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Aquella final de Pablo Escobar, Higuita y Loustau

Ni Pablo Pérez, ni D’Onofrio ni Domínguez. Tampoco Gallardo, Tevez o Angelici. Mucho menos Ocampo. El argentino que peor la pasó en una final de Copa Libertadores fue Juan Carlos Loustau. ¿El árbitro? El mismo.

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Ni Pablo Pérez, ni D’Onofrio ni Domínguez. Tampoco Gallardo, Tevez o Angelici. Mucho menos Ocampo. El argentino que peor la pasó en una final de Copa Libertadores fue Juan Carlos Loustau. ¿El árbitro? El mismo. Fue el 31 de mayo de 1989, cuando definieron Atlético Nacional, de Colombia, y Olimpia, de Paraguay. Allá fue Loustau, a tratar de hacer justicia, pero se enfrentó con un apriete de los buenos muchachos de Pablo Escobar. Se sabe: con esos no se juega.

La odisea de los árbitros argentinos en Colombia arranca dos semanas antes, en la semifinal. Nacional había perdido 2-0 ante Danubio, de Uruguay, pero tiene la revancha de local. Destinan a Carlos Espósito, Juan Bava y Abel Gnecco. La noche previa al partido están los tres en el hotel cuando cuatro muchachos vestidos de negro y con ametralladoras destruyen a golpes la puerta de la habitación y entran a los gritos. El líder de la banda va al grano:

—Tiene que ganar Nacional, ¿escucharon bien? Hay 50 mil dólares para cada uno. Las cabezas de ustedes tienen un precio, ¿entendieron?

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Nacional gana esa semifinal por 6-0, con cuatro goles de Albeiro Usuriaga, el delantero que cinco años después brilló en Independiente.

La primera final es en Paraguay y los colombianos pierden 2-0 ante Olimpia. Pero les queda la última ficha: otra vez definen en casa, otra vez con árbitros argentinos.

Julio Grondona, que sabía de los aprietes narcos, había logrado que la final se disputara en Bogotá, donde Pablo Escobar tiene menos control que en Medellín. De todos modos, ocurre: la noche previa al partido Loustau está cenando con Francisco Lamolina y Jorge Romero en el restaurante del hotel, se acerca un hombre con un maletín, lo deja debajo de la mesa y les dice: “Colombia no puede perder más finales”. Los árbitros intentan enfrentarlo, discuten, el hombre exhibe un arma, interviene el personal de seguridad del hotel. Un caos, hasta que el sujeto se retira con la valija.

Pero lo peor está por venir. El partido es correcto, sin grandes polémicas. Nacional gana 2-0 y deben definir por penales. La serie de cinco termina 4-4. Ahora deben ejecutar uno cada uno. Patea Gabriel González, de Olimpia, y ataja René Higuita. Si convierte Felipe Pérez se termina la pesadilla para Loustau. Pero falla. Es el turno de Jorge Guasch y otra vez ataja Higuita. Ahora sí, todas las esperanzas están puestas en Gildardo Gómez, pero patea afuera. El destino es sádico. Le toca a Fermín Balbuena: tercera posibilidad para Olimpia, tercera atajada de Higuita. La suerte, después de todo, tal vez esté del lado del árbitro. Luis Carlos Perea es el hombre que lo puede salvar. Toma poca carrera, dispara seco al medio y la saca el arquero. ¿Es posible? ¿Qué está ocurriendo? Van dieciséis penales y todo sigue igual. Nacional tuvo tres match point y los desperdició. Un mal presagio, definitivamente esto tiene que ser un mal presagio. Le toca a Olimpia: Vidal Sanabria la manda a las nubes. Es ahora o nunca. Leonel Álvarez es el elegido. ¿Héroe o villano? Héroe: convierte el gol que le da la primera Copa Libertadores a Nacional. Y, sobre todo, salva a Loustau.