero eso tiene el género: hay elementos de terror en ese cuento, es de “monstruo” y de magia negra pero también de amistad y de pareja.

 

Los puntos débiles del lector

Luciano Lamberti

Como muchos, empecé a leer terror cuando era chico, incluso antes de la secundaria, y seguí haciéndolo durante toda mi adolescencia. Los autores que leí también eran los clásicos de la edad: Cortázar, Quiroga, Bradbury, King. En Letras me enseñaron que todo ese mundo fascinante era literatura barata, que no tenía mucho valor: tenía que concentrarme en la forma, en los experimentos, en las innovaciones técnicas. Así que abandoné todos esos libros. Pero después de haber publicado mi primer libro de cuentos, que era realista, o al borde de serlo, retomé esos libros y recordé la razón por la que había empezado a escribir. Entonces decidí volver al género.

Creo que el aprovechamiento se da en tanto uno usa el género para hablar de aquello que en un marco realista sería imposible, o muy transitado, sobre todo desde un punto de vista que no resulte cómodo. La literatura fantástica puede abordar los temas de injerencia social (el femicidio, por ejemplo) siempre desde la perturbación. Hay que pulsar, como dice King, los puntos débiles del lector, que cambian con la época (y por eso los géneros cambian). Además, los límites del género siempre se corren, y hay que correr detrás. Lo que daba miedo en la novela gótica hoy ya no lo hace, el lector está de vuelta, ha leído mucho pero también ha visto mucho cine, muchas series, y está especialmente endurecido. Entonces tenemos que ir más allá.


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