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CULTURA / Emily Brontë y Juana Manuela Gorriti
domingo 4 marzo, 2018

Vidas paralelas

Figuras emblemáticas de la liberación femenina avant la lettre, tanto la obra de Emily Brontë como la de Juana Manuela Gorriti admiten ser leídas como ejercicios de independencia intelectual femenina en una época donde la escritura profesional era predominantemente masculina. La efeméride que las convoca permite comprender, en su legado, las disputas encendidas del presente.

por Gonzalo Santos

. Foto: Cedoc
Siempre es difícil analizar un espíritu de época, o determinar qué es parte de un zeitgeist y qué corresponde a una moda; sin embargo, si hay algo en lo que hay consenso son las reivindicaciones de las mujeres.

Desde hace un tiempo, las problemáticas de género pasaron a ocupar la centralidad en la agenda de los grandes medios y hoy se habla de “patriarcado” y se deconstruye sentido común hasta en esos programas de chimentos donde cada semana debaten el exabrupto del geronte de turno, al que terminan excusando por anacrónico.

Pero el anacronismo no es solo privativo de carcamales del mundo del espectáculo.

En el campo cultural todavía quedan algunos prejuicios. Aún hoy hay quienes hablan de “literatura femenina”. Por supuesto, se sabe que siempre hay algo físico y corporal en la escritura, pero en el caso de las mujeres parece que la sexualidad fuera una variable que tiene un peso suficiente como para definir un género. Como si la menarca determinara o les dictara una sintaxis o una gramática.
Por suerte, esas obsolescencias parecen cada vez más una excepción, y en la historia de la literatura hubo muchas mujeres que contribuyeron a ello.
Este año se da la coincidencia de que se cumplen doscientos años del nacimiento de dos de ellas, una inglesa y otra argentina: Emily Brontë y la muy olvidada Juana Manuela Gorriti.
A simple vista, por supuesto, pareciera haber poco en común entre la escritora huraña de Yorkshire y la salteña aventurera, y plantear un paralelismo plutarquiano puede ser riesgoso. Sin embargo, una mirada un poco más atenta puede develar algunas intersecciones interesantes.

En el caso de Emily, y más allá de algunos poemas dispersos, esa obra está compuesta de un solo libro: Cumbres borrascosas, una novela habitada por un monstruo mucho más terrible que Frankenstein, porque lo cierto es que hasta el engendro de la novela de Mary Shelley –de cuya publicación, por cierto, ahora se cumplirán cien años– demuestra sentimientos más humanos que los de Heathcliff. No por nada este personaje llegó a fascinar a Lovecraft o a George Bataille, autor que en La literatura y el mal considera esa novela como aquella en la que el mal aparece en su forma más perfecta.
La trama, recordemos, se inicia cuando Lockwood, un extranjero, llega a Cumbres Borrascosas, hacienda cuyo casero, el señor Heathcliff, le alquila una propiedad vecina: la Granja de los Tordos. A partir de entonces, la narración estará a cargo de quien acaso es lo más parecido a un narrador omnisciente: un ama de llaves indiscreta. Por medio de ella vamos descubriendo la historia de Heathcliff, a quien el señor Linton adopta luego de encontrarlo abandonado en uno de sus viajes, aunque nunca sabemos en qué circunstancias: de hecho, todo lo que ocurre fuera de ese páramo que circunscriben esas dos propiedades, ese “titánico escenario cósmico”, como lo llama Lovecraft, “el paraíso perfecto de un misántropo”, como lo llama Lookwood, es un gran espacio en blanco del que nada se sabe: es casi como si no existiera un más allá de ese lugar. Nunca se sabe qué les ocurre a los personajes cuando lo abandonan.

En ese territorio, el pequeño Heathcliff no tarda en recibir las hostilidades y humillaciones del hijo de Linton; pero, al mismo tiempo, también conoce el amor de su hija, Catherine, con quien irá germinando –otra vez Lovecraft– “una relación mucho más honda y terrible que el amor humano”.
Por supuesto, sabemos que los escritores románticos solían exaltar las pasiones humanas, y que para ellos muchas veces el amor desemboca en la muerte, como de hecho pasa con Juana Gorriti –ya hablaremos de ella– en relatos como La quena. Pero en el caso de Emily hay otros condimentos, entre ellos la venganza llevada hasta sus últimas e inhumanas consecuencias, la maldad e incluso la conciencia de la maldad, porque Heathcliff no se engaña: como señala Bataille, sabe que representa el mal y que lo que está combatiendo es el bien.
Ahora, ¿cómo hizo esta escritora para escribir un libro así, y construir un personaje así, desde ese pueblito rural de Yorkshire del que nunca salía? Laura Ramos, hija de Abelardo, que está por publicar un libro sobre las hermanas Brontë (ver recuadro), cuenta que una vez le hizo esta pregunta a Chitarroni, y él le dijo: “¡Porque leía!”.

Desde luego, la explicación es bastante insuficiente, pero hay otra que es, directamente, ridícula e incluso anacrónica. Claire Harman, una de las biógrafas de la familia, sostuvo hace poco que las habilidades verbales y literarias de Emily probablemente se debieron a que padecía el síndrome de Asperger, síndrome que también explicaría las pocas ganas de salir de su casa o la incomodidad que le producían algunas situaciones sociales. “A mí me parece que esa reducción que intenta extrapolar ideas y cultura del siglo XXI al XIX revela la incomprensión ante la aparición de un genio”, dice Laura Ramos. “Emily fue la más genial de las hermanas, escribía un diario íntimo que copiaba el estilo del diario de Byron y mezclaba realidad y ficción: contaba que estaba pelando papas, ponía una coma (tenía una pésima puntuación) y a continuación seguía con la epopeya de Augusta Geraldine Almeida, una reina de Gondal, su mundo imaginario, más sanguinaria que la condesa sangrienta de Alejandra Pizarnik”.
Recordemos que uno de los juegos de infancia, que compartía con sus hermanos Charlotte, Anne y Branwell –todos escritores–, consistía en crear reinos imaginarios a los que dotaban de leyes, historias e intrigas. Era como una especie de Simcity pero menos precario y primitivo.

Otro pasatiempo era, como señalaba Chitarroni, la lectura. Aunque la lectura no era solo un pasatiempo: con el tiempo fue una práctica que en cierto modo también adquirió un sentido sociopolítico. Hay que recordar que las mujeres pobres en la Inglaterra del siglo XIX tenían pocas opciones –casarse o trabajar, en resumen– y, según cuenta Laura Ramos, Emily nunca consideró la posibilidad de casarse. “Para ella instruirse era la única posibilidad de salvarse de la pobreza. El único oficio para una joven instruida en esa época era el ser institutriz o dama de compañía”, dice. “Si no se instruía, debía hacer los oficios de la clase trabajadora. De modo que para ellas instruirse era vital, si no pensaban en casarse. Esa elección era una elección política: no depender de un hombre para sobrevivir”, lo que según ella la convierte en una suerte de feminista avant la lettre.
Pero ese no es el aspecto que más le interesa a Laura, en cuyo libro escapa de las lecturas feministas, ni tampoco a Rodrigo Fresán, que tuvo la amabilidad de dialogar con PERFIL desde su casa en Barcelona.

En su última novela, La parte soñada, introduce un personaje, Penélope, que vive inmersa en el mundo de las hermanas Brontë, y en particular en el de Cumbres Borrascosas, novela que hasta es capaz de recitar de memoria y por la que siente una fascinación casi patológica.
En algún punto, algo así le pasa también a Fresán. “Mi primera aproximación al monstruo, al igual que la de Penélope, fue a través de una telenovela venezolana”, dice. “Mucho hielo seco, mucha roca de cartón piedra y, aun así, algo muy poderoso que trascendía a la escasez de recursos. Lo mismo me pasa con cualquiera de sus adaptaciones: nunca están a la altura pero se las arreglan para invocar la extrañeza del original. Tal vez la versión muy irrespetuosa y a la mexicana de Luis Buñuel sea la única que se acerca un poco en locura y pasión y morbo. Después llegué a la novela y ahí sigo”.
Fresán cuenta que la relee al menos una vez al año, junto a algún poema de Emily Brontë, y que lo sigue impresionando, intrigando, y todavía continúa sin entender esa mecánica tan diferente a la de las novelas de Jane Austen. “Es un libro escrito en trance para ser leído en trance”, dice.
—Ahora que se cumplen doscientos años del nacimiento de Emily, ¿qué importancia le das a su figura?
—Me parece que nadie ha contado la pasión y el desenfreno como ella y lamento profundamente el que tantas chicas jóvenes se enamoren de Christian Grey teniendo a su disposición a Heathcliff. Y por su extrañísima construcción en espejo incluyendo su propia secuela/variación. Otro libro al que no dejo de volver, y que me parece de algún modo complementario de Cumbres Borrascosas– es El gran Gatsby, de Fitzgerald, por su perfección apolínea. La perfección de Cumbres Borrascosas es decididamente dionisíaca.
—Me sorprende la comparación con Grey...
—Christian Grey es la versión tarada de Heathcliff. En realidad, de Heathcliff descienden unos cuantos, y todos salieron muy tontos. Pero está muy bien lo que hace Minae Mizumura con Cumbres..., en su Una novela real: un metaejercicio pastiche-hommage muy interesante.

Ahora bien, en la misma época en que Emily publicaba Cumbres..., con el seudónimo de Ellis Bell, del otro lado del océano –de este lado–, Juana Manuela Gorriti publicaba La quena, primera novela de una escritora sudamericana, e iniciaba así una carrera literaria que, con el tiempo, ayudaría a que otras mujeres se animasen también a escribir y a publicar, prácticas que en el siglo XIX, como todo lo “público”, estaban reservadas a los hombres. Si se permitía que una mujer se instruyera, era solo para “civilizar” o “pacificar”, tareas que quedaban circunscriptas a los límites de una casa, y para las que por supuesto no eran necesarias ciertas novelitas que podían despertar esos instintos bovaristas a los que el “sexo débil” era tan propenso.  
Graciela Batticuore, doctora en Letras e investigadora del Conicet, viene trabajando desde hace mucho sobre este tema, y publicó hace poco Lectoras del siglo XIX (Adriana Hidalgo), donde repasa las distintas representaciones decimonónicas sobre la mujer que lee, entre las cuales una de las más comunes era la de la “lectora de cartas”, o esa especie de lectora de “segunda mano”, que accedía a la información a través de un intermediario del sexo opuesto. Así ocurría con los diarios, sin bien al mismo tiempo se fueron constituyendo en medios que incentivaron la escritura de mujeres a través de las cartas de lectores. Pero al estar relacionados con asuntos públicos, su lectura solía quedar bajo la órbita del hombre, como se advierte en muchas pinturas de la época, o en Amalia, de Mármol, donde hay un hombre que lee –y selecciona, edita– para la mujer y los demás integrantes de la familia.
En ese contexto, ¿cómo pudo surgir una figura como Juana Manuela Gorriti? En la opinión de Batticuore, “Gorriti supo poner a su favor los recursos del romanticismo: las veladuras, los contrastes románticos entre la imagen de una mujer luchadora y sufriente que ‘perdía’ en el camino de la vida muchas cosas: bienes materiales, debido a las guerras (ella provenía de una familia patricia que donó, dice, todo a la patria), hijas que murieron antes que ella misma, hogares, matrimonio, seguridad material”.
Recordemos que Gorriti era hija del general Juán Ignacio Gorriti, gobernador de Salta que participó al lado de Güemes en las guerras de independencia, y su vida fue, por cierto, bastante más agitada que la de Emily. Digamos que mientras la autora de Cumbres... jugaba a construir reinos imaginarios, quienes rodeaban a Gorriti estaban ocupados en conquistar reinos o gobiernos bien reales, y eso le valió varias veces el ostracismo: primero por las luchas entre unitarios y federales –su padre era unitario–; después, en Bolivia, por el intento de golpe de Estado que había llevado a cabo su esposo, el capitán Manuel Isidoro Belzú.

De todos modos, como a los escritores siempre les viene bien recubrirse de una épica o una mitología, esos avatares le terminaron jugando a favor. “Sus contemporáneos románticos tejieron la leyenda de una mujer heroica y en cierto modo sufriente, que sin embargo luchaba por las causas patriotas y se oponía a tiranías como la de Rosas”, dice Batticuore. “Ofreció a su época y a su entorno el perfil de una mujer poco común, una escritora que fue entrando en el camino de la profesionalización”.
Sin embargo, y a pesar de que en los últimos años los estudios de género la rescaten como una adalid del feminismo, lo cierto es que, al igual que Emily, nunca manifestó opiniones a favor de la emancipación de la mujer, como sí lo hacía su coetánea Juana Manso. Incluso tiene un libro de cocina en el que, por el contrario, refuerza el estereotipo de la mujer como sacerdotisa del “santuario doméstico” (y en el que, por cierto –esto dicho entre paréntesis–, hay recetas muy tentadoras como esa “sopa teóloga” hecha a base de carne de pavo, cabeza de vaca y garbanzos, que desde aquí recomendamos con fervor).

Pero esas actitudes tienen un fundamento. “Ella pensaba que ostentar opiniones desafiantes para la idiosincrasia de su tiempo e incluso abordar una estética descarnada, como podía ser el naturalismo, ponía en flagrante peligro a una mujer autora”, explica Batticuore. “Es mejor ‘pintar con nieblas’, le aconsejó a su amiga, la peruana Mercedes Cabello, y todavía a fines del siglo XIX defiende esta política, antes que las declaraciones lisas y llanas a favor de la emancipación de la mujer. Por supuesto, se trata de una estrategia de supervivencia y, en ese marco, el romanticismo fue para Gorriti una buena coartada”.  
En cuanto a su poética, uno de los puntos en común con Emily es la atención y la composición literaria y fuertemente romántica del paisaje. “Podemos encontrar resonancias entre los iracundos páramos de Yorkshire y el paisaje rudo, agreste, del norte argentino donde nació Gorriti y transcurren muchas de sus ficciones”, dice Batticuore. “Horcones, Miraflores y la geografía salteña en general son el escenario de historias donde el amor y la política se entrecruzan de manera violenta, apasionada, y como sucede en Cumbres Borrascosas hay amor y odio, hay deseo y venganza, hay amores imposibles que terminan en locura y en muerte”, pero en el caso de Gorriti, aclara, “el conflicto no pasa tanto por la diferencia de clases sino por el drama que instalan la guerra y la política facciosa que define enemistades entre los amantes, con una lógica de Montescos y Capuletos que arruina toda posible felicidad”, pero también arruina, o anula, agreguemos, otra cosa: esa maldad pura, como la de Heathcliff, que solo puede producir una literatura no imbricada con la política, y de la que tal vez aquí no somos dignos.

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