CULTURA
Rodrigo Fresn

Opiniones de un cuentista conservador

Radicado desde 1999 en Barcelona, el autor de “Jardines de Kensington” y “La velocidad de las cosas”, recién reeditados en la Argentina, ensaya: “La idea de no límite está en el ADN del escritor argentino”. Define de qué se trata su “irrealismo lógico” y explica por qué no cree ser “el escritor de los ‘freaks’”. Exilio, boom y literatura decimonónica.

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LECTOR QUE ESCRIBE. "No les creo a los escritores que trabajan de orculos comprometidos". | Cedoc

Tal vez porque la imagen estereotipada de Rodrigo Fresán (Buenos Aires, 1963) es la del chico posmo que dispara pantallazos de historias suculentas plagadas de anglicismos. O porque sus artículos sobre Hannibal Lecter o la banda británica Pulp circulan todas las semanas en el suplemento cultural de Página/12. El asunto es que muchos pensarían que, frente a la pregunta por el libro que siempre le hubiera gustado escribir, Fresán podría mencionar, por ejemplo, Matadero cinco, de Kurt Vonnegut. Pero no. A la hora de nombrar uno solo, el creador de personajes más o menos freaks –outsiders a los que emparenta con el aura de mesías privado y el glamour loser de los de J.D. Salinger, con la epifanía estallando en lo cotidiano de John Cheever, con los climas extraños de las películas de los hermanos Cohen o Tim Burton, con el fraseo de Bob Dylan o el crescendo orquestal de The Beatles– elige el drama publicado por Emily Brontë con seudónimo, en 1847: Cumbres borrascosas .

—Me interesa la literatura decimonónica. Cuando me califican de escritor pop, lo acepto con resignación porque no es insultante. Pero yo no me considero así. Nadie está librado de las referencias tipo crónica a la época en que transcurre su obra. A no ser Kafka o los escritores de universos envasados al vacío. Sargent Pepper , por ejemplo, ni siquiera fue una influencia musical. Recuerdo cuando mi papá trajo ese disco y vi la portada. Pensaba quién es toda esta gente, por qué Los Beatles están rodeados de ellos. Ahí supe quién era Dylan. Y seguramente de allí viene toda esa cosa de “dónde está Wally” que tienen mis libros. Pero los escritores que más te influyen muchas veces no son los más parecidos a uno. Finalmente, lo que uno hace, lo que termina siendo considerado como estilo propio, puede ser la suma de imposibilidades de hacer otras cosas. Tal vez Fellini quería hacer cine norteamericano de los años 30...

Fresán eligió Cumbres borrascosas en la primera parte de esta entrevista, durante la última primavera de Barcelona, ciudad donde vive desde 1999. Y ahora, a principios de febrero de 2007, vía mail, lo ratifica. Y agrega, tajante, que aunque escriba libros de cuentos que permiten armar novelas, los géneros son problemas de editor, y que a él lo que más le interesa de un libro es “ la historia y la voz que la cuenta”. Le gustan los cuentos “ orgánicos”, detesta los rejuntes. Lo declaró otras veces. Eso y que “ la historia argentina es tan tumultuosa, tan desordenada, tan cíclica, tan espasmódica, que tiene forma de cuentos: todo el tiempo vuelve a empezar y se encapsula sobre sí misma”.

Fresán es un “cuentista conservador”, cuyos libros, una vez publicados, nunca están terminados, porque suma a cada reedición inserts con historias nuevas, además de barrer alguna errata. En diciembre de 2006 se reeditaron Jardines de Kensington y La velocidad de las cosas. El primero está en proceso de edición en catorce países y, en Inglaterra, fue elegido el libro extranjero del año por el Financial Times y elogiado por The New York Times. La velocidad..., una reflexión sobre “ la aceleración que experimenta una simple vida en el momento exacto de convertirse en una historia digna de ser contada”, apareció aquí en su tercera versión aumentada, de casi 600 páginas.

—Agregar lo que voy descubriendo es un poco una venganza divertida contra el bonus track de los CD o DVD. ¿La estética del zapping, eso de no querer perderse nada? A esta altura, me parece más una tara de la infancia, una voracidad unplugged.

Las historias de Fresán incluyen el secuestro que protagonizó –no sufrió– a los diez años a manos de la Triple A (Historia argentina); un fan del pop estadounidense que narra México en una colección sobre ciudades (Mantra); la Inglaterra victoriana de J.M. Barrie, autor de Peter Pan (Jardines...) o una niña muy fea dispuesta a encontrar pruebas irrefutables de vida en otros planetas o un perdedor obsesionado por 2001: odisea del espacio (La velocidad...).

—Una de las tantas maneras de dividir a los escritores es entre los lectores que escriben y los escritores que leen. Estos son los de ambiciones olímpicas, que trabajan de oráculo comprometido y tienen claves para el malestar del milenio. No les creo. La referencias –intertextuales– son consecuencia de mi vida como lector. Siempre recuerdo la felicidad que me causa detectar guiños en libros de Cheever, Salinger o Vonnegut.

—¿Por qué la atracción por personajes “freaks”?
—Para mí no son freaks. Es cierto que es una cosa que me dicen mucho, que soy un escritor freak, el escritor de los freaks y no sé qué más. Pero no tengo una mirada prejuiciosa, no veo a personas o personajes como fenómenos; más bien me muestran historias atractivas. Aparte, la categoría de freak podría ser aplicable a Borges, digamos: un escritor hecho a partir de su biblioteca, ciego, viviendo en la Argentina y reformulando el mundo desde ahí.

—¿Qué es el “irrealismo lógico”, la categoría que usó para englobar su obra?
—Una respuesta un poco tonta que se me ocurrió para dirimir rápidamente el problema que se plantea en toda entrevista a un escritor latinoamericano en el extranjero: la eterna pregunta acerca del realismo mágico.

Fresán pone gesto de cansancio y dice que en el boom latinoamericano hay “una idea de nostalgia, en esas grandes novelas producidas por un grupo cohesionado de escritores-amigos, con militancia política”. Pero que esas grandes novelas ya fueron escritas. Y está bien que permanezcan. “Lo que no me parece muy correcto es que se las siga pidiendo a cualquier escritor latinoamericano”.

—¿Cuál es su relación con ellas?
—En mis libros hay gente que vuela, más allá de Peter Pan (risas), y lo de Canciones Tristes –territorio imaginario de algunas de sus obras– no es una parodia del Macondo de Cien años de soledad. Lo que pasa es que la literatura argentina es muy peculiar en el contexto de América latina. Mucho de la literatura latinoamericana tiene las raíces muy hundidas en el suelo donde se escribe y las de la literatura argentina están en la pared y generalmente en la pared está la biblioteca. La idea del escritor-lector nutriéndose de todo. No sólo Borges: están Cortázar, Piglia, Marcelo Cohen. Está en el ADN del escritor argentino la idea de no límite.

—¿Cambió su literatura en España?
—No soy muy consciente de eso. Es cierto que en los últimos dos libros no aparece la palabra “Argentina”, pero se venía dando. Vine a España como corresponsal, no para cambiar literariamente. Admiro al escritor que escribe sobre su manzana durante toda su vida, como Rulfo. Pero no podría: el volver a empezar te limpia la cabeza y las pupilas.

—¿Ve desde España una “literatura argentina”?
—Mi impresión, es sólo eso, es que se viró bastante hacia un realismo social muy inmediato. Por el cine, básicamente. Pero las reseñas también suelen mostrar libros muy instalados en el momento, como una especie de creatividad de la crisis y de cierto pedido de cuentas a la década de los 90, una actitud un poco “Conde de Montecristo” para con el pasado. Yo no siento que tenga que matar a ningún padre o abuelo. El único requerimiento social que se puede hacer a un escritor es que cuente buenas historias. Recuerdo el efecto que me produjeron los libros cuando era chico, la apertura de mundos, y eso me parece ya bastante loable.

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