DEPORTES
sabor agridulce

Maravilla fue más show que boxeo, pero retuvo el título

El inglés Martin Murray fue más sólido y sorprendió a las 40 mil personas en Vélez. Sin embargo, los jurados dieron ganador al argentino en fallo unánime.

Con esfuerzo. Una de las imágenes que más se vio durante la noche de Vélez: el inglés pegando, Maravilla aguantando. Después se supo: el quilmeño peleó con la mano izquierda lesionada.
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El que pega y baja la guardia es Cachito campeón que volvió. Sergio Martínez es en Argentina el hombre sin nombre. Maravilla es un apodo, la marca registrada de un estilo y, ahora, la patria. Pelea, pega y levanta al público que es de boxeo y que no es de boxeo.

Hay clima de cancha. El boxeador argentino dijo que no puede atarle los cordones a Monzón; pero el rating le hace lugar en sus altares y lo emparenta con la historia; el tiempo dirá. En los primeros rounds, Martínez mastica la pelea, estudia al rival. Murray no propone, lo espera. Es el convidado a una fiesta en la que el púgil local ponía en juego su título mediano del CMB.

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El campeón volvió a su país, su espejo. Maravilla se había ido con en 2002, cuando el país se incendiaba. Se blindó de prestigio en el exterior este subproducto de aquella crisis nacional, que salió con un pasaporte de tipo común y regresó con los papeles de ídolo. Martínez es otro; Argentina también. Y pega ante una multitad exhultante, que quiere ser testigo de la leyenda. “El que no salta es un inglés”, gritan sus compatriotas. Martín Murray recibe golpes tibios del que prometió noquearlo en el octavo round. Sin embargo, el inglés asoma en el ring con un derechazo cruzado al mentón del argentino. Una señal. 

A esa altura, Maravilla ya sabía que tenía enfrente a un rival duro, de vida idem: Murray hacía una pelea trabada, al límete del golpe bajo. El invicto que estuvo dos años presos y en el ring es un peleador sin mucho prestigio, contaba con un record digno de respeto: veintiseis peleas, veintiseis triunfos. Y es inglés, lo recuerda la gente, que vuelve a corear ese himno tribunero que suena cuando juega la Selección de fútbol. El componente nacionalista interfiere en esta metáfora cruzada que es Maravilla y Argentina.
Martínez llega al quinto sin dominar como a él le gusta la pelea. Incluso su rival lo cortó arrib del ojo izquierdo. Es insoslayable el recuerdo del último round contra Julio César Chávez Juniors. Una pelea ganada que casi termina con la foto del campeón caído. Este Cachito de Quilmes tiene que aguantar y sobrellevar el ritmo. Martínez se autoevaluó once puntos antes de la hora señalada, pero tiene 38 años, ocho más que su rival. Y por momentos se lo nota vulnerable.  

El retador es un peleador con técnica, aunque con códigos de peleador callejero. Martínez se queja, pero no hay sanción para Murray. Maravilla se enoja y entra en acción; hasta hace morisquetas para descolocar a su contrincante y levantar al público. La paradoja: el campeón argentino cayó en el round que pronosticó que iba a tirar a Murray.

Los nervios se empezaron a fagocitar al hombre debió ser el centro de atención. Los juegos artificiales de la previa presagiaban una fiesta que no fue. Manda el inglés, que reduce a Maravilla a sacar una mano milagrosa. Para peor, la rodilla derecha del argentino no está bien. Tampoco su resistencia.  

Eduardo Sacheri imaginó en un cuento el paraíso: había una cancha de fútbol y llovia; lo partidos épicos son con lluvia. En la noche de Liniers no había pelota. Sí dos tipos que se cruzaron trompadas y simularon las noches históricas del Luna Park. Maravilla lo soñó así: en una cancha de fútbol, en su país. La lluvia era necesaria para maquillar con dramatismo la pelea. Para que quedara sellada la impronta heroica de la vez que volvió Cachito. Otro Cachito. Uno que volvió, pero que en el ring no fue el gran campeón. 

“Los quiero a todos ustedes”, soltó el ídolo al final de una pelea incómoda. El round 12 salió a buscar lo que no había demostrado a lo largo de los 33 minutos anteriores de pelea.

Como sea, la casa esta vez invita. Dicen que anoche ganó Martínez. Y hoy Argentina es Maravilla.