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DEPORTES / LA VISION DE UN LIDER
sábado 9 diciembre, 2017

Los días más felices

Despúes de cada partido en el mundial de Brasil, Javier Mascherano le pedía a sus compañeros que disfrutaran del momento, porque probablemente no se iba a repetir. En aquellas semanas, Masche sintió que había superado todos los sueños de su infancia. Pero para llegar a eso, tuvo que aprender a aislarse.

Nicolás Miguelez

Despúes de cada partido en el mundial de Brasil, Javier Mascherano le pedía a sus compañeros que disfrutaran del momento, porque probablemente no se iba a repetir. En aquellas semanas, Masche sintió que había superado todos los sueños de su infancia. Pero para llegar a eso, tuvo que aprender a aislarse. Foto: salatino

Dicen que tu nivel de felicidad es la distancia que existe entre tus sueños de adolescente y tu actualidad. Si esto en lo que te convertiste está lejos o cerca de cómo te veías cuando te imaginabas “grande”. En el deporte profesional, esa distancia funciona en turbo: sos lo que podés ser como jugador en un período de tiempo muy corto. Muchas veces olvidamos algo esencial: esos jugadores que vemos a diario, que criticamos, admiramos o analizamos, normalmente tienen que brillar u opacarse antes de cruzar la curva de los 30 años. Mientras que a esa edad unos cuantos todavía viven con sus padres. Son las reglas del juego, sí, pero son tremendas. La tasa de éxito de un emprendedor de Silicon Valley, para llevarlo a un extremo de elite mundial en otro ámbito, se establece entre los 40 y los 45 años. Hay casos de personas que se convirtieron en verdaderos líderes en sus actividades después de cumplir 50, tras un largo derrotero de sinsabores. En todos los casos, sean deportistas o no, todos coinciden en algo: viví cada momento con la mayor intensidad posible, sobre todo si es uno de los buenos, porque no sabés cuándo volverás a vivir algo así.  

En el Mundial de Brasil dormí muy poco, apenas cuatro o cinco horas por noche. Necesitaba estar pendiente de todo. Cuando se armó el plantel, entendía a qué me enfrentaba. Con Leo sabíamos perfectamente que seríamos los apuntados: éramos los líderes para lo bueno y también para lo malo, y lo asumimos así. En mi caso, sabía que terminaría el Mundial de Brasil como un líder bueno o como el mayor culpable, por acumulación; el tipo que no tenía que estar más. En el caso de Leo, era distinto. ¿Cómo cuestionás o sacás al mejor jugador del mundo? En lo personal, sabía que era a todo o nada y acepté el desafío. Eso incluía buscar un equilibrio en el grupo, poder conducir la energía colectiva, tratar de instaurar un ambiente positivo todo el tiempo. Pasamos por muchos estados, algunos con mucha tensión y otros inolvidables porque eran sensaciones nuevas. Después del partido con Holanda, por ejemplo, me acosté a las cuatro y media de la mañana y me levanté al otro día temprano, a las ocho. Volvimos tarde a la concentración, con el Pocho nos abrimos una cerveza y nos quedamos hablando de la locura que estábamos viviendo. Era mi tercer Mundial, había vivido otras circunstancias, y me parecía importante disfrutar ese momento. Les insistí mucho con eso a todos, sobre todo a lo que estaban viviendo su primera Copa del Mundo. “Aprovechen esto y vívanlo con toda la intensidad que puedan, estas cosas no pasan normalmente, no son habituales. No se crean que el próximo Mundial van a vivir lo mismo, porque lo más probable es que no sea así”. Se los decía mucho a Marquitos Rojo y al Pocho. Es fundamental disfrutar de los buenos momentos. Son únicos y nunca sabés cuándo se repetirán. En ese sentido, este Mundial fue especial por muchas razones: la familia estaba cerca, vinieron muchos amigos, se jugaba en Sudamérica… Había que disfrutarlo al máximo. Además, por momentos se instalaba un estrés psicológico muy grande. Con el tiempo aprendés que cuando estás presionado tenés que obligarte a encontrar espacios para relajarte. Si no lo hacés, puede ser contraproducente. Sabiendo esto, recuerdo que al día siguiente del partido con Holanda me levanté a tomar mate, abrí el iPad y me puse a ver los noticieros. Me encantaba ver a la gente, los informes sobre lo que pasaba en Argentina, los festejos en todos lados. Esa mañana me relajé y me dediqué a disfrutar de eso. Me gustaba ver qué pasaba en el país con lo que habíamos conseguido. En esos días previos a la final, sentí la sensación de haber traspasado totalmente mis sueños. Mis aspiraciones no eran tan grandes. No me imaginaba llegando tan lejos. Después, en la vorágine de tu carrera, vas escalando y empezás a verte en determinadas situaciones, sobre todo si tuviste la suerte, como la tuve yo, de cruzarte con gente que te ayuda tanto. Pero cuando era chico no soñaba con tanto. En esos días pensaba en eso. No es normal jugar en el Barcelona durante tanto tiempo, estar doce años en la Selección argentina, ganar cosas… Quizás, en la dinámica de tu carrera, en algún momento te parece algo normal. Pero no lo es. Trato de recordarlo siempre para valorar lo que tengo y, sobre todo, disfrutarlo mucho.

El Mundial que hizo Argentina en Brasil se disfrutó también fronteras adentro. Los maschefacts inundaron las redes sociales. Después de mucho tiempo, el país volvía a congelarse, literalmente, en ese clima mundialista que únicamente se activa cuando estás en una final. No se hablaba de otra cosa, y los jugadores de la Selección lo vivieron tan intensamente como la gente. Emocionalmente, la cosa estaba difícil, en todo sentido. A la electricidad natural de estar en esa instancia, habiendo reconquistado a la gente tras un período de indiferencia y ataques, hubo que sumarle dos hechos dolorosos: las insólitas muertes de Soledad, la hija de Tití Fernández –uno de los periodistas más queridos del ambiente del fútbol– y de Jorge “Topo” López, también periodista, amigo personal de Lionel Messi. Queda una imagen: el 10 corriendo a festejar el penal convertido por Maxi Rodríguez, con esa cara estallada en llanto que no le habíamos visto antes. Mis amigos me mandaban todo lo que se hablaba y se escribía en Argentina sobre nosotros. Los maschefacts, las cosas que se decían. Pero no le presté demasiada atención a eso. Mi objetivo era aislarme para vivirlo con mis compañeros, y tratar de no desviarnos emocionalmente de la final. Una instancia así te obliga a retraerte, para que no se interpongan distracciones que no te ayudan, sobre todo si no podés hacer nada al respecto. No quería perderme nada de nuestros últimos días juntos, me contaban las cosas que pasaban conmigo, pero decidí dejar todo eso para después. Sin embargo, había algunas que no podíamos dejar de ver, como ese video que mostraba cómo se festejó el pase a la final en distintas casas. La gente sufriendo por los penales, saltando, llorando, algunos se tiraban a la pileta en pleno invierno… Se nos caían las lágrimas. Lo vivimos con mucha intensidad porque esta Selección era muy nuestra y nos había costado mucho levantarnos del pozo en el que estábamos. Después de la Copa América fue todo muy cuesta arriba: luchamos contra el periodismo, contra la propia gente. Llegamos a jugar en el Monumental con 25 mil personas… Pero nunca le faltamos el respeto a nadie, siempre dimos la cara, jamás negamos notas, nunca les respondimos a los que parecían enemigos. Cuando en la vida sentís que algo es tuyo, que lo alimentaste, lo pariste, lo hiciste crecer, es lo mejor que puede pasarte como líder de un grupo. El aspecto emocional fue muy difícil de manejar, porque en el aislamiento las cosas se asimilan de una manera muy particular. Las muertes del Topo y de la hija de Tití fueron muy tristes. Nos levantamos a la mañana, nos contaron lo que pasó y al rato teníamos que jugar. ¿Cómo hacés para reaccionar? Leo era amigo del Topo y en ese momento pudo haberle afectado su muerte, pero no lo sé, nunca lo hablamos específicamente. Hoy tenemos contacto con Verónica, su mujer, y la ayudamos en lo que podemos. Fueron dos golpes fuertes. Un Mundial no vale una vida. El día que nos enteramos lo del Topo fue difícil de asumir porque jugábamos con Holanda a las cinco de la tarde. Se mezclaba todo con la emoción del partido. Maxi Rodríguez, de hecho, patea el penal con lágrimas en los ojos. Lo patea llorando. No era para menos. Eran demasiadas emociones juntas. Al igual que con las cosas buenas que pasaban, intentamos aislarnos de todo eso porque no podíamos hacer nada, salvo enviar nuestras condolencias y estar ahí si necesitaban algo. Al día siguiente del partido con Holanda llamamos a Verónica para hacerle saber, de parte de todo el plantel, que estábamos muy conmovidos. Fueron dos episodios muy tristes.


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