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CULTURA / muestra
sábado 1 septiembre, 2018

La letra con sangre entra

Con curaduría de Fernando Davis, se presenta en la Galería Rolf la exposición “Argento”, de Cristina Piffer, donde se ponen en funcionamiento diversas estrategias poéticas y políticas; por una parte, el registro fotográfico como huella y por otra, los materiales orgánicos –grasa, carne, sangre deshidratada– como dispositivos no convencionales y alegóricos.

Laura Isola

Civilización y barbarie. La sangre, la carne y la grasa, materiales que la artista utiliza para pintar, modelar e imprimir. Foto: ROLF

En la huella del cuerpo, la sangre y el delito se acomodan en las ruedas de la carreta que cruza el siglo XIX argentino y se mete en el siguiente. No solo entre política y asesinato está la dependencia, “antigua y estrecha (que) se encuentra en los cimientos de todo poder”, definida por Hans Magnus Enzensberger. Sino en lo que a partir de Josefina Ludmer llamamos los “cuentos de delito”. Ficciones literarias que sirven –son útiles, Ludmer escribió un “manual”– para leer constelaciones que marcan líneas de tiempo pero también tensan el vínculo entre cultura, en la variante de creencias culturales, y el Estado. Las primeras son múltiples y no siempre están en sincronía con las necesidades estatales de un tiempo único, firme y homogéneo.

Asimismo, esta exquisita crítica literaria entiende que estos cuentos de delito, si bien pertenecen al corpus de la literatura argentina, son una masa hecha con esa materia prima, cruzan la frontera de la ficción y sus sujetos, las familias, víctimas y victimarios están en la cultura argentina. Traza un borde poroso que no distingue texto de contexto. De esta manera pone en escena dos dramas: “El drama cultural de creencias en las diferencias y el drama político del Estado en cada coyuntura histórica”.

Si El cuerpo del delito. Un manual, de Josefina Ludmer, –así se titula el libro en cuestión– tuviera ilustraciones, estas serían obras de Cristina Piffer. No tanto en el sentido literal sino en la posibilidad de transmutar una hipótesis compleja y proteica en piezas de arte. También ahí el límite se difumina entre la obra de arte y el contexto. Las fotos tomadas por el antropólogo alemán Robert Lehmann Nitsche, jefe de la Sección Antropológica del Museo de La Plata, y Carlos Bruch, fotógrafo del museo y jefe de la Sección Zoológica, sobre la investigación antropométrica que llevaron a cabo sobre los indígenas en el ingenio La Esperanza exhiben su doble sentido: el estético y la denuncia.

La belleza de esos rostros, de frente y perfil anuda la disonancia de lo heterogéneo, de una armonía otra, con el exterminio implacable. En los positivos sobre placa de vidrio revelados con la técnica de colodión húmedo aparecen los rostros que fueron las cifras de una estadística para la desaparición.

La sangre, la carne y la grasa, materiales que Piffer utiliza para pintar, modelar e imprimir, se procesan en bateas que parecen estar colocadas en las orillas de los relatos más famosos de la literatura argentina. Los que cruzan una imaginación política, Rosas y la barbarie, la anhelada nación para el desierto argentino, la modernización del país, con los albores de literatura nacional. “Cultivar el suelo es servir a la patria”, “La barbarie está maldita” y “Millones de hectáreas” son las frases que atraviesan, impresas en grasa y sangre, como tajos las representaciones de una historia violenta.

El unitario se escurre en los charcos de sangre que dejan las negras achuradoras y que se beben los mastines, entre las risotadas y las inmundicias que se cuentan en El matadero de Esteban Echeverría. Entre el barro y las achuras, revienta de rabia “el cajetilla que monta como los gringos” antes de perder los pantalones y ser humillado. La refalosa de Ascasubi, por su parte, es un poema plagado de instrucciones para cortar en lonjas, rebanar orejas, hacer pelo y barba y dejar al unitario bien mareado para “refalar” en su propia sangre y en su propia muerte. Argento, título que le da a la muestra un carácter desplazado y casi irónico o al menos burlesco, es una reunión macabra. Argento es lunfardo pero también es plata. Es lo bajo y lo alto de un sistema cultural. Es la ruina y el resplandor, al mismo tiempo.

Piffer “embellece”, con una perfección deslumbrante, lo abyecto. Todas las piezas tienen un buen lejos que está dado por esa factura excelsa. Filtra las excrecencias, las sobras orgánicas, las deja aniquiladas y exangües. Es prolija y minuciosa para destripar los relatos oficiales y hacer una carnicería con las buenas conciencias adormecidas.

 

Argento

Cristina Piffer

Curador: Fernando Davis

Galería Rolf. Esmeralda 1353

De lunes a viernes de 11 a 20.


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