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DEPORTES / walter vargas
sábado 13 enero, 2018

El periodismo fierita

”Entre las plumas y las palabras”. En ese universo encierra Walter Vargas a esos periodistas deportivos que están más cerca del stand up que de la practica rigurosa del oficio. Con agudeza e ironía, cuestiona tambien a los que mantienen un vínculo demasiado estrecho con los protagonistas.

Walter Vargas

”Entre las plumas y las palabras”. En ese universo encierra Walter Vargas a esos periodistas deportivos que estan más cerca del stand up que de la práctica rigurosa del oficio. Foto: salatino

El periodismo depordivo y el periodismo fierita a menudo van de la mano o se entremezclan de tal modo que se dificulta establecer dónde terminan las aguas del río y dónde empiezan las de un mar igual de caudaloso que de brumoso.

Entiendo, por periodismo fierita, el carnavalesco avance de un impreciso pero reconocible cóctel de estudiantina tardía, oquedad gozosa, petulancia disfrazada de soltura, incultura disfrazada de desenfado, el empleo de un castellano de vuelo raso y, ¡bingo!, una profunda comunión con los protagonistas (futbolistas, entrenadores, dirigentes…), que a simple vista puede parecer simpática y dadora de estatus, pero que en realidad, salvo excepciones que habrá que buscar con lupa, supone el exterminio liso y llano del ejercicio periodístico.

O en todo caso el exterminio liso y llano de una regla de oro: la distancia operativa. No hay un ejercicio periodístico viable ahí donde no hay una asimetría operacional y metodológica: vos, el protagonista/yo, el periodista. Y conste que no sugiero hablar con los protagonistas en solemne clave de obispo, ni negarles el saludo, ni negarse, llegado el caso, a labrar una cierta amistad o una gran amistad.

Tales son cartas que están en el mazo de la vida. Podemos hacernos amigos del encargado del edificio donde vivimos, del kiosquero de la esquina, de un colchonero, de un rey de bastos, de un caradura, de un polizón y también, por qué no, de un futbolista profesional. Lo que no podemos o no debemos es entregarnos sin un quejido a los efectos adversos que conlleva un vínculo de esas características. Que ahí tenemos un planeta en sí mismo y ahí tenemos, ya que estamos, uno de los tics más arraigados del periodismo fierita: hacer del listado de la agenda no ya el pan nuestro de cada día, que nada tendría de impugnable, sino un ramificado jardín de relaciones edulcoradas, un enjambre de nudos cuya máscara de fidelidad no es más que la letra chica de la solapada extorsión.

—Te doy la nota, voy al piso, llamame a tal hora, vení después del entrenamiento, pero eso sí, no te pongas, no se pongan demasiado pesados con las preguntas.

—Quedate tranquilo, fiera. Si es para tirarte unos centros, nada más.

Desde luego que el diálogo es ficcional, mas no es ficcional la idea que pretendo ilustrar. Tampoco es ficcional la fundante hipótesis de algo mucho más vasto y mucho más penoso que una anécdota.

Hace un puñado de años, en plena narración de un partido de la B Nacional, un colega cordobés de mi máxima estima profesional y personal, exclama: “¿Qué le pasa a Fulano? No llega a una pelota. ¡Se arrastra en la cancha!”. De inmediato siente en las costillas la advertencia de un codazo. Es su comentarista. No bien el partido ofrece una pausa que permite dar cabida al periodista en los estudios centrales, el comentarista aclara las cosas: “No lo mates a Fulano, anoche estuvimos juntos en el cabaret”. Mi entrañable colega no supo si reír o llorar.

Esto de la nociva convivencia de los periodistas con los protagonistas no es exclusivo del periodismo especializado en deportes, ni del futbolero, ni tampoco data de hace un rato. Recuerdo con nitidez: una tarde del ochenta y algo, en DyN, Chacabuco 314, el director, Horacio Tato, maestro de periodistas y editor formidable, camina hasta el centro de la redacción, lanza un insulto de grueso calibre y ya en un tono algo desconsolado, reflexiona:

—No hay caso. Mando a un acreditado y en tres meses se convierte en un vocero.


DE SERRAT AL STAND UP

En los albores de la década de los ochenta, Joan Manuel Serrat vuelve a la Argentina después de los cenagosos años de la dictadura. Da una conferencia de prensa. Una de las primeras preguntas que recibe va directo al punto:

—¿Usted es español o catalán?

Serrat mira al periodista y no hesita en responder:

—Depende de quién me lo pregunte. Si me lo pregunta usted, soy español. Si me lo pregunta un español, soy catalán.

De esa anécdota me convocan menos los intríngulis de la españolidad y de la catalanidad que la libertad que da una perspectiva.

Sí, una perspectiva: un lugar, una distancia operativa desde donde observar, analizar, considerar y dar cuenta de algo.

Me aboco a presentar un ejemplo del tema que me ocupa: el periodismo especializado en fútbol.

Escucho a Juan Pablo Varsky meterse en pleno relato de Pablo Giralt, un fantástico gol de Messi para el Barcelona, y exclamar: “¡Dejate de joder! ¡Dejate de joder!”. Me hace ruido. No me gusta. Algo no encaja. Me imagino un grupo de amigos sentados a la mesa de un bar y a un parroquiano lanzar esa interjección mientras se lleva un maní a la boca.

De inmediato, pienso que en realidad es un tema menor, y si fuera un desliz (tampoco estoy muy seguro), un desliz menor, porque en realidad Varsky es infinitamente más que esa desmesura de tablón. Varsky es un colega instruido, formado, consistente, competente, incluso brillante. De lo más experto de su generación.

Otro ejemplo. Víctor Hugo a la hora de relatar la apilada de Maradona en el Mundial 86. A medida que Maradona avanza con la pelota y su zig zag se presagia sublime, la voz de Víctor Hugo se descolora, se quiebra, deviene brumosa. El mejor relator de fútbol de la historia, por lo menos de habla hispana, declina su hilvanada prosa, su cuidada adjetivación, y llora.

Víctor Hugo es tan grande que hasta se da el tiempo de ofrecer su pedido de disculpas, pero no quiero desviarme de mi punto. El relato es de igual modo conmovedor y, por conmovedor, bello, pero no sólo por la magnitud de la jugada de Maradona sino por la magnitud que ha sabido ganarse el narrador.

Es decir: es el a priori de una acción (la de llorar en pleno relato) lo que vuelve lateral, menor, irrelevante, la quema de una hoja del catálogo. Con un añadido: en el catálogo de Víctor Hugo aquel desborde está a años luz de una regla: es una recortada y redonda excepción. Y una excepción luminosa. Nada más lejos de mi ánimo que abogar por un perfectito periodismo de robots sosos que huelan a Lysoform.

De allí que no me permitiré ni el crimen ni la estupidez de cristalizar mi mirada en aquellas licencias que se tomaron Víctor Hugo y Juan Pablo Varsky.

Perspectiva. Me hospedo en mi perspectiva.

¿Y qué vas a decir de Horacio Pagani?

Impelen algún amigo y algún amigo de un amigo.

Lo primero que diré de Horacio Pagani es que lo conozco desde hace 35 años, que cultivamos un vínculo que no por lejano ha dejado de ser respetuoso y, en buena medida, cariñoso, y que jamás me cansaré de agradecerle que cuando yo tenía 21 años y apenas dos años en el ejercicio del periodismo, me haya ofrecido un puesto de trabajo en la sección Deportes de Clarín.

Dicho esto, se revela evidente que el Pagani de la televisión está en las antípodas de mi manera de concebir el periodismo. Si él está en La Quiaca, yo estoy en Ushuaia. Una de las cosas que más rechazo me genera del periodismo futbolero de estos tiempos (sobremanera el de radio y el de televisión) es la creciente argamasa de fast food y stand up.


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