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CULTURA / Reseña
lunes 23 abril, 2018

Mantel de viento

Sobre Mantel de hule, Samuel M. Cabanchik, Ediciones en Danza, 104 páginas, marzo 2018.

Omar Genovese

Mantel de hule, de Samuel M. Cabanchik Foto: Cedoc

Qué parte del pasado no es más que una marea inquieta incapaz de regreso como imagen íntegra. Qué parte del ser se ha desgranado hasta mutar en angustia contenida. Así define el territorio del lenguaje Cabanchik, una desolación controlada en tanto la lectura progresa por otro tipo de baldío. La soledad es la definición que la infancia desconoce, se limita a vivirla, como una deuda del entorno, como si la formación emocional fuera esa tensión infinita deudora de las antenas de los escarabajos, o del olfato de algún depredador. En los breves poemas de esta serie se prescinde del fatalismo, la culpa, también de la medida ejemplar. Existe un cuidado en la elección de las sucesiones de imágenes, del retruécano abisal que evoca: a veces el poeta desaparece en sí para que retorne la simplicidad de lo invocado.

Extraño efecto, como la pérdida de la educación al preguntarnos por qué fue ese pasado y no otro, ni se perfila el destino, de manera sutil, tal vez ácrata, la vida ya ocurrió y la pesadilla es el recuerdo. Aires de tango, aires de gauchesca, cierto ritmo de balada apócrifa, sin resonancia en el éxito del amor ansioso, la esperanza de salvación en los límites del destino otro, no es más que un recurso tardío. Por eso la progresión de la devastación poética, una oralidad que desentiende la férrea resistencia de los objetos.

Cabanchik, de pensarse en una generación perdida, regresa a la letra como tantos para señalar esa imposible felicidad que prometió la infancia incendiada de una sola vez, bosque trunco. Los desengaños, la distancia con el universo de los mayores (su vacuo efecto, su desprecio ególatra), hicieron al riesgo de una construcción verbal, sustantiva en el errar por la falta de afectos. Y ahí muta en territorio, parece vencer el mandato de todos los saberes, sacarlos de sí como un conjuro para hacer efectiva la contención, ser preciso. En páginas pretéritas referí a que “no existe literatura sin el andamio crítico de la filosofía”. Tal vez esto no se aplique a la poesía, pero aquí el poeta saltó desnudo a su desierto de emociones primarias, gesto inusual.

Mantel de hule

 


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