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CULTURA / PHILIP ROTH 1933-2018
sábado 26 mayo, 2018

El verdadero amigo americano

Philip Roth ha muerto. Uno de los grandes de la literatura norteamericana dejó de hablar. Adiós a su espíritu crítico y provocador, adiós a esa empatía que conmueve y destila un tipo particular de humor entre corrosivo, desenfadado y canalla, que a falta de mejor nombre a partir de ahora se llamará "rothiano".

Omar Genovese

Philip Roth ha muerto. Uno de los grandes de la literatura norteamericana dejó de hablar. Adiós a su espíritu crítico y provocador, adiós a esa empatía que conmueve y destila un tipo particular de humor entre corrosivo, desenfadado y canalla. Foto: GET

A menudo tengo que escribir cien páginas o más antes de que haya un párrafo que esté vivo. De acuerdo, me digo a mí mismo, ese es tu comienzo, comienza allí; ese es el primer párrafo del libro. Revisaré los primeros seis meses de trabajo y subrayaré en rojo un párrafo, una oración, a veces no más que una frase, que tenga algo de vida, y luego escribiré todo en una página. Por lo general, no llega a más de una página, pero si tengo suerte, ese es el comienzo de la página uno. Busco la vivacidad para establecer el tono”. Esto afirmaba Philip Roth en una extensa entrevista que le realizó Hermione Lee en 1984, publicada en The New Yorker, prestigioso medio literario con el que colaboró desde el inicio de su carrera. Vecino de Newark, a un paso de New York, judío, rebelde, norteamericano hasta la médula, cómo no publicar a un vivo ejemplo del intelectual universitario disconforme con la herencia migratoria y el futuro de la tierra prometida. Pero las premoniciones fallan, como las predicciones, la literatura no depende de una apuesta sino de lo escrito, de ahí que el tema es la búsqueda del tono, una delicadeza anterior al estilo. ¿De qué mecanismo habla Roth?

La literatura norteamericana es un misterio repleto de lugares comunes acaramelados por ensayos, papers, conferencias e infinitas hipótesis. Su historia reciente está cruzada de supuestos, irrelevantes valoraciones, incluso exageradas por una mercadotecnia centrada en lo inmediato. Roth, para contradecir semejante estadística, vivió 85 años, cruzó el siglo XX y parte de esta vergüenza contemporánea, y también fue testigo de la caída del sujeto imperial, de la decadencia del discurso de un nacionalismo apócrifo chocando contra su propia patria financiera. Como secuela, quedaron lugares abandonados, de Detroit a Baton Rouge, cadáveres sociales como espacios destrozados. Pero ¿esto fue un privilegio o una dificultad? Dificultad, porque debemos pensar en una cuestión geográfica, definitiva, casi topografía de una lengua dispersa, invadida por todo tipo de influencias, tan penitentes como esclavas del paisaje. Si al este culto, cosmopolita, se oponía el oeste salvaje y mal habido, el siglo XIX no hizo más que extender tal conflicto sobre sus nacidos durante la Gran Depresión.

Como un precursor sin rumbo, y cuyo reconocimiento retrotrae todas las especulaciones sobre la obra literaria trascendente, John Fante representó a la inmigración italiana, a la educación a los golpes, entre oficios humillantes y la licuación social del pensamiento original; un foco de resistencia que, sin piernas y agonizando por diabetes, dictó su última novela. Algo que Roth no sufrió, pero justamente lo dejó en el borde de un conflicto silente. En 1959 publica su primer libro, Goodbye, Columbus, con una novela corta y cinco relatos, con el que gana el National Book Award. Luego, en pleno conflicto de Guerra Fría, Flower Power y guerra de Vietnam, su vida matrimonial lo lleva a un divorcio tan malévolo como perniciosa era su relación: Margaret, la esposa, llegó a empeñar su máquina de escribir. Hasta el éxito de El lamento de Portnoy (1968), Roth migró entre la desazón y el fracaso de dos novelas consecutivas, Deudas y dolores (1962) y Cuando ella era buena (1967). Pero lo decisivo era en qué ámbito cultural dejaba huella con su estilo, cuáles jugadores tenían un rol destacado y acaso ejemplar, qué era un escritor, y cómo debía ser, pese a todo, para ser leído. O más cruel: cuál debe ser la materia original donde ubicar la propia obra.

La máquina de digerir oposiciones

La irrupción de Roth ocurre mientras William Styron publica Esta casa en llamas (1960) –tal vez una de las novelas más importantes en la tradición sureña– y Las confesiones de Nat Turner (1967). En sí, Styron va desde qué es ser un escritor americano en Italia hasta la violencia de los conflictos raciales, no sin antes establecer un punto de influencia crítica y de reconocimiento en París con la fundación de The Paris Review en 1953, revista que difundiría la primera publicación de Roth. En paralelo, el ex marine de la Segunda Guerra y egresado del taller de escritura creativa de Iowa Oakley Hall publica Warlock en 1958, novela adaptada al cine de inmediato y estrenada el año siguiente. Esta visión desencajada de la conquista del oeste, de un escritor del oeste, guionista de Hollywood como John Fante, recibió la admiración incondicional de Thomas Pynchon, así como extendió su influencia sobre lo que sería el cine americano retomando el western años después. A sangre, fuego, corrupción y negociados, la conquista no fue una quimera. Estas dos visiones monolíticas, una del este neoyorquino, la otra, de un salvajismo irredento, bascularon en la discusión de Estado que la política estadounidense tomó como propia: qué es el “ser norteamericano”. Vivo ejemplo de tal preocupación fue la dura crítica de Graham Greene al intervencionismo en Vietnam con El americano impasible (1955) y cuyo resultado cinematográfico de 1958, a manos de Joseph Mankiewicz, diluye e incluso avala tal política en el sudeste asiático. La máquina de digerir oposiciones mostraba sus dientes a todos los escritores.

Cuestión introspectiva

De hecho, Philip Roth pone distancia con la tribu, con el mandato cultural migratorio, desde el momento en que su El lamento de Portnoy es calificada como pornográfica por la comunidad judía norteamericana. Este efecto colateral lo ubica en una nueva visión respecto de su propia obra, en sus palabras en la entrevista citada: “Nathan Zuckerman (N. de R.: su personaje y alter ego) es una pose. En todo es el arte de la suplantación. Es la gema novelística fundamental. Zuckerman es un escritor que quiere ser un médico que se hace pasar por un pornógrafo. Entonces, soy un escritor que escribe un libro que se hace pasar por un escritor que quiere ser médico y se hace pasar por un pornógrafo, quien luego, para complicar la suplantación de identidad, se pone al borde, finge que es un conocido crítico literario. Hacer una biografía falsa, escribir una historia falsa, inventar una existencia a medias imaginaria del verdadero drama de mi vida, eso es mi vida. Tiene que haber algo de placer en este trabajo, y eso es todo. Ir disfrazado para actuar un personaje”.

Esta compulsa de espejos y laberintos, este mecanismo que confiesa, fue su arca creativa y también su refugio de la debacle agresiva de una sociedad en constante conflicto con su identidad. La preservación del escritor, ante la depresión como síntoma general, fue de la mano del psicoanálisis, valor agregado para sobrellevar la carga hereditaria, el fracaso amoroso, la duda sobre su destino literario, incluso para enfrentar el desafío del éxito y su exigencia como objeto en el consumo de masas. Sin dudas, el nicho, el lugar en el mundo de su creatividad, estaba en el análisis de ciertos fracasos del “ser americano”, cuestión introspectiva que lo incluía como heterosexual, blanco y a la vez reconocido como voz autorizada de una comunidad de escritores en ebullición.

Posiciones antiautoritarias, marginales

De esta etapa, como muestra experimental y homenaje, proviene El pecho (1972), de la que el filósofo Luis Diego Fernández dice: “Una alegoría kafkiana que cuenta la historia de un profesor que un día se despierta convertido en una teta de setenta kilos. Bizarra reflexión sobre la sexualidad y lo normal. (…) Mucho de lo que escribió, con el neopuritanismo reinante hoy, sería impublicable en nuestro presente”.

Roth salió de la entelequia sobre la identidad americana apuntando sus lecturas hacia Europa; al fin, de allí provenía su linaje. Gombrowicz, Céline, Joyce, Jean Genet, Tadeusz Konwicki, posiciones antiautoritarias, personalísimas, marginales e incluso incómodas. De allí que el salto, la búsqueda de su obra, inscribe una forma de la mirada del escritor como respuesta al deber de compra, consumo y digestión. Y su más allá de la estructura formal: la negación de la creencia, del objetivo de estado para redención en un futuro promisorio (siempre promesa incumplida).

El calvario real

Su obra no está exenta de cierta premonición: en La mancha humana (2000) recrea el calvario real de un profesor universitario perseguido como racista por un comentario ante sus alumnos. Debido a dos alumnos ausentes reiterados, cuyos rostros ni siquiera conocía, se atrevió a llamarlos “fantasmas”, término despectivo respecto de los esclavos. La redimensión del vocablo estructura una crítica al sistema de corrección política, donde los jueces pasan a ser también fantasmas, mientras la víctima queda sin lugar para una legítima defensa. Esta situación condenatoria antes de cualquier juicio es también una crítica al sistema de valoración universitario, aquel que utilizó la CIA como pie de plomo para crear sus propios escritores nacionales, más precisamente en Iowa.

Validando eso de que el destino americano es la ironía, por caso, y ya consagrado como escritor, Philip Roth fue docente en ese laboratorio de escritura creativa. Esto no significa que su mirada crítica claudicara bajo tal yugo de la inteligencia, sino que la caída del Muro de Berlín puso punto final a una búsqueda que, a las claras, ya tenía fijados qué escritores eran los verdaderos americanos, entre ellos, él mismo. Contra la obra publicada, y su repercusión crítica, no hay política que pueda sumirla en el olvido. Este pequeño triunfo práctico es un sendero para las nuevas generaciones, más allá de los premios, elogios y versiones cinematográficas. En el final, el escritor es su soledad contra todo tipo de materias hostiles.

Perversión por influencias

De sus 31 novelas quedan por destacar ciertas joyas indigestas para los sistemas morales que basculan como dogmas: El teatro de Sabbath (1995), donde un titiritero opera sobre la sexualidad femenina esclavizando existencias miserables para hacerlas más miserables aún; Pastoral americana (1997), allí el sueño americano de un judío ejemplar de Newark, joven, encarnación del éxito, cae abrumado en el descalabro de valores y egoísmos del entorno familiar; y La conjura contra América (2004), ucronía donde Charles Lindbergh se convierte en presidente de Estados Unidos y el antisemitismo deja todo tipo de sutilezas para ocupar el lugar de la acción política, claro reclamo a una sociedad americana que tardó en involucrarse en la guerra contra Alemania, a la vez que no ocultó su racismo consensuado con otras inmigraciones.

Cabe subrayar que Philip Roth no recibió el Premio Nobel de Literatura y sí Bob Dylan, no menos americano, judío, blanco o heterosexual, pero más icónico desde el rock y la poesía alternativa. Pero también esto fue síntoma del sistema de la Academia Sueca y su delicada perversión por influencias, hoy sospechadas como directa corrupción sobre la elección de los premiados. El prestigio cultural de Europa, cuestionado hasta su íntimo origen, no entregará el premio este año. Tal vez la muerte de Roth sea una salida de escena, al estilo de la “escena vacía” que pedían los inmigrantes españoles luego de presenciar las obras de Federico García Lorca en los teatros de Avenida de Mayo, en Buenos Aires. El vacío escenario era para que, de pie, todos aplaudieran al autor asesinado. Un homenaje que Philip aprobaría con una sonrisa cómplice.

 

‘Why Write?’

En octubre, Penguin Random House publicará una edición ampliada de los ensayos sobre el oficio literario de Philip Roth. A lo largo de una carrera literaria que abarca medio siglo y que incluye los premios y honores más prestigiosos a nivel mundial, Philip Roth ha producido una cantidad extraordinaria de no ficción sobre una amplia variedad de temas: su propio trabajo y el de otros escritores a los que admira, el proceso creativo y el estado de la cultura norteamericana. Roth describe sus ensayos como una forma de revelarse a sí mismo fuera de los disfraces, las invenciones y los artificios de la novela. Este trabajo se reúne por primera vez en Why Write? –título que refleja toda la franqueza rothiana–, una selección elaborada por el propio autor, dividida en tres secciones. En este volumen se incluye lo indispensable de Lecturas de mí mismo, una serie de ensayos, artículos y entrevistas; el texto íntegro de El oficio, compuesto por conversaciones con otros escritores, y por último, Explanations, una colección de 14 piezas tardías recogidas en este volumen por primera vez, seis de ellas nunca antes publicadas.

En esta última parte se destacas Mi ucronía, un relato sobre la génesis de La conjura contra América; “Errata”, una carta abierta a Wikipedia que escribió en 2012 en la web de The New Yorker para corregir algunos de los errores ofensivos sobre su vida y su obra que aparecían en la enciclopedia online; y “La implacable intimidad de la ficción”, un discurso pronunciado en su 80º aniversario que celebra el estilo de vida rebelde de su héroe Mickey Sabbath, de El teatro de Sabbath. También se incluyen dos largas entrevistas concedidas después de que Roth se retirara, que constituyen una reflexión sobre su labor vital como escritor: “Cada mañana, durante cincuenta años, me enfrenté a la página indefenso y desprevenido. Escribir para mí fue un acto de supervivencia”.


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