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CULTURA /
domingo 12 julio, 2015

Katchadjian; dixit engordado

Redacción de Perfil.com

El caso de Borges resulta particularmente interesante para pensar la sacralización del escritor, por eso pensé en engordar el Corán, pero un amigo me advirtió que Salman Rushdie había registrado como marca “el derecho a la fatwa”, en Londres. Desistí por la posibilidad de otro juicio, esta vez internacional.
Borges es un escritor que me interesa, me gusta, me parece un gran autor, y por otro lado está esto otro con su figura. Es como con Maradona: está el hombre y está el jugador. Pero como no sé jugar al fútbol y es imposible que pueda engordar un resultado, entonces engordo libros.
Creo que no hace falta conocer los originales. Mis versiones son textos que tienen autonomía, aunque cuando empecé a engordar los seminarios de Lacan sentí que estaba buscando un amo, entonces abandoné.
Quiero publicar una novela con 385 páginas sin texto, casi un libro guía para los autores que sienten pánico a la página en blanco al momento de escribir. Y ahora ando paseando con esa pilita de hojas vacías sin poder sentarme a verlas. Estoy esperando que pase todo esto a ver si puedo volver a escribir tranquilo.
Si bien no intenté ocultarme en el estilo de Borges, tampoco escribí con la idea de hacerme demasiado visible, y como me han ofrecido hacer merchandising con mi aspecto, un muñequito, tengo dudas. Un amigo me dijo: “No sea cosa que termines decorando la luneta de los taxis de Buenos Aires, viendo cómo todo se aleja”.
A mí no me interesa todo esto, yo no quería un juicio, ningún tipo de proceso, ningún tipo de publicidad, de todas formas espero que me inviten a Gran Hermano, yo engordaría las conversaciones de los participantes.
El procedimiento no difiere en lo sustancial de lo que se ve a lo largo de toda la historia de la literatura: trabajar en base a textos preexistentes, reversionarlos y reelaborarlos. Por eso ahora estoy trabajando en mezclar, uno a uno, los versos de La divina comedia y La odisea. Ya tengo el título: La divina tragedia. El problema es que entre las llamas del infierno corren riesgo las sirenas y no quiero que me acusen por violencia de género.
A veces creo que mi método puede ser una herramienta para la lucha contra la obesidad: si las personas engordan libros, mientras lo hacen comen menos, y entonces adelgazan. Tal vez por esa combinación de cosas me dieron ganas de trabajar con un texto que todavía está abierto, como una heladera.
Todas las profanaciones exigen un ritual, y el ritual siempre tiene que ver con el juego. Ya en la escuela primaria yo engordaba las redacciones de mis compañeros durante los recreos, hasta que no pude imitar la caligrafía y me descubrieron, por eso sufrí bullying.
El libro se me ocurrió de la nada, arranqué un día en una libretita y enseguida empecé a darle forma, forma oblonga, de paralelogramo, esférica, cúbica, todo por impulso, hoy creo que funcionó como puente, como un ritual de pase entre la lírica y la prosa, como ocurre cuando a un cover de Blur lo ejecutan a ritmo de cumbia, de alguna manera soy un Agapornis literario.

El texto precedente es un engordamiento de las declaraciones mediáticas de Pablo Katchadjian.


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