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CULTURA / apuntes en viaje
sábado 25 marzo, 2017

Formosa

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por Selva Almada

. Foto: Marta toledo
La primera vez que fui a Formosa tenía 19 años y una amiga que había nacido y se había criado allá. Estudiábamos juntas en Paraná y cuando ella, blanquísima y de ojos claros, decía que era formoseña todos se la quedaban mirando como preguntándose por qué no era india o negra, por qué era culta y tenía apellido francés, cómo era posible que cursara dos carreras al mismo tiempo. Nos daba risa. Su madre era formoseña y su abuela, la Mamá Nena, regía la vida de toda su familia desde un pueblo llamado Pozo del Tigre, en el interior de Formosa. También la vida de mi amiga, a la que seguía por carta y a veces por teléfono. La Mamá Nena era una mujer terrible, como una matrona de la novela latinoamericana. Pero mi amiga la adoraba.

Fuimos en las vacaciones de invierno y allá hacía tanto calor como en la primavera paranaense. A mí justo me había dejado un novio así que esas dos semanas fueron de puro llanto, chipá que les comprábamos a los vendedores que llevaban una canasta sobre la cabeza, y algunas llamadas de larga distancia a escondidas de la madre de mi amiga. Llamadas que sólo me traían más llanto y más tristeza.
Nada me gustaba en Formosa.

Pero una tarde íbamos caminando por una vereda arbolada. Aunque fuera julio, las copas de los árboles no habían perdido ni hojas ni verde. Ibamos charlando y por alguna razón miré hacia arriba y vi lo más fascinante que vi en mi vida: gruesos mantones de telarañas formaban un túnel sobre nosotras, desde los árboles a los aleros de las casas, y cientos de arañas negras, del tamaño de una bolita de paraíso, se desparramaban sobre los hilos como borlas de terciopelo. Era aterrador y hermoso.
Volví hace poco, más de veinte años después. Mi amiga nunca volvió a vivir allí.

Mientras iba en el taxi del aeropuerto al hotel miraba por la ventanilla las calles más de ripio que de asfalto, las cuadrillas de motitos zumbonas que nos pasaban al lado, la cartelería groncha y colorida, el ambiente de mercado paraguayo. Entre los carteles de negocios y propagandas varias se intercalaban a cada rato las gigantografías de Gildo Insfrán, el hombre que gobierna la provincia desde hace más de veinte años: Insfrán sonriente abrazando a niños, viejos, mujeres, obreros con sus cascos, cortando cintas, inaugurando edificios. Insfrán omnipresente. Entonces volvió la sensación que había tenido aquella vez con el túnel de arañas, aunque esta vez la sensación era solamente espanto, sin maravilla, sin fascinación.
Subí muchas veces a la terraza del Hotel Internacional de Turismo, una mole de cemento, cuadrada, moderna, diseñada en los años 60 por Juan Kurchan, el mismo de la silla BKF. Desde allí miraba el río Colorado, los pequeños barcos, las lanchas que hacen su viaje de hormiga a Alberdi, en la orilla paraguaya. A la noche me sentaba en la terraza del bar; el calor y los bichos, unas cucarachas grandes, amarillas y antenudas, prehistóricas, a veces me chocaban la cara o las caídas en el piso me arañaban los tobillos. De algún sitio salía siempre música tropical, fuera adonde fuera… o la música estaba en mi cabeza, quizá; me había quedado grabada del trayecto en taxi tal vez.

El hotel había sido espléndido alguna vez, se nota en los ascensores, en las escaleras, aun en la moquette apelmazada y roñosa. Tiene un salón dorado, también. En las escalinatas de la entrada las novias y las quinceañeras se sacan fotos con sus vestidos largos y sus zapatos forrados de la misma tela. Sonríen, brillantes de sudor, a la cámara del fotógrafo de sociales, con sus cabellos recogidos en peinados altos y abultados como postres o llovidos del planchado, apenas sostenidos por hebillitas de strass.

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