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domingo 14 enero, 2018

La violencia de los años 70 no va a regresar

Pese a los episodios de Congreso, no hay riesgo de que la lucha armada al estilo setentista retorne a nuestro país. El peligro es naturalizar las protestas agresivas.

Vicente Palermo (*)

Desafío. Simple y difícil, es cómo recuperar para el Estado el monopolio de la violencia y hacerlo de modo tal que se respeten plenamente los derechos humanos. Es navegar y construir el barco al mismo tiempo. Foto: cedoc

Aventuro aquí una intuición arriesgada (advierto al lector que soy malo en punto a pronósticos): la violencia no volvió y no volverá. Me refiero al tipo de violencia que muchos, hoy, agitan como un fantasma cuyo retorno anuncian, algunos como heraldos, otros como casandras, como un fenómeno inevitable. Esa agitación contribuye no poco a que veamos como naturales, a que nos acostumbremos, a otras formas de violencia que no deberíamos admitir y que sí están entre nosotros. Claro, episodios como el reciente, del jueves y el lunes negros en el Congreso y alrededores, le dan fuerza a la hipótesis del regreso. Yo no la comparto.

Estado violento. Preciso recuperar cierta perspectiva histórica. Hemos dedicado ríos de tinta a la violencia de los 70. A muchos lectores jóvenes les puede parecer que ésta nació de un repollo. Sin embargo, fue en los 60 que la violencia cobró impulso. Pero no, o no apenas, como habitualmente se dice, en la forma de un embrión de la violencia poderosa y generalizada de los 70. Se trataba de una forma muy diferente: la violencia estética, o estetizante. Claro, los militares no precisaron de ella, porque ya eran, por supuesto, una temible máquina de matar, contaban con ventajas estratégicas, como la disciplina inherente a su aparato institucional y el arraigo en la sociedad de la convicción de que las Fuerzas Armadas gozaban del monopolio de la violencia legítima (convicción inaudita para las etapas autoritarias, pero efectiva). La política extraestatal contestataria no contaba, en cambio, con estas cartas a su favor. Y para superar esta carencia echó mano profusamente de la violencia estetizante. No sedujo, como a veces se cree, a una gran mayoría social. Pero la seducción de la violencia estética fue suficiente como para reunir fuerzas militantes –con o sin fierros– de gran envergadura.

Comandos. Pero la violencia estética se conjugó con otro factor para fogonear la locomotora de la violencia extraestatal. Se trata de que el Estado, increíblemente, fue aflojando los lazos que cualquier ejercicio prudente del monopolio legítimo impone. En efecto, en dosis aparentemente homeopáticas, la violencia se fue filtrando desde el Estado hacia diferentes segmentos de la sociedad. En la forma de embriones –esta vez sí– de una violencia que correría, al cabo, por el andarivel de límites borrosos entre lo estatal y lo extraestatal: acción paramilitar, parapolicial, venta o robo de armas, infiltración, doble agencia, la violencia fue traspasando los poros de la siempre peligrosa frontera de la legitimidad. Poco a poco, para sectores minoritarios pero expresivos, el Estado perdió el monopolio de esta última. Este fenómeno se remonta, al menos, a los Comandos Civiles de la Libertadora y si se quiere aún más atrás, al nunca concretado proyecto de Evita de formar milicias obreras (para Evita, el proyecto fue mucho más que una divagación; de hecho, hubo una compra oficiosa de armas cortas a los belgas. Perón le puso un freno).

Banderas. Más temprano que tarde, esta conjugación –violencia estetizante y legitimación de la violencia no estatal– resultó letal. A lo largo de esa década vertiginosa, la naciente violencia estetizante se fue alimentando de insumos diferentes. En la izquierda la tuvieron fácil: la épica fulminante de la Revolución Cubana, el romanticismo del grupo de jóvenes, entre los que brillaba un argentino, bajando de la Sierra Maestra para cambiar Cuba y América Latina entera, generó efectos estéticos muy potentes. Se combinaron muy bien con las imágenes de entrega y advenimiento mesiánico que siempre habían estado en el cajón de sastre del cristianismo, pero que ahora eran percibidas bajo otra luz, si se quiere menos renancentista y más medieval. La mayor originalidad la supo aportar –qué remedio– el peronismo, cuyos jóvenes intentaron plasmar –y lograron hacerlo a veces– obras maestras de la violencia estética como el robo del sable del general San Martín (en el Museo Histórico Nacional), la “recuperación” de las banderas de Obligado (en Los Inválidos, París) y la intrusión en las islas Malvinas (en las Malvinas). Quizás hoy día nos parezcan proezas tan merecedoras de olvido como la de los así llamados Conquistadores pero, no crea el lector, fueron capaces de galvanizar a viejos y nuevos militantes. Las individualidades y los grupos mesiánicos y salvacionistas que se otorgaban el derecho de hablar –con creciente verosimilitud– en nombre del pueblo se pusieron al orden del día y su fuerza interpelativa se multiplicó.

Los asesinatos de Vandor (junio de 1969) y Aramburu (junio de 1970) son ejemplos sombríos de la violencia estética, y a la vez de su canto del cisne. ¿Puede haber, acaso, algo más feo que la burocracia y la traición? ¿Que la opresión al pueblo? ¿Que la maquinación de tenebrosas conspiraciones?

Camporismo romántico. La violencia estética, o estetizante, es una violencia romántica. Es muy parecida a la violencia que muchos jóvenes del siglo XIX perpetraban contra sí mismos después de leer el Werther. El 25 de mayo de 1973, Cámpora, flamante presidente, exalta a la “juventud maravillosa que supo responder a la violencia con la violencia y oponerse, con la decisión y el coraje de las más vibrantes epopeyas nacionales, a la pasión ciega y enfermiza de una oligarquía delirante”. Nada tenía de raro una prosa tan cargada. La contraposición de la violencia con la violencia, la decisión y el coraje, la vibrante epopeya, evocan la violencia como una aventura de vida, como la realización de la vida. Es la violencia que, realizándose, se embellece a sí misma; ese es su efecto estético principal.

Pero el cisne de la violencia estética muerte de su propio éxito. La violencia se hace “masiva” porque se ha propagado su adhesión a la misma y su disposición a practicarla depositando en ella esperanzas de renegeración y purificación –esperanzas revolucionarias, en otras palabras. Entonces, la violencia deja de ser estetizante para volverse instrumental. La violencia estética pretende llevar de la mano consigo la Justicia. No siempre y necesariamente, pero es fin. Fin en sí misma; es bella porque cumple consigo misma y produce de ese modo vastos efectos estéticos. Pero la violencia instrumental no es nada de eso, es puro medio. Quizás el asesinato de Rucci –el tercero de los magnicidios cometidos contra Perón (Vandor, Aramburu, Rucci)– ejemplifica esta violencia instrumental mejor que ninguno. La violencia instrumental no se interroga por la Justicia sino por la conveniencia, es puro medio. Alrededor de la muerte de Rucci no giraron preguntas sobre la Justicia del asesinato de un hombre, sino sobre si ese asesinato era adecuado. Por ejemplo, si “tirarle un muerto a Perón” servía para forzarlo a negociar o aislaba más todavía a los ejecutores.

Cuarenta años después, cualquiera podrá admitir que la efigie del Che devenida pegatina de camisetas, la del viejo patriarca fallecido plácidamente en La Habana, las encarnaciones bolivarianas de Hugo y Nicolás, ni enamoran ni han sido sustituidas por otros materiales estéticos eficaces. Paralelamente, las fuentes del riquísimo repertorio de creaciones autóctonas de aquellos tiempos se secaron. Dando paso a una suerte de inversión bastante inofensiva: el empleo estetizante, por fortuna sin sangre, de una ya fenecida violencia estética condenada a evocarse interminablemente a sí misma. Todos aquellos significantes –para decirlo en jerga– son dioses muertos. Y está difícil, convengamos, guevarizar a Santiago Maldonado y la estética de organizaciones como RAM tampoco parecen destinadas a prosperar. Pero el punto central es otro: la revolución, o incluso la Resistencia Peronista más o menos mitificada, ponían en juego una violencia estetizante incomparablemente superior en su atractivo a una resistencia contra el ajuste neoliberal que desemboca en la defensa de ñoquis, mientras que quien ofrenda su vida por los pobres es el papa Francisco, no Camilo Torres. Hoy, la pugna por justificar los “vueltos” y las golpizas de Milagro Sala confiere a todo un aire rancio y la construcción de imágenes del nuevo preso político no resulta creíble. La estética de hoy es la de la repetición, fatigada. Alguien dirá que no he estado en la cabeza de chicos que, a la sazón, pueden estar incubando respuestas novedosas. Mi respuesta es que se trata de prejuicios contra ellos.

Ruido y nueces. ¿A santo de qué esta comparación? Mi argumento es que la violencia instrumental tiene a la violencia estetizante por condición de posibilidad. Sin ella, afortunadamente, no prospera. El proceso trágico de los 60 y 70 no lo estamos recorriendo ni lo recorreremos. Claro que la negación de legitimidad al gobierno democráticamente elegido y ratificado en las urnas, que abriga un sector político minoritario pero muy activo, puede ser una fuente potencial de violencia. No me parece nada serio: mucho ruido y pocas nueces. Entre otras razones porque se vehiculiza en la confluencia de una élite muy bien acomodada y un sector ultra-marginalizado. Pero sobre todo porque carece de capacidad de expansión, de propagación estética.

Pero volvamos ahora el principio. Sostuve que hemos naturalizado otras formas de violencia que no deberíamos admitir. Comencemos por la violencia de la fuerza pública. Primero, entiendo a los que dicen “violencia nunca más”, y comparto su posición a fondo, desde luego. Pero hay una ingenuidad de la que deberíamos ser conscientes: la violencia nunca se va, siempre está, en potencia, entre nosotros; violencia y poder están íntimamente relacionados, y no se trata de una distopía, se trata de cómo es el mundo. Cuando Weber define al Estado como el monopolio de la violencia legítima, no podría ser más claro: las sociedades pacíficas no han eliminado la violencia, cosa que es imposible, la han localizado en el lugar correcto: el subsuelo del Estado.

Encarar el tema sin ingenuidad nos ayuda –creo yo– a construir las losas más eficaces para impedir que la violencia se salga de donde debe estar, ese subsuelo. A mi juicio tiene mucho de meritorio el lanzamiento, por parte del Gobierno, del Plan Nacional de Derechos Humanos. Ese plan identifica (en su eje 2) problemas y hace explícitos objetivos que van directamente al punto que aquí enfatizamos: los muchos modos en que la violencia pública se sale del subsuelo para maltratar a los ciudadanos, en otras palabras, para violar sus derechos. Entre tanto, éste es apenas un comienzo de buenas intenciones, aunque sea muy auspicioso. Apenas porque mientras tanto el aparato de seguridad adolece de graves defectos de hecho –malos tratos, por ejemplo– y de derecho –increíbles detenciones prolongadas sin juicio, etc–. Tampoco puede olvidarse que en las recientes crisis hubo declaraciones de figuras de altísimo nivel que sostenían que debíamos confiar en la Gendarmería o en la Prefectura, como si la confianza no fuera algo que debe ganarse, no esperar de regalo.

La otra violencia que merece examen es, hay que decirlo, la de cierto activismo político y social. En general, las “mayorías despolitizadas” suelen ser muy intolerantes frente a acciones que incurren, como los piquetes, en un cierto grado de violencia (afectan ilegalmente, por la fuerza, derechos de otros, y no lo hacen como un subproducto de sus acciones, sino como objetivo principal). Del otro lado hay hasta legisladores que sostienen que las leyes se hacen en la calle. No tengo preconceptos contra esto porque creo que las instituciones representativas también son excluyentes; pero en ellas hay, al menos, negociación y, con suerte, deliberación. Sobre todo, si las leyes se hicieran en las calles, el Gobierno sería imposible. Por estas trémulas razones considero que mucho más grave que los piquetes es la disposición mostrada por legisladores a destruir el Poder Legislativo. Mucho más grave, pero creo que esta disposición patológica no prosperará. Como mínimo, porque la inmensa mayoría de los legisladores tiene instinto de supervivencia.

Bisturíes y serruchos. Hay, entretanto, un proyecto de recuperación weberiana en marcha. En el fondo, se trata de algo tan simple, y tan difícil, como recuperar para el Estado el monopolio de la violencia y hacerlo de modo tal que se respeten plenamente los derechos humanos. Es un arma de doble filo, bien peligrosa porque se trata de navegar y construir el navío al mismo tiempo. Las fuerzas públicas que deben hacer valer el orden y erradicar la violencia son, a un tiempo, fuente potencial de violencia y desorden. Por ahora, donde hacen falta bisturíes hay serruchos. Alterar este rasgo tan central llevará tiempo. Pero que es posible lo demuestran experiencias tan positivas como lo que para algunos comentaristas fue: “La insoportable inacción de la Policía Metropolitana el lunes 18 de diciembre”. Recuerdo con emoción ciudadana esa “insoportable inacción” y me permito abrigar alguna esperanza.

(*) Investigador principal del Conicet, miembro del Club Político Argentino.


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